Antonio Bello Quiroz
Que la obra no pueda separarse de la vida de su autor es algo sabido y que se puede comprobar en cada caso, tal como ocurre con el inventor del psicoanálisis, Sigmund Freud, cuya vida tiene un momento de eclosión fundante: la muerte del padre. No fue sino a la muerte del padre que Freud se decidió a publicar sus investigaciones, lo que lo llevaría a inventar el dispositivo que permite pensar el amor de manera distinta. Sí, Freud inventó una forma distinta de amar, ni más ni menos.
Sabemos que en uno de los últimos textos del padre del psicoanálisis fue justamente sobre la cuestión del padre: me refiero a Moisés y la religión monoteísta. Ahí Freud se sirve del mito para abordar la cuestión del padre, lo mismo a nivel del sujeto como a nivel de la masa. Para referirse al padre recurre a Sófocles y el mito del “Urvater”, como antes había creado un mito en Tótem y Tabú sobre el padre de la horda primitiva. Un lugar común se repite cada vez que Freud habla del padre: siempre lo hace en términos del asesinato del padre, lo que es hecho fundante del sujeto en tanto que nadie puede ser padre, de su obra o de un hijo, si no ha dejado de ser hijo, es decir, si no ha hecho un asesinato simbólico del padre. Este hecho permite que el sujeto reestructure su mundo y sus referentes. Eso, y sólo eso ocurre en una experiencia clínica desde el psicoanálisis.
Friedrich Hölderlin es un poeta, su vida y su obra no puede sino estar cruzada por la cuestión del padre: transcurrió los últimos cuarenta años de su vida en una innegable locura, treinta de ellos encerrado en una torre. Su padecer fue diagnosticado, primero, como demencia precoz de forma catatónica; más tarde fue esquizoidia; y después como esquizofrénico con padecimientos ciclotímicos. Poeta