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Hybris y Némesis de Manuel M. Flores

· noviembre 9, 2018

Roberto Martínez Garcilazo

 

Si todo huye bajo nuestros pasos;

cultivemos entonces alguna pasión exquisita,

algún violento estremecimiento de los sentidos. W. H. Pater

 

El poeta busca infructuosamente lo Absoluto en la Republica Liberal Mexicana. Manuel M. Flores, hastiado de la vida reglada decide ignorar las prohibiciones morales y las modas intelectuales y liberar su deseo y encontrar la felicidad en la poesía, el sexo y el alcohol.

Esta libertad, sin embargo, trasciende la regla, incurre en Hybris y suscita la Némesis. El héroe poético muere sifilítico, demente, ciego y pobre, asistido por la casta amada imposible.

Desde la República de Platón, hasta la Constitución Mexicana de 1857, la relación entre las Ninfas y el Estado es íntima y problemática. Es imposible servir simultáneamente a las dos entidades, se debe elegir. ¿La Musa o el Estado?

Consideremos los días últimos de Ignacio Manuel Altamirano y Manuel M. Flores. El primero murió en San Remo, Italia, como embajador plenipotenciario de la naciente República Mexicana; mientras que el segundo murió como un paria en una casa venida a menos del centro histórico de la Ciudad de México.

El poeta no fue apto para las actividades de la República: fue inepto para la moral, la política, la religión, el honor y la educación. Manuel M. Flores vivió y murió bajo el manto de la Musa.

Sobre el manto de la diosa, escribe Apuleyo, en El asno de oro: “Su manto de un oscuro tan intenso que irradiaba reflejos de puro negro. Ese manto envolvía su busto pasando bajo el hombro derecho y cubriendo el izquierdo a manera de escudo; uno de sus extremos caía en artísticos pliegues hasta rematarse en su orla inferior con unos graciosos flecos.”

Y aquí vale una breve y curiosa anotación. El protagonista de la novela de Apuleyo tiene por nombre Lucio y el nombre completo de Flores es Manuel María Adriano de la Luz. Ahora un fragmento de la Oración de Lucio, que bien podrá ser de Adriano de la (Virgen de la) Luz:

“Reina del cielo, ya seas la Ceres nutricia (…) ya seas la Venus celestial, que, en los primeros días del mundo, uniste los sexos opuestos dando origen al Amor (…) ya seas la terrible Proserpina, la de los aullidos nocturnos, la de la triple faz (…) tú, que con tu pálida claridad iluminas todas las murallas (…) sea cual fuere el nombre (…) asísteme en este instante colmado de desventuras (…) pon término a mis crueles reveses y dame la paz (…) basta ya de fatigas (…) despójame de esta maldita figura (…) y si alguna divinidad ofendida me persigue con su implacable cólera, séame al menos lícito morir, ya que no me es lícito vivir.”

Y un pasaje de la respuesta de la Diosa:

“Aquí me tienes Lucio; tus ruegos me han conmovido. Soy la madre de la inmensa naturaleza, la dueña de todos los elementos, el tronco que da origen a las generaciones, la suprema divinidad, la reina de los Manes, la primera entre los habitantes del cielo, la encarnación única de dioses y diosas; las luminosas bóvedas del cielo, los saludables vientos del mar, los silencios desolados de los infiernos, todo está a merced de mi voluntad; soy la divinidad única a quien venera el mundo entero bajo múltiples formas, variados ritos y los más diversos nombres. (…) Soy la reina Isis. (…) He venido por haberme compadecido de tus desgracias; heme aquí favorable y propicia. Déjate ya de llorar, pon fin a tus lamentos, desecha tu pesimismo; ahora, por mi providencia, empieza a amanecer el día de tu salvación. (…) Pero has de recordar ante todo y sea ésta una convicción grabada para siempre en el fondo del corazón que el resto de tus días, hasta exhalar el último suspiro, te debes a mi servicio.”

En “María”, escribe Flores:

(…)

¡Hora de bendición! En ese instante,

Hija suprema de la luz del día

Y del sueño de mi alma delirante,

A mí llegaste, celestial María…

 

Y conmovido, deslumbrado, ciego

Puse a tus pies mi corazón de fuego,

Mi juventud de vida palpitante

Y la inmensa pasión del alma mía.

Y de mi corazón sobre mi lira

Desbordó sus raudales de ternura

La inspiración en que encendió mi pecho

El sereno esplendor de tu hermosura.

(…)

Sócrates, en el Ion, dice que a través del “justo delirar” se puede alcanzar la “liberación” de los males y que “la Manía (el delirio) es más bella que la Sophrosyne (sabiduría, conocimiento) porque nace de Dios”.

De manera complementaria, es útil referir que Calasso, en La locura que viene de las ninfas, afirma que “los griegos no consideraban la locura una patología sino como una posesión divina, una forma de conocimiento y una posibilidad de felicidad”.

Pues bien, en el México del siglo XIX, contrario sensu, la locura poética fue causa de infelicidad y sufrimiento. El furor poético es hybris que se castiga con la muerte. Más aún, que se castiga eternamente: Manuel M. Flores es el poeta sin tumba, sus restos mortales fueron exhumados de la tierra sagrada del Panteón de Dolores y arrojados al osario donde las ratas y los perros festinaban su miseria.

