Luciano Canfora
Algunos meses después de la muerte de Lenin, Gramsci reflexiona sobre la figura del gran desaparecido, y confía su reflexión al semanal Ordine Nuovo del 1 de marzo de 1924. No se trata de una celebración ni tampoco de una reconstrucción biográfica. Gramsci reflexiona sobre la cuestión central de todo poder, no sólo del que deriva de una revolución. “Todo Estado —escribe al comienzo del ensayo titulado lisa y llanamente ‘Jefe’— es una dictadura. Ningún Estado puede carecer de un gobierno constituido por un reducido número de hombres que se organizan a su vez alrededor de uno dotado de más capacidad y de mayor clarividencia. Mientras haga falta el Estado, mientras sea históricamente necesario gobernar a los hombres, cualquiera que sea la clase dominante, se planteará el problema de tener jefes, de tener un ‘jefe’.”
Y ya años antes, en el Ordine Nuovo del 4 de diciembre de 1920, había publicado un escrito de Karl Radek, dirigente comunista alemán, implicado después en los años treinta en los “procesos de Moscú”, titulado Lenin jefe revolucionario, que se abría con las palabras: “Lenin es el compendio de la revolución rusa de los trabajadores; podría decirse que él es la personificación de todo su espíritu y significado.” Gramsci ofrece un diagnóstico más desapegado y más empírico del carácter “necesario” de la figura del “jefe” en una carta privada, de la que sólo se conservan fragmentos, destinada probablemente a Giulia Schucht, su mujer, no sabemos cuánto después de enero de 1924: “No se podrá evitar nunca —escribe— que, en las grandes masas, la revolución se sintetice en algunos nombres que parecen expresar todas las aspiraciones y el doloroso sentimiento de las masas oprimidas. (…) Estos nombres, para una gran parte de la masa más pobre y atrasada, se convierten casi en un mito religioso. Ésta es una fuerza que no debemos destruir.”
Aquí termina el fragmento (por lo demás, conservado sólo a máquina, por lo que su autenticidad no es muy segura). Es fácil advertir un tono diferente: “no se podrá evitar nunca…”; “casi en un mito religioso…”, etc. En cambio, en el ensayo contemporáneo para Ordine Nuovo, la conformación del poder en torno a un “jefe” en el que se reconoce la élite dirigente no es un mero arreglo: al contrario, éste aparece como necesario y es la forma racional del poder “mientras haga falta el Estado”.
Merece atención, entre otros elementos, la elección de las dos cualidades que caracterizan a los “jefes”: “capacidad y clarividencia”. Se puede observar una continuidad en la reflexión política sobre este punto. Tucídides, político e historiador ateniense del siglo V, trazó con evidente simpatía el retrato de los dos “jefes” que, a su juicio, sobresalen en la historia de Atenas: Temístocles y Pericles. Y en ambos casos la cualidad decisiva es, a sus ojos, la capacidad de “intuir, entre varias posibilidades inminentes, la que realmente ocurriría”. A propósito de Temístocles, Tucídides utiliza un verbo que quiere decir tanto “conjeturar” como “intuir” como “basarse en una comparación” (eikázein), así como el derivado eikastés (1, 138, 3). Es el equivalente de “clarividencia”. Tucídides recurre a una expresión circunstanciada: prever, “entre varias posibilidades” (méllonta), lo que en realidad sucedería (togenesómenon). Y, a propósito de Pericles, habla repetidamente de prónoia (II, 65, 6), que es incluso sinónimo de “clarividencia”. En suma, el elogio que hace Gramsci de las cualidades del “jefe” al comienzo del artículo citado está expresado en los términos de la política clásica más consolidada y distinguida. Con razón declara preliminarmente que lo que afirma sobre la necesidad de un “jefe” vale “cualquiera que sea la clase dominante”.
Continuando con su reflexión, Gramsci se burla de la posición de esos “socialistas que siguen llamándose marxistas y revolucionarios”, y, sin embargo, dicen querer la “dictadura del proletariado, pero no la dictadura de los ‘jefes’”, y no querer “la individualización, la personalización del mando”: es como querer algo —dice—, pero al mismo tiempo no quererlo “en la única forma en la que es históricamente posible”.
Cuando Gramsci escribía estas palabras tenía a sus espaldas experiencias de poder personal de dos tipos, que quiso sistematizar en la distinción entre “cesarismo progresivo” y “cesarismo regresivo”. Una distinción esquemática y “complaciente”, que trata de establecer una polaridad y contraposición entre el primer y el tercer Napoleón, cuando, en realidad, esa polaridad es mucho menos clara, a menos que se quiera confiar en el mito de Napoleón “espada de la revolución” (pero esto sería sólo una parte de la realidad, una parte que se volvió cada vez más marginal a medida que, con el paso de pocos años, se pasaba del primer cónsul al emperador).
Obviamente, Gramsci no pensaba sólo en el precedente de César (que, a decir verdad, gozaba de la simpatía de Marx) o en el del primer Bonaparte, sino también en el fenómeno de Robespierre: un antecedente perfecto, aunque breve y desafortunado, de la práctica leninista, en la que Gramsci se reconoce completamente. En el Ordine Nuovo del 1 de diciembre de 1921 había escrito: “El partido comunista continúa la tradición de los jacobinos de la Revolución Francesa contra los girondinos. Los comunistas son jacobinos, pero por el interés del proletariado y de las masas rurales traicionadas por los socialistas.”
