Manuel Pimentel
Debo este libro a la sugerencia de Javier Fernández y a mi propia osadía. Ambas me animaron, después de más de tres años intensos como editor, a plasmar en este manual mi propia experiencia al frente de una editorial, con los consiguientes consejos y reflexiones acerca de su compleja gestión. Javier Fernández ama, sobre todas las cosas, la literatura, la buena literatura. Y, cómo no, la edición de libros. Escritor y editor, regresó a su Córdoba natal tras trabajar un tiempo como editor en McGraw-Hill, en Madrid. Capitaneando a un grupo de jóvenes y entusiastas escritores, constituyó la editorial Plurabelle, allá por el año 2003. Comenzaron a editar, poesía sobre todo, con una elegancia y un tino tales, que pronto brilló con luz limpia y hermosa en el firmamento reducido de las editoriales andaluzas. Sin conocernos personalmente todavía, fui adquiriendo algunos de sus libros, y siguiendo con admiración su trayectoria editorial. Editorial Almuzara nacía en 2004. Y el azar hizo que los proyectos editoriales coincidieran en una obra. Con pañales editoriales aún, Almuzara intentó conseguir los derechos de un importantísimo libro que ponía patas arriba todos los tópicos que nos habían contado acerca de la Edad Media española y Al Ándalus. Lo había escrito Ignacio Olagüe (1903-1974), y se había editado por vez primera en Francia, en 1969, por Flammarion, con un título provocador que nunca satisfizo al autor, Les arabes n’ont pas envahi l’Espagne. La Fundación Juan March lo editó en 1974, en español, en tirada muy reducida y escasamente distribuida, pero con el título original del autor, La revolución islámica de Occidente. Busqué infructuosamente los derechos para reeditar la obra, hasta que un buen día leí en prensa que Plurabelle sacaba el libro. Expresé mi admiración a Javier Fernández durante un programa de radio que dirigía en Córdoba Marta Jiménez, y, a las pocas semanas, Javier me llamó para entregarme un primer manuscrito de su obra Cero absoluto. Me leí la novela aquella misma noche, con la fascinación de descubrir, también, a un gran escritor tras el buen editor que ya conocía. Inmediatamente le manifesté el interés de Almuzara por su libro, y, en un almuerzo que mantuvimos en el Parador de Córdoba, le planteé abiertamente que por qué no creábamos un sello conjunto. De ahí nació, en 2005, Berenice, el proyecto que Javier lidera, y que aspira a convertirse en una referencia para toda una generación de jóvenes escritores y literatos.
Durante nuestra andadura conjunta, les insistí en varias ocasiones a Javier y Ana, su compañera y editora, en que Berenice debía reforzar su colección de no-ficción, sobre todo en lo referido a ensayos literarios y a manuales diversos sobre escritura. Habíamos comprobado que existía demanda de ellos, tanto en España como en Hispanoamérica, donde nuestras ventas comenzaban a crecer. No sabía que yo mismo terminaría siendo rehén de mis propias sugerencias.
Hace unos meses, cuando viajaba hacia Portugal, recibí una llamada suya. “Manolo, estamos en nuestro consejo. ¿Por qué no escribes un libro sobre la figura del editor? Piénsalo, algo parecido a un manual.” Apenas había colgado cuando ya había decidido escribir el libro y comenzaba, mentalmente, a estructurar lo que quería contar; relato que ahora tiene entre sus manos.
Había leído muchas de las memorias de grandes editores españoles y extranjeros. Con todas disfruté, y de todas aprendí. Los aconteceres cotidianos de cualquier editor tienden a parecerse, por lo que conocer la experiencia ajena supone enriquecer la propia. Pero, sin embargo, yo quería escribir un libro distinto, un libro que no contara la relación que había mantenido con escritores, políticos ni artistas, sino que enseñara la parte interna del oficio, esa de la que nunca hablan los editores, pero que constituye el motor de la empresa editorial. Algo así como: Lo que siempre quiso saber de la actividad de una editorial y nadie le contó. Decidí, pues, obviar todo lo que de glamour acompaña a la vida del editor y meterme en la sala de máquinas, para explicar cómo funcionan los motores y cómo pueden repararse en caso de avería. No hablaré, pues, ni de literatura, ni de vendettas entre facciones literarias, ni de intimidades de premios y vanidades. Mi ambición es más pedestre. Sencillamente quiero ayudarle a comprender cómo funciona una editorial y proporcionarle algunas herramientas para sobrevivir en un mundo en el que la complejidad va en parejo a su belleza. No hace falta, lector, que se vista con traje de etiqueta. Póngase el mono de trabajo y prepárese a ensuciarse con la grasa, el óxido y el humo que produce en su funcionamiento el complejo, pero fascinante, mecanismo editorial.