Por superficialidad, en la historia de la literatura mexicana del siglo XIX se ha creado la falsa semejanza entre romanticismo y liberalismo cuando, en profundidad, sus características son antinómicas: irracionalismo, teísmo, sensualismo y culto a la libertad individual del Romanticismo son, sin duda, antitéticos, del positivismo, la austeridad y el respeto a las leyes y el culto a las costumbres y localismos del liberalismo juarista.

Esta misma superficialidad crítica ha degradado al Romanticismo: lo ha llevado de ser una variedad del heroísmo a un ridículo recital de inocua cursilería.

La estrategia de degradación discursiva, disminución de grado en una escala jerárquica, ha consistido en ignorar las trasformaciones diacrónicas de los modos de habla y leer desde la circunstancialidad lingüística del presente lo pasado.

Sirva para apuntalar lo anterior lo escrito por Juan de Dios Peza: “En materia de arte muchas son las escuelas, las exigencias de los críticos, las reglas y, sin embargo, lo esencial no lo dan los libros, ni las cátedras, ni se sabe en qué estriba el secreto de la inspiración inmortal y sublime.”

Respecto al tópico de la inspiración como rasgo distintivo de la poética romántica, Walter Pater, en el epílogo de El Estilo, al reflexionar sobre lo clásico y lo romántico, apunta que “las cualidades de medida, pureza y templanza son las del clasicismo (…), lo clásico nos llega desde la serenidad de otras épocas, como una señal de aquello que una larga experiencia ha demostrado que nunca nos desagradará. El ‘orden en la belleza’ es el elemento esencialmente clásico”. (La belleza —decía San Agustín— es el esplendor del orden.) En este punto es importante señalar que las características estéticas de lo clásico —medida, pureza y templanza— devienen virtudes morales en la medida en que forman parte de una cosmovisión.

Por otra parte, la curiosidad transgresora y el amor por la belleza son las características de lo romántico. El romanticismo puede ser grotesco por la fuerza de sus pasiones. Rousseau en la primera página de su “Confesiones” escribe: “No estoy hecho como cualquiera de los que he conocido: no soy mejor, pero soy diferente.” Juan Jacobo Rousseau confiere un valor positivo a lo intenso y a lo excepcional, es decir a lo que escapa de la regla del orden y prefigura la aparición de Werther, Byron, Jacques Rolla y Manuel M. Flores. Sin embargo, es necesario destacar que, palabras de Pater, “el romanticismo, más que la peculiaridad de un periodo histórico es un espíritu que se manifiesta en todos los tiempos porque lo romántico es la actualidad de la cuestión del temperamento individual en relación conflictiva con la norma social”. Puesto lo anterior en fórmula aforística: Lo clásico es la geometría, lo romántico es la ebriedad del éxtasis.

En este punto debemos citar a Arnold J. Toynbee, su apotegma de que “la civilización es un movimiento intelectual y no una entidad estática; una Odisea y no un puerto” nos será útil para esquematizar la idea de que en términos ideológicos —la ideología concebida como un conjunto de juicios críticos y de valor formalizados como literatura, religión, derecho, política y moral— el Virreinato en México extendió sus días hasta la víspera del periodo de la Reforma. Durante la segunda mitad del siglo XIX, México vivo un cisma del cuerpo social que se expresó en Manuel M. Flores como un cisma del alma que lo arrojó a la promiscuidad y a la ebriedad.  En Orgía, escribe:

¡Ven cortesana, abrázame en delicias! (…)

Prendan el fuego del deseo tus ojos

Alumbren tus miradas el festín

Mis labios beban en tus labios

Ansia perpetua de placer sin fin

Del bacanal en el discorde ruido

Pase el mañana con el triste ayer. (…)

La sociedad, la sociedad, perdida

Meretriz que de diosa se disfraza

A través de mi copa enardecida

La veo pasar con su triste traza. (…)

El poeta para ti sólo es un paria

Pero ignorado Prometeo del suelo

En su alma lleva inmensa y solitaria

La sacra lumbre que robara al cielo. (…)

¡Hurra, bebed! En deliciosos lazos

El importuno día nos halle presos

¡Hurra, bebed! El choque de los vasos

Sea la música ardiente de los besos.

¡Vino, más vino aún!

Aquí está el día.

Sol que la tierra miserable alegras,

Al opacar las luces de la orgía

Tornas las horas de mi vida, negras.

——

Referencias

Apuleyo (1983). El asno de oro. Gredos. España.

Calasso, Roberto (2008). La locura que viene de las ninfas. Sexto piso. México.

Flores, Manuel M. (1882). Pasionarias. Imprenta del Comercio, de Dublan y Cía. México.

Lonergan, Bernard (1999). Insight, estudio sobre la comprensión humana. Sígueme. España.

Pater, Walter Horace (2003). El estilo. Langre. España.

Peza, Juan de Dios (1899). Prólogo a Álbum del corazón, poesías completas de Antonio Plaza. Maucci Hermanos e Hijos, Maucci Hermanos, José López Rodríguez. Buenos Aires-México-La Habana.

Platón (1980). Ion. Gredos. España.

Rousseau, Jean Jacques (1997). Confesiones. Alianza Editorial. España.

Toynbee, Arnold J. (1981). Estudio de la historia. Alianza Editorial. España.

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