Pablo Manuel Rojas Aguilar
La luz de una lámpara se enciende en la fría habitación de Ginebra. Zeus ha arrastrado su luminoso manto y el cielo ha quedado en penumbras, desnudo y tiritando de frío. Afuera todo el jardín es luna, luna de Ariosto, y el recuerdo del sueño de la quinta en el pueblo de Adrogué comienza a tomar forma. Jorge Luis Borges, el Borges de los fatigados espejos, de los dobles, de los Otros, de la Islandia de los mares y el que en este momento preciso evocara a Stevenson, abandonará el magnífico universo. De manera humilde, acaso buscando la muerte así como se busca un sueño, ha pedido a María Kodama dos presbíteros: uno católico y otro protestante, en memoria de su madre y de su abuela.
Después de mañana, no sólo quedará inconcluso el relato que tramaba sobre la muerte del Quijote, o aquella secuela sobre la Comedia de Dante; pues un número infinito de cosas muere con cada agonía de un hombre. Después de esta noche, morirán también “sus buenas intenciones, los laberintos, el cuchillo, el hombre que se cree una imagen, el tigre de las noches, las batallas que vuelven en la sangre, la voz de Macedonio Fernández, la nave hecha con las uñas de los muertos, el inglés antiguo repetido cada tarde”, la brusca revelación de su muerte en medio del latín y de Virgilio… morirá también la serie de borradores, de misceláneos borradores que pretendieron, de manera errónea, ceder a la vana y supersticiosa búsqueda de ser sólo un gran libro, como el Fausto de Goethe, la Metamorfosis de Kafka o el Ulises de Joyce.
… Así ocurrió cada minuto de aquella noche: disgregando cada mágica y también cada patética y deleznable forma de ese gran hombre, que quedará en lo profundo de la memoria, debajo de la marea de los sueños.
Al amanecer, María se sentó junto al lecho y le tomó la mano. Borges murió la mañana del 14 de junio de 1986, aniquilando un universo.
En la ciudad de Ginebra, llovía.
14 de junio de 2015









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