Judith Castañeda Suarí
Amplitud esmeralda rica en nutrientes. Vasta en un principio, llena de arbustos, de árboles y brotes color escarlata, poco a poco se ha visto mermada a causa de distintos eventos; la invención de la escritura, el aprendizaje de los números, infinitos, y de la utilidad que tienen dentro de nuestro diario accionar, así como el aumento de la masa encefálica de los individuos, son parte del problema, el origen de tanto agujero de oscuridad, de las zonas putrefactas como consecuencia de la radiación, de las hectáreas arrancadas a la antes enorme zona.
Frente a tan devastador escenario, se hace imperativo proteger lo poco que queda, de lo contrario nuestra urbanización, tan llena de teorías y de hipótesis desechadas, comprobadas y replanteadas, tan contaminada por el descubrimiento de la máquina de vapor y de las redes inalámbricas, podría perder los únicos, y quizás últimos, pulmones que tiene para limpiar de polución su atmósfera y hacerla respirable.
El camino para hacer realidad dicha protección no es otro sino el de las leyes: un decreto gubernamental, una orden de la Presidencia publicada en el Diario Oficial… Aunque esto no quiere decir que la tarea sea exclusiva de las autoridades, no; la obligación, el deber de la ciudadanía, es alzar la voz, haciéndole ver a nuestros dirigentes que si demoran más tiempo la orden de conservación, la ciudad perderá ese territorio llamado ignorancia, ese minúsculo pulmón que es el único sitio donde puede cultivarse, sin miedo a que se marchite, la flor verde de la esperanza.








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