Pero trataba también de establecer una distinción clara con respecto a los “jefes” pertenecientes a una tradición hostil y opuesta: desde Napoleón III a Bismarck, y a Crispi. Y justo en el ensayo de marzo de 1924 terminaba estableciendo una polaridad diametral entre Lenin y Mussolini. Hablaba de “selección”. Esbozaba casi un proceso de “selección natural” para llegar al “jefe” mejor posible:
“El camarada Lenin ha sido el iniciador de un nuevo proceso de desarrollo de la historia, pero lo ha sido porque él mismo era el exponente y el último momento más individualizado de todo un proceso de desarrollo de la historia pasada, no sólo de Rusia, sino del mundo entero. ¿Era por casualidad jefe del partido bolchevique? Y el partido bolchevique, ¿era por casualidad el partido dirigente del proletariado ruso y, por tanto, de la nación rusa? La selección duró treinta años, fue laboriosísima y tomó a menudo las formas aparentemente más extrañas y absurdas. Se produjo en el campo internacional, en contacto con las civilizaciones capitalistas más adelantadas de la Europa central y occidental, en la lucha de los partidos y de las fracciones que constituían la Segunda Internacional antes de la guerra. Continuó luego en el seno de la minoría del socialismo internacional que quedó, al menos parcialmente, inmune del contagio socialpatriótico. Y luego en Rusia, en la lucha por conseguir la mayoría del proletariado, en la lucha por comprender e interpretar las necesidades y las aspiraciones de una clase campesina innumerable, dispersa por un territorio inmenso. Y aún sigue hoy, porque cada día hay que comprender, prever, proveer. Esa selección ha sido una lucha de fracciones, de pequeños grupos; ha sido una lucha individual, ha significado escisiones y unificaciones, detenciones, exilios, prisión, atentados; ha sido resistencia al desánimo y al orgullo, ha significado sufrir hambre teniendo a disposición millones en oro.”
Y paralelamente, el “contra-retrato” de Mussolini, al que se le golpea en su punto más sensible: no era un auténtico “jefe”. La descripción es muy eficaz, incluso en sus implicaciones psicológicas y sociológicas. Y le costó a Gramsci (detenido dos años medio después inesperadamente) el odio implacable del “jefe del fascismo”. En último término, la antítesis se apoya una vez más en la polaridad regresivo/progresivo. He aquí el fragmento más importante de tan extraordinario retrato:
“Se presenta también otra cuestión. ¿Es posible hoy, en el periodo de la revolución mundial, que existan “jefes” fuera de la clase obrera, que existan jefes no-marxistas, que no estén ligados estrechamente a la clase que encarna el desarrollo progresivo de todo el género humano? En Italia conocemos el régimen fascista, y en cabeza del fascismo a Benito Mussolini, y hay una ideología oficial en la cual se definía al “jefe”, declarándolo infalible, preconizándolo como organizador e inspirador de un renacido Sacro Imperio Romano. Vemos impresos diariamente en los periódicos decenas y centenares de telegramas de homenaje de las vastas tribus locales al “jefe”. Vemos sus fotografías: la máscara endurecida de un rostro que conocimos en las concentraciones socialistas. Conocemos ese rostro. Conocemos el movimiento de esos ojos en las órbitas, que en el pasado se proponían aterrar a la burguesía con su mecánica ferocidad, y hoy aterrar al proletariado. Conocemos ese puño siempre cerrado en amenaza. Conocemos todo ese mecanismo, todo ese arsenal, y comprendemos que pueda impresionar y agitar las vísceras de la juventud en las escuelas burguesas; es de verdad impresionante, incluso visto de cerca, y asombra. Pero ¿”jefe”? Hemos visto la semana roja de junio de 1914. Más de tres millones de trabajadores se lanzaron a la calle por el llamamiento de Benito Mussolini, que desde hacía un año, desde la hecatombe de Roccagorga, los habían preparado para aquella gran jornada con todos los medios periodísticos y tribunicios que estaban entonces a disposición del ‘jefe’ del Partido Socialista, de Benito Mussolini: desde los dibujos de Scalarini hasta el gran proceso de Milán. Tres millones de trabajadores salieron a la calle; y faltó el ‘jefe’, que era Benito Mussolini. Faltó como ‘jefe’, no como individuo, porque dicen que, como individuo, era valiente y que en Milán desafió el cordón y los fusiles de los guardias. Faltó como ‘jefe’ porque no lo era, porque, según confesión propia, en la dirección del Partido Socialista no conseguía dominar las miserables intrigas de Arturo Vella o de Angelica Balabanof.
”Ya entonces era, como lo es hoy, el tipo concentrado del pequeño-burgués italiano, rabiosa, feroz mezcla de todos los detritus dejados en el suelo nacional por los varios siglos de dominio de los extranjeros y del clero: no podía ser el jefe del proletariado; se convirtió en dictador de la burguesía, que ama los rostros feroces cuando vuelve a hacerse borbónica, que espera ver en la clase obrera el mismo terror que ella sentía por el giro de aquellos ojos y por aquel puño amenazador.
”La dictadura del proletariado es expansiva, no represiva.”
Las cosas se complican cuando se observa que la base social es la misma. Volver atrás en el tiempo hace el análisis más fácil. Pisístrato, el “tirano”, y Clístenes, el “fundador de la democracia” tras la caída de la “tiranía”, tienen la misma base social. Y pretender que la democracia expulsó a los tiranos de Atenas es sólo un truco retórico: el mérito fue de la aristocracia espartana, a cuya ayuda recurrieron los Alcmeónidas, o sea, la familia de Clístenes, quien había ocupado cargos no irrelevantes con Pisístrato. El fenómeno se ha repetido muchas veces y a lo grande. Pero, en 1924, para Gramsci, era difícil de prever.
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Reproducido de Luciano Canfora, La historia falsa y otros escritos, Capitán Swing, España, 2013.









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