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Ingratos recuerdos

· abril 13, 2019

Jorge Escamilla Udave

 

Los abuelos que nos toca conocer no se parecen en nada a quienes fueron a lo largo de su vida, existe una seria contradicción del pasado con el presente. Los hay quienes en la juventud fueron joviales, dicharacheros, sonrientes y aventureros, y sin distinción de géneros, tanto hombres como mujeres tuvieron lo suyo, pisando fondo entre los médanos del amor y el desengaño.

Y ahora hay que verlos todos medrosos, como si nunca hubieran quebrado un plato, dándose golpes de pecho y señalando con toda corrección los errores de los demás, como si ellos hubieran vivido al amparo de la santidad.

Así es precisamente Amparito, la abuela materna que me tocó vivir, aunque yo diría padecer. Nunca se le tiene contenta con nada: si se trata de divertirse en un baile con las amigas, sale con la retahíla de siempre: “En mis tiempos, ni pensar que alguna de las mujeres de mi generación y menos de la familia, anduviera sola a deshoras de la noche, dizque disfrutando entre mujeres… Sólo pensarlo ya era pecado, cuantimás si las abuelas se reunían para decidir el castigo por el hecho de haber pensado en una fiesta… Hoy todas son unas casquivanas, mujeres de cascos ligeros”. Su rosario de ofensas e improperios terminaba con un largo suspiro, que significaba que no toleraría comentario alguno.

Toda la infancia y la adolescencia fue escuchar sus quejumbres. A veces me parecía que sólo tenía quejas contra la vida y contra todos los de la familia. En ocasiones me surgía la inquietud de interrogar a mi madre para lograr saber si de verdad había sido una mujer de “una sola pieza”, como la misma abuela solía calificar a aquellas mujeres, seres “dechados de virtudes” que habían vivido su matrimonio como un apostolado, sin desviar su atención en las cosas mundanas. Mi madre sólo acertaba a guardar silencio, con una sonrisa de amargura que le cruzaba el rostro como un rayo que presagia tempestades, pero yo no lograba extraer ningún comentario, alusión o reproche; su eterna cantaleta que repetía a coro con ella, aunque mentalmente para que no se molestara conmigo, era: “Mi madre fue siempre una mujer de su casa y tu abuelo la hizo sufrir mucho”.

Por eso mismo digo que el pasado no se corresponde con el presente, ya que no puedo creer que ese hombre envejecido, con un carácter de ángel terrenal, siempre dispuesto a complacerla hasta el menor detalle le haya hecho sufrir; no puedo imaginar en sus alas al ángel del martirio que ella misma dibuja con sus quejumbres todo el tiempo y a toda hora. Nombrarlo en cada episodio de su pasado, significaba un reproche: “Todo es por culpa de Benito” o “de no haber sido por Benito”. Era pues “Benito para aquí, Benito para allá”. Él se concretaba a mover la cabeza y sonreír complacido por estar en los recuerdos de su mujer de toda la vida, a pesar de que nunca fuera para exaltar sus virtudes, que para mí ¡las poseía todas!

Una tarde, en que las actividades de la universidad me permitieron un tiempo libre, decidí permanecer en casa de la abuela Amparito, pues nunca —según sus propias palabras— perteneció a ambos, sólo era la casa de la abuelita Amparito, todo con diminutivos, como si eso le concediera la gracia de la bondad a toda prueba.

Parecía un día cualquiera, pero esa tarde significó la revelación y respuesta a todas mis interrogantes, ya que Amparito me pidió que la ayudara a la limpieza de la zotehuela, que más que el sitio donde se guardan los recuerdos era el lugar donde estaban encerrados, quizá para que no salieran antes de ser olvidados.

Al abrir la puerta, de golpe sentimos que su pasado se nos venía encima entre olores de encierro. Ante la imagen de abandono, con telarañas, objetos amontonados sin orden alguno, me dijo: “Quiero deshacerme de muchas cosas que están aquí, esto ya es un mugrero”. Lo único que alcancé a responder fue: “Pero abuelita, es tu pasado”. “El mío —me respondió— lo tengo resguardado en lo más profundo de mi corazón; éstas son las reliquias que atesora tu abuelo Benito, que dizque de las etapas de nuestro matrimonio. Él sólo sabe vivir en el pasado; a mí poco me importa”. Esas frases lapidarias me desconcertaban al no contar con un referente que les brindara sentido.

