Antonio Bello Quiroz
¡Oh matemáticos, iluminad semejante error! No tiene voz, porque donde hay voz hay cuerpo. Leonardo
Según enseña Giorgio Agamben en su texto Infancia e Historia, la categoría infancia es una representación colectiva, producto de formas de relación social concretas; es decir, está determinada por las condiciones sociohistóricas que se dictan en cada época. Aunque la infancia y la niñez ocupan hoy el centro de la vida social, política y comercial (por lo menos en el discurso) en las sociedades occidentales, la historia de la infancia ha sido en realidad una historia de violencia, desconocimiento y marginalidad.
El filósofo italiano señala que en realidad es con el cristianismo que se da la primera ruptura respecto a la antigua imagen de infancia. Sin embargo, esto no representó el final del oscurantismo para los niños, ya que los abusos físicos y psicológicos siguieron y continúan existiendo, ahora por la vía de la hiperetiquetación o el exceso de exigencias, por ejemplo.
Entre los siglos IX y XIII las tasas de mortalidad neonatal e infantil eran altas; el infanticidio, asociado a la falta de cuidados esencialmente, como dejar de dar alimento al niño, o los accidentes por abandono. El infanticidio en manos de los padres, en la lectura de la época, era considerado como pecado pero no como delito.
Es justamente a partir del siglo XII, siglo en que se inventa el amor, que aparecen los primeros signos de ternura y de interés por las fases del desarrollo de los niños, sentimientos que fueron penetrando cada vez más en la sociedad occidental. En esta época hay un cambio en cuanto a la representación social del niño, surge un moderado interés por los muy pequeños y por su desarrollo. Aunque su desarrollo tiene que ver no con su ser niños sino con la idea de que es un adulto chiquito que debe tener una formación para poder pertenecer de pleno al mundo adulto.
El no reconocimiento de los afectos, durante la época del Renacimiento, hace que los niños en el primer periodo de su vida fueran entregados a una madre sustituta o institutriz, por lo que se veían privados del amor y cuidados de ambos padres, luego entre los dos y siete años los niños vivían con sus padres luchando por adaptarse a un entorno extraño y por conquistar su afecto.
Es hasta el siglo XVII perdura la idea de que el niño necesita la disciplina con violencia para ser una persona de bien. Sin embargo, se observan cambios en los cuidados, se reconoce a los niños como seres humanos con problemas de desarrollo diferentes a los adultos. Se observa una evolución del sentimiento hacia los niños, de una total indiferencia hacia una preocupación y cariño auténtico que permite comprender de mejor manera la evolución de la representación de la infancia.
El descubrimiento auténtico de la infancia comienza en el siglo XVIII, cuando disminuye el infanticidio, pero la práctica de abandonar a los recién nacidos era todavía muy común, existiendo instituciones que se encargaban de los niños abandonados.
Algo significativo es que durante este periodo se vive un momento de ambivalencia, pues por un lado los niños eran considerados como intrínsecamente malvados, por lo cual hay que civilizarlos, a la vez eran considerados como ángeles totalmente inocentes, no corrompidos por la maldad. El cuerpo de los niños estaba deshabitado de sexualidad. El juego, actividad primordial para los niños, se relacionaba con el pecado y con las tendencias de la carne.
Dos cambios fundamentales ocurren durante el siglo XIX: esencialmente desde las ideas de Rousseau, se logra que se diera a la infancia atención y además surge la idea de que la lactancia es buena para las madres, y se restringe la participación de las nodrizas.
En 1905 Sigmund Freud introduce al mundo una teoría que habrá de revolucionar la forma en que se percibe la infancia: sostendrá que la infancia no es inocente en cuanto a la sexualidad se refiere y, además, hace un aporte que bien haríamos en no ignorar en ningún momento: la sexualidad no se puede reducir a la genitalidad.
Partiendo de esto, con ustedes quisiera proponer que la sexualidad, en la infancia, se encuentra directamente vinculada con el aprendizaje.
Si es verdad que somos esencialmente sujetos jurídicos y sujetos sexuados, es la escuela uno de los primeros escenarios donde se expresan los anudamientos subjetivos entre estas dos dimensiones.
Hay que decir que el aprendizaje no es exclusivo de la escuela, pero sí es ahí donde con frecuencia se enfrentan una serie de dificultades del aprendizaje, lo mismo en el contenido como en la atención, o en las conductas o en el control de la motricidad.
El panorama no es claro en cuanto a la infancia: en un mundo que está gobernado por la hiperetiquetación, cualquier niño o niña pronto será catalogado (literalmente) como un niño con fracaso escolar, diagnosticado con déficit de atención con hiperactividad o con algún grado de autismo.
Al diagnóstico le viene el tratamiento: administrarle medicamentos, o terapias de toda índole buscando una cura milagrosa que le devuelva la atención y lo reinserte socialmente.
Distintas disciplinas son convocadas para atender “el problema”: la psicología y sus baterías de tests, pero también la pedagogía que atendería las deficiencias en el desarrollo cognitivo, los programas de capacitación y orientación docente, la medicina, la nutriología, etcétera.
También se recomendará que sea atendida la cuestión ambiental, familiar, cultural, los factores económicos del entorno cercano al niño problema.
Todos estos discursos aluden al niño, pero no hay espacio para escuchar la singularidad del niño, es decir, un lugar que permita producir un “saber” sobre el sujeto y no sólo a preocuparse por su aprendizaje.
El saber se distingue del conocimiento en tanto que el saber apunta a lo inconsciente y, de esa manera apunta a lo sexual. Jacques Lacan dirá que “el saber que importa es un saber sobre lo sexual, que está inscrito en la pulsión, pero no comporta el más mínimo acceso al conocimiento como tal”.
Es de ese saber extraído de la pulsión desde donde el sujeto niño irá construyendo sus teorías sexuales ligadas a los objetos pulsionales que dispone.
A cada pulsión le corresponde la construcción de una teoría sexual correlativa, decía Freud: la de la cloaca (los niños nacen por el ano); la oral o escópica (se concibe a un niño a través de un beso o una mirada) o incluso la pulsión invocante (se concibe al niño en la escucha de las peleas o gemidos de los padres).
Pareciera que estas ideas de Freud ya han sido superadas, sin embrago, pese a lo hipermodernizados que pudiéramos estar, este saber atañe a lo inconsciente y por tanto es invariante.
Tenemos entonces un saber ligado a la pulsión, es el que comanda, por ejemplo, la curiosidad, el afán por saber.
También hay otro saber, extraído de la metáfora paterna, que va a situar al niño en relación con la significación fálica, en las identificaciones sexuales para poder ubicarse con respecto al otro sexo.
Así, tenemos por un lado el saber de la pulsión, situado del lado de la repetición, y el saber en relación al falo y que vincula con el deseo.
Para el psicoanálisis, el momento inaugural del niño va a iniciar cuando el pequeño sujeto pregunta sobre el origen, y son las mismas preguntas que se planteará durante su vida cuando se enfrente a los malestares con la cultura o el dolor de existir.








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