Giorgio Colli
Que los filósofos carecemos de las ventajas y los perjuicios de la preferencia popular es una verdad observada hace mucho tiempo, de la que no es tampoco difícil señalar las razones. El propio instrumento expresivo del filósofo, el pensamiento abstracto, es hostil a la mayoría. Esta falta de popularidad, si bien puede ser desagradable para el filósofo, es compensada sin embargo por el aislamiento con que se lo beneficia. En vida y después, el filósofo es preservado de una participación colectiva y no se lo implica en pasiones que no son las suyas.
Pero a veces el pensamiento obra sobre la vida, y a Nietzsche le tocó esa suerte. Esto ocurrió no en el sentido más frecuente: que el pensamiento abstracto de un filósofo intervenga medianamente para modificar la vida de los hombres como ha ocurrido a veces en la historia. En el caso de Nietzsche, por el contrario, el pensamiento llega al tejido inmediato de la vida y se mezcla con ella, suscitando en los hombres reacciones instantáneas y encendiendo en cada cual las pasiones que la sensibilidad de cada uno percibe como afines.
Cualquiera que haya leído alguna página de Nietzsche ha sentido su escándalo en profundidad, se ha sentido provocado a dar su propio asentimiento acerca de una cuestión acuciante. Algunos no perdonan que los invadan, otros se deshacen de la impresión, otros reaccionan con participación apasionada. Así, con sólo escuchar el nombre de Nietzsche, son pocos aquellos que, si no les faltara cultura y sensibilidad, no perciben un movimiento instintivo del ánimo, variable según el carácter, difícilmente definible y por cierto no entregado a esquemas conceptuales. Nietzsche se revela así como un tipo paradójico de pensador, para quien se derrumban los límites entre los géneros expresivos y cuya impronta se percibe antes en el ánimo que en la razón.
Esta condición excepcional ha dado a Nietzsche, en el pensamiento del último siglo, un puesto que podría calificarse, por sus implicaciones, como único e incomparable. Pero de esa condición derivan consecuencias. Es cierto que la música de Beethoven puede encender, por corto tiempo, un noble fuego en el alma de un violento o de un arrebatado. Si esa música pudiera traducirse en palabras, ¿quién puede afirmar que en esas palabras no se encontraría justificación para violencias y arrebatos? ¿Prohibiríamos por ello la música de Beethoven, que precisamente porque es universal llega a muchas almas que no es posible calificar de nobles? Sin embargo, a Nietzsche le ha tocado en suerte también esto: una reputación debida a las alucinaciones de almas bajas y patológicamente desviadas. Bajo el resplandor de frases cuyo contenido se les escapaba, bajo la exaltación momentánea que, sedimentándose en los pensamientos cotidianos extenuados o ciegos, trataba de justificar un verdadero vínculo con el estímulo del que habían surgido, tales individuos edificaron interpretaciones desatinadas. Nietzsche se convierte en fantasma, y contra un fantasma se dirigen después —e inclusive hoy— las execraciones de aquellos que han reemplazado a los fanáticos exaltados.
En realidad, Nietzsche no tiene ninguna necesidad de ser interpretado de ningún modo, es decir, de ser determinado conceptualmente según una u otra dirección, precisamente porque su acción sobre la vida individual es directa. Es suficiente con acogerlo, no según fragmentos ocasionales o sugestivos de una u otra manera, sino en su totalidad y unidad. Este camino más laborioso habrá de privarlo de una falsa popularidad. En compensación, su acción —aquella que él quería— se manifestará por primera vez, y nadie puede decir si esa acción será saludable o nociva.
En verdad la persona de Nietzsche ha existido y una fortuna accidental ha preservado la totalidad, puede decirse, de sus expresiones escritas. Tales expresiones tienen la apariencia de un conjunto multicolor, pero poseen una sustancia unitaria y compacta, ya que se puede admitir que son su verdadera manifestación en la existencia, equivalentes a la unidad indudable de su persona. Para él, en efecto, vivir significó escribir, y escribir fue solamente decir con sinceridad, reflejar casi, como en su espejo, los saltos de su fantasía y el trabajo de su pensamiento. Por otra parte, se lo puede escuchar o leer de dos maneras: o bien como lo que dice un hombre, a través de su desarrollo, y así se lo entenderá cada vez como algo completo y concluso —con lo cual se ignorará el futuro y, en cuanto al pasado, se lo cancelará en su perspectiva absoluta y se lo considerará en su perspectiva histórica— con el resultado de que cada cual será libre, en toda ocasión, de tomarlo o dejarlo, de entusiasmarse o detestar; o bien se contempla la individualidad en cuestión como una “entelequia”, para la cual el tiempo no es más que la condición de su manifestarse. El estudio de esa idea —para Platón las almas son similares a las ideas—, cuya compacidad es primordial, se desgrana a través de la reconstrucción de una totalidad presupuesta, en la cual las expresiones delimitadas tienen el valor de fragmentos melódicos y armoniosos de una música desconocida. Es oportuno escuchar a Nietzsche de esta manera.
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“Premisa” del libro Introducción a Nietzsche, de Giorgio Colli, Pre-Textos, Valencia, 2000.









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