Pasaron las horas entre mover, sacudir, limpiar y acomodar, y la zotehuela fue quedando semivacía, mientras los objetos que tenían que salir ocupaban un amplio espacio de uno de los pasillos que conducían a las recámaras de la casa. Como un aparecido surgió de pronto, acompañada de su estentórea voz: “¡Esto se va! Tendrá que sacarse a quemar porque regalarlos me daría pena, aunque yo preferiría depositarlos en la esquina para que el camión de la basura se los lleve de mi vista para siempre y no dejar que alguien pueda descubrir nuestros desastrosos gustos y recuerdos que guardan en su alma los objetos”. De nuevo quedaba atónita, sin saber qué pensar. Casi llegando la noche, cuando la vi más aburrida que cansada, yo misma le propuse que me encargaría de sacar las cosas a la calle.

Antes de terminar la penosa tarea de arrastrar los astrosos muebles, cuando, por terminar y poder meterme a bañar para quitarme todo el polvo acumulado en la ropa y en mi cuerpo de una labor que parecía no acabaría nunca, jalé el último mueble que quedaba en el pasillo, contenta de estar a punto de finalizar mi labor, un único cajoncito de un buró solitario que había quedado de su primer recámara matrimonial se deslizó fuera y cayó pesadamente bocabajo. Pude ver, no con curiosidad, que estaba pegado un manojo de cartas en una bolsa transparente de plástico, precisamente en la tapa por la parte de afuera del cajón, con toda seguridad para que no pudieran verse.

Sin tardanza las despegué y mientras llevaba el mueble a la calle iba pensando sobre su contenido. A llegar a la esquina, el mismo mueble me sirvió de banco de lectura, y alejada de toda posible suspicaz mirada de Amparito, las extraje de su bolsa plástica y desaté el molote de amarillentas y perfumadas cartas que, sin embargo, no habían perdido los colores de sus sobres que resguardaban la bella caligrafía que siempre distinguió a la abuela, de la que se ufanaba repitiendo que “era lo único que recuerdo con cariño de los tiempos que estudié con las monjas mercedarias”.

Se pasaron las horas sin sentir, hasta terminar de leer el mazo de abundantes cartas. Pude comprender hasta entonces lo que había sido la vida de joven de la abuela. Las cartas estaban dirigidas a un destinatario al que nunca llegaron. En ellas se hablaba de un atormentado amor no correspondido, de la entrega apasionada de una mujer a un hombre, que si supo o no de su preñez, no lo detuvo para marcharse a un viaje del que nunca supo a ciencia cierta si regresó algún día, aunque en el fondo de su corazón, como lo escribió ella, “nunca dejó de amarlo”.

El abuelo Benito había sido la tabla de salvación, pues asumiendo la culpa de su embarazo y del eterno desprecio de los padres de Amparito, así y todo la instaló en esa casa y la hizo su esposa, soportando el desprecio de quien nunca lo había amado, aunque él tenía la esperanza de que el tiempo lo compensaría con el amor negado.

No sabía yo si guardar odio contra la abuela, o comprenderla en su desgracia, pero me inclinaba más a sentir el injusto trato con el abuelo Benito, quien sin pedir nada a cambio, había guardado con celo un secreto como si fuera su pecado. Me invadieron sentimientos encontrados, pues estaba segura de que mi madre desconocía las cartas y por supuesto su revelador contenido. Sólo alcancé a pensar que el fuego expurga los malos recuerdos del pasado. Fui a la cocina, tomé el encendedor… Cuando llegó el camión de la basura y mi abuela se asomó para saber qué hacía, sólo pude contestar: “Deshaciéndome de ingratos recuerdos”, con lo ojos fijos en las llamas azules y rojas que prefiguraban la destrucción que antecede al olvido.

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