Una editorial es algo difícil de definir. Para los fines de esta introducción, nos bastará saber que se trata de una empresa muy especial, donde el afán de beneficio jamás puede convertirse en el motor exclusivo para una adecuada gestión, y en la que no existen leyes seguras para el éxito. Pero tampoco podemos jamás olvidar que se trata de una empresa en la que los ingresos deben superar los gastos, si queremos vivir de ella y consolidar el proyecto editorial. Y no es tarea fácil. Algo de verdad existe en la expresión “aventura editorial”, pues, en el día a día, siempre se tiene por compañero al inquietante riesgo. Una editorial no es una empresa normal, es algo mucho más complejo, que aúna el proyecto cultural y la búsqueda de belleza y coherencia con los requerimientos propios de cualquier empresa. A veces, los grandes grupos contratan a ejecutivos de mano de hierro para dirigir las editoriales sin rumbo. Suelen fracasar, ya que sólo los conocimientos de gestión empresarial no son garantía para saber entender la empresa editorial. Al libro hay que amarlo, al lector comprenderlo, intuir sus demandas, gustos y necesidades. Esto no se puede aprender en una escuela de negocios. Sin embargo, las empresas editoriales tampoco se pueden dirigir desde el simple enamoramiento por la literatura o del conocimiento. Hay que saber gestionarlas. Este libro va dirigido a las personas que, amantes del mundo del libro, deciden gestionar una editorial. Por eso, porque como en el ejército el valor se supone, hablaré muy poco de literatura y mucho de gestión, dado que presupongo el enamoramiento por los libros de las personas que se acerquen hasta esta obra. Espero que estas páginas sirvan de ayuda para que comprendan los mecanismos editoriales. Existe una especial intuición editora que permite discernir entre la obra buena que puede interesar al público y la que no. Esa intuición se lleva puesta, y no se puede enseñar ni con este libro ni con una completa enciclopedia. Tampoco pretendo enseñar la poesía de la edición, ni trasladar el amor por los libros. Simplemente aspiro a mostrar las matemáticas de la edición y responder a preguntas tan sencillas como las de: ¿cómo se calcula el precio de un libro?, o ¿cuántos libros de esta tirada debo vender para cubrir gastos? O la más habitual: ¿cómo puedo distribuir mejor mis fondos?
No está ante un libro melancólico, del tipo cualquier tiempo pasado fue mejor, sino ante uno de acción y de deseo de supervivencia. El mundo editorial, por mucho que lloren los tristes augures, tiene un brillante futuro, si sabemos adaptarnos a los requerimientos de una sociedad que cambia con rapidez. Esos cambios nos producen desasosiego, pero no deben ahogamos. Por eso, este manual pretende ser una guía que aúne realismo con optimismo. La actividad editorial es una actividad muy compleja y difícil, pero posible. Considero precisa esta llamada a la previa ilusión, dado que, desgraciadamente, en la mayoría de los textos de la bibliografía existente se tiende siempre a vaticinar el cataclismo final. Se pueden encontrar en librerías memorias varias de importantes editores vivos y fallecidos. También ensayos y reflexiones sobre el mundo editorial. Todas ellas comparten el principio de que cualquier tiempo pasado fue mejor. A lo largo de todas sus páginas reiteran el mismo mensaje de añoranza por ese tiempo que se fue y que jamás volverá. El clásico retorno al mito de la pretérita Edad Dorada. Que antes se editaba por amor, y ahora por dinero. Que los grandes grupos han prostituido la noble tarea que antaño realizaban los editores independientes. Que esos grandes grupos están dirigidos por vendedores de lavadoras, sin sensibilidad ni cultura, y no por editores. Que las librerías se limitan a cebar una vertiginosa rotación de novedades, olvidando el fondo y condenando a los almacenes de los editores a convertirse en cementerio de libros que apenas tuvieron una oportunidad. Todo a peor, pareciera que ya no quedan amantes de los libros ni demanda de cultura y belleza, y que toda la sociedad se hubiese tornado en estúpida consumidora de fast food, plástico y anuncios de neón. ¿Tan necios, de verdad, consideran a sus contemporáneos? No me lo creo. Los tiempos mutan, pero la emoción humana ante la belleza, los sentimientos o el conocimiento permanece, y somos los editores y los escritores los llamados a alimentarla y satisfacerla. La edición no ha muerto. No comparto esa actitud plañidera. Quizá la pose fatalista sea más atractiva que la del luchador del día a día que se empeña en sobrevivir, pero quiero creerme que los que amamos el libro tenemos posibilidades de desarrollar nuestra noble tarea en el mundo en el que nos ha tocado vivir, con sus muchos inconvenientes, pero, también, con sus inesperadas ventajas, que haberlas haylas. Tampoco me limitaré a satanizar a los grandes grupos editoriales y a las cadenas de librerías, que tienen sus puntos fuertes, pero también débiles, como analizaremos más adelante.
No es cierto que cualquier pasado fue mejor. No sabemos qué nos deparará el futuro de la edición, pero intuimos que el papel del editor seguirá siendo fundamental en la sociedad que construimos. No se contagie por el pesimismo ambiente. Editar no es morir; de hecho es una de las formas más hermosas de vivir, y la vida siempre nos empuja al futuro.
El concepto de editor ha ido cambiando a lo largo de la historia. De todo ello hablaremos en este libro. También ahora estamos inmersos en el correspondiente cambio generacional. Los modelos de editores irán cambiando. No podemos aferramos al que nos fascinara en nuestra juventud, porque el ecosistema es otro y el cazador de tigres y mariposas que encierra el alma del editor debe adaptarse al nuevo entorno. La misma ilusión y amor que siempre, pero con diferentes circunstancias. Las posibilidades digitales, y adelanto mi postura, no terminarán enterrando al libro. La fascinación por la buena literatura, la emoción de la búsqueda de temas y autores, la inigualable emoción de encontrar un hermoso texto y el placer que produce la satisfacción del desconocido lector seguirán impulsando al editor.
Pese a quien le pese, la edición tiene futuro. Espero que este sencillo manual le ayude a pilotar su editorial por las inesperadas galaxias del universo editorial.
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Manuel Pimentel, Manual del editor — Cómo funciona la moderna industria editorial, Berenice, España, 2007.









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