KAOS
Antonio Bello Quiroz
yo no he creado esas palabras, ni las he puesto en uso.
Mi voz se resuelve para defenderse de ellas. Mi alma se
angustia ante las tinieblas del idioma de este hombre.
James Joyce, Retrato de un artista adolescente
Jacques Lacan, el psicoanalista más importante del siglo XX, en un seminario dictado entre 1975-76, llamado El Sinthome, se refiere a la obra de James Joyce, al hombre Joyce, al síntoma Joyce. En este trabajo sobre el complejo autor de Retrato de un artista adolescente, Lacan muestra la nutrición que recibe de la literatura. Hay muchos otros trabajos destacables que dan cuenta de estos vasos comunicantes, como el realizado con la obra de Marguerite Duras, o todo el trabajo que dedica a la obra de Sade, o el uso que hace de “La carta robada” de Edgar Allan Poe, o la lectura que proporciona del Hamlet de Shakespeare.
Sin duda, de los vínculos que sostiene el psicoanálisis con el arte, el más frecuente y fructífero es con la literatura. Es la más cercana en tanto que trabaja con la letra, y en particular con el juego, el juego de palabras que posibilita la letra. Juegos que pueden ser anodinos, innecesarios, incluso incómodos, tanto en el psicoanálisis como en la literatura de este hombre: James Joyce, nacido en Dublín, Irlanda, en 1882.
Su incomodidad, la del psicoanálisis y la de Joyce, radica en que sus juegos de palabras irrumpen, violentan nuestro léxico e irritan el sentido común. Y, al hacerlo, se muestra que hay otro sentido, un más allá del sentido común.
El encuentro de Lacan, el psicoanalista y Joyce, el escritor, se dio en dos tiempos. El primero cuando el psicoanalista era muy joven. Era 1921, Lacan contaba con veinte años y esperaba la lectura de algunos fragmentos del Ulises de Joyce en La maison des amis des livres en París. El segundo fue cuando Lacan fue invitado a dar una conferencia sobre la obra de Joyce en 1975.
En 1921 se encuentran Lacan y Joyce, dos teóricos, dos clínicos de la letra. De esto tenemos testimonio dado el trabajo que Lacan sostiene en el llamado Seminario XXIII. Este encuentro será para Joyce una más de sus “coincidencias”, descubrimientos afortunados de lo que él no sabía que estaba buscando. Coincidencia es un nombre que Joyce le da, sin quererlo, a eso que el psicoanálisis nombra como inconsciente.
El escritor dublinense le cuenta a su amigo Mercanton: “¿por qué debía añorar mi talento? No lo tengo en absoluto. Escribo con tanta dificultad, tan despacio. La suerte me provee de lo que necesito. Soy como un hombre que tropieza; mi pie golpea con algo, me inclino sobre ello, y es justamente lo que necesito”. El psicoanálisis también trabaja con los hallazgos, las ocurrencias, eso que es depreciado por la ciencia, inclusive por esa versión de ella que debería darle cabida, la lingüística.
Este encuentro con Joyce le provee a Lacan de lo que no opera, de lo que rompe con lo conocido, lo saca de ese forma de pensar “trinitaria” que es el nudo borromeo, le permite un pasaje a partir de introducir un cuarto término, un más allá de los tres registros R.S.I. (Real, Simbólico, Imaginario), con los que había pensado hasta entonces.
El especialista en la obra de Joyce, Jacques Aubert, invitó en 1975 a Lacan a pronunciar la conferencia principal en el Simposio Internacional James Joyce en París. Lacan tituló a su presentación Joyce el sinthome. Aubert nos deja un testimonio de la forma en que Lacan abordó la obra de Joyce. Aubert, especialista indiscutible en Joyce le provee de libros y referencias a Joyce una vez por semana, con frecuencia es llamado por el psicoanalista a altas horas de la noche para consultar una duda o precisión que a los ojos de casi todos pareciera nimia. El crítico Aubert tiene una virtud, está tan interesado en Joyce como Lacan, y además, admira al psicoanalista.
Jacques Lacan, y éste es el punto, se interesa en Joyce, pero no con la vacuidad del académico universitario, no lo hace para quedar bien con nadie, lo hace como lo haría con el discurso de uno de sus analizantes; para Lacan, Joyce no es un hombre, es un signo.
Quizá por ello es que cuando Lacan pronuncia su conferencia sobre Joyce inicia, como por aquel momento era común en él, burlándose de sus ya múltiples enfermedades (recordemos que murió seis años después) y de inmediato entró a señalar, no sin sarcasmo, el “error” de que su conferencia haya sido anunciada como Joyce el símbolo cuando él la había propuesto con Joyce el Sinthome.
Para el psicoanalista, el punto de partida expuesto en su conferencia es simple: Joyce encarna el Sinthome, la forma más antigua de escribir síntoma. Llamar a Joyce El sinthome le hace a Lacan ver al escritor como un santo (en la homofonía en francés entre “sinthome” y “saint homme”). En esta memorable conferencia se presenta a un Joyce tal y como él quería ser recordado por sus contemporáneos, un santo de la letra.
La letra es vista como Joyce, según señala Lacan, como un desperdicio, un algo que es rechazado, no escuchado, no visto, negado. La letra, en su falla, en su translocación, revela algo más de lo que dice, la letra productora de sentido.
En un texto de Lacan conocido como Televisión, en tanto que se trata de una entrevista para la radio y televisión de Francia, señala con respecto a Joyce y su Santidad: “Un santo, para hacerme entender, no predica la caridad. Más bien se pone a desperdiciar [faire le dechet]. Eso para realizar lo que la estructura impone, a saber, permitir al sujeto, al sujeto del inconsciente, tomarlo por causa de su deseo.” El santo practica el arte del desperdicio, desperdicio del goce. El santo, el mártir, no necesitan trabajar, alinearse al discurso de lo social; están al margen del orden, entregados al desperdicio, por ello pueden nombrase de otra manera, de darse un nombre.
Pero ¿qué es lo que Joyce desperdicia? Se desperdicia a sí mismo, él mismo es desperdicio, es el síntoma, lo que incomoda en tanto que es un hombre que consiente que las letras lo devoraran (como se dice de su pasión en el mártir).
En el texto de Lacan Joyce el sinthome podemos leer: “al producir este título, Joyce el síntoma, le doy a Joyce ni más ni menos que su propio nombre, un nombre en el cual, yo creo, él se habría reconocido a sí mismo en la dimensión de la nominación”.
James Joyce y Lacan comparten, y hay que reconocer con qué profundidad, la posición de creer que la palabra, el nombre, crea al mundo. Pero no es la palabra inocente, no, se trata de la palabra, la letra, que irrumpe y toca lo prohibido.









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