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Irina

· febrero 24, 2017

 

Juan Luis Nutte

 

Estaba tan concentrada viendo el vapor de su taza de café que no advirtió mi presencia hasta que besé su frente. Soltó un gritito.

—Ah, eres tú, ¿por qué tardaste tanto, imbécil? —farfulló Irina. Su talante era de resignación, como si ya no me esperara. Su rostro se contrajo como un entramado de telaraña; los músculos de su cuello se tensaron como vergas de velero.

Desde el inicio de nuestra relación fue claro su irracional terror a la impuntualidad, porque su añosa belleza podría colapsar en cualquier momento. Así, Irina, antes de aceptarme como novio, sometió a prueba mi amor, puntualidad, paciencia y arrojo juvenil. Me citaba siempre a las tres de la tarde en lugares remotos y salvajes.

Libré combates con aborígenes, sobreviví a terremotos, tsunamis y tornados, incluso luché contra animales sanguinarios para llegar a Irina. En una de nuestras citas, en Nueva Guinea, perdí una pierna como lo hace una lagartija para salvaguardar su existencia, ésta me la amputé a cambio de mi vida y fue degustada por la tribu de los Korowai; un orangután en celo destripó mi ojo izquierdo cuando me sorprendió fisgoneando a sus hembras. Mis cicatrices amplificaron el amor y el deseo de Irina por mí.

Nuestros encuentros en lugares conurbanos no fueron menos peligrosos: barrios donde vela la muerte, piqueras donde al menor parpadeo o gesto de aburrimiento, las putas se enamoran o se sienten desairadas y claman a sus padrotes que las defiendan; mercados ambulantes en donde un renco y apuesto ojituerto como yo, se puede confundir con un acosador de señoras; colonias populares, alguna estación del metro y pueblos tomados por la mafia en turno. Invariablemente tuve que ingeniármelas para luchar contra ladrones y sicarios; no fue fácil huir montado a una silla de ruedas motorizada de alguno de estos lugares, mi destreza para conducirla siempre me libró de la fatalidad… Debido a la disciplina marcial adquirida en mis viajes y la devoción inquebrantable por Irina, siempre llegué, maltrecho, con puntualidad inglesa, ansioso como cualquier guerrero que torna a su hogar, a su patria, al cuerpo de su amada, a nuestras citas de amor.

—¡Por qué tardaste…, imbécil! —insistió en su reproche, mascando las palabras, mandíbulas tensas; sus manos yacían a ambos lados de la taza de café, los dedos huesosos parecían artejos de araña a punto de lanzarse sobre su presa; sus uñas, rojas, limadas y rotundas como colmillos estaban dispuestas para la rapiña, un escalofrío recorrió mi cuerpo al imaginarlas en mi rostro. Era inútil explicar que mi retraso se debía a que un neumático de mi silla de ruedas se había pinchado y que fue difícil hallar una vulcanizadora…

Cada segundo que dilapidé sin Irina emponzoñó una a una de sus células. La vejez estalló en su rostro, en su piel y en su apostura. Su rubor se desperdigó en decenas de manchitas hepáticas, desmereciendo la frescura de su rostro. Tenía no sé qué húmedo, fúrico y tristón en los ojos. Un rictus apergaminado sojuzgó su candidez; debió haber retocado su maquillaje mientras me esperaba, mas su cutis rechazó los afeites, sudaba agrietando el lienzo de su rostro. Tenía un no sé qué fúrico, decadente y ridículo en su semblante que trataba de florecer en un mohín, como de muñeca antigua.

Y sin darle alguna explicación, resignado, la tomé de una mano, estaba muy fría y seca. Sentí ternura, piedad, era tan frágil. Quedaba la última espera, la peor, la de la incertidumbre. Arrojé un billete para saldar su consumición. Debíamos salir de allí, cambiar de ambiente. Llenar los pulmones con el oxígeno de algún parque recién regado. Pillar un beso, joven, espontáneo entre la arboleda. Salir. Andar… Pero las angulosas falanges de Irina mordieron la palma de mi mano, hundiendo las uñas. Por un momento me sentí culpable, conmovido y se me hizo más querida…

—¡Jamás vuelvas a hacerme esperar… lisiado imbécil! —Machacó las últimas palabras mientras sus labios y lengua reacomodaban su perlada y firme dentadura postiza. Tenía la cara descompuesta, de vieja desahuciada, cansada. Y me juré, asqueado e iracundo, que jamás la haría esperar menos de un minuto.

——

Juan Luis Nutte (San Cristóbal Ecatepec, Estado de México, 1972) estudió la licenciatura en letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Es egresado de la Escuela de Escritores de la Sogem y fundador y editor de la revista literaria Cuiria. Ha publicado los libros de cuentos Anécdotas sedientas (UAM-Xochimilco), Imágenes ligeras (Praxis), Bestiario amoroso (Ediciones de Autor) y la novela Mi ventana es una tumba (Fondo Editorial del Estado de México). Algunos de sus cuentos están incluidos en las antologías Animalia. Bestiario fantástico (Ediciones del Ermitaño), Sex-teto y otras piezas para cuatro manos (Ediciones del Ermitaño), Los mil y un insomnios (Centro Toluqueño de Escritores), Cofradía de Coyotes (La Coyotera editores) y Bestiario para Mateo (UAM-Xochimilco). Fue beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico del Fondo Especial para la Cultura y las Artes del Estado de México (Focaem) en los años 2007, 2009 y 2012.

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