Internet y el Libro de arena
Pablo Manuel Rojas Aguilar
Borges escribió en cualquier página de su infinita obra que de todos los instrumentos del hombre el más asombroso era, sin duda, el libro. Los demás, sigue mencionando, son extensiones de su cuerpo. “El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.” Veinte años después de su muerte, la extensión de la memoria dejó de ser el privilegio de las mentes brillantes de la humanidad (contenidas en un libro, como decía Emerson, aludiendo a que los mejores espíritus están encantados en las bibliotecas) y logró concretarse para los Otros, los más modestos, en una Memoria Flash y antes en un CD y antes en un disquete.
No es revelación alguna decir que los escritores y demás artistas suelen ser visionarios, como Julio Verne, Michel de Montaigne, Ray Bradbury, entre otros tantos hacedores más. Borges no fue la excepción cuando soñó la red infinita que conocemos ahora como Internet, contenida en un libro; un libro cuya cantidad de páginas era exactamente igual al infinito, al cual nombró el Libro de arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin:
“Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
—Ahora busque la última hoja.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía: —Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
—No puede ser, pero es. Ninguna es la primera página; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.”
No sé qué sentiría Borges al observar su Libro de arena materializado en una computadora, en una tableta electrónica o en un teléfono inteligente con acceso a la red para navegar sobre un mar infinito de información, en el que nadie tendrá la posibilidad de encontrar alguna costa o algún fondo. Acaso él supo siempre que Internet estaba ahí, como todo lo que existe en el universo cambiante, donde sólo se modifican las formas y los nombres. Acaso creemos que evolucionamos, que nuestro tiempo es diferente al pasado, pero de alguna manera secreta siempre somos los mismos, abrumándonos, como antes, entre una serie de información que nos agobia.
En lo personal, suelo navegar en Internet y fatigarme en consecuencia por su infinitud, imaginando que abro el Libro de arena; y me parece maravilloso saber que hay páginas (en este momento electrónicas, por supuesto) que he visto y que nunca más volveré a ver; que puedo sumergirme y pensar que en algunas otras hallaré mi vida y su contradicción; que tengo la posibilidad de participar en un juego ideado por el argentino, confundiendo mi nombre con el de los Otros; que puedo confundirme hasta sentir, por algún ínfimo instante, que yo puedo ser él…
Este artificio tan simple siempre logra salvarme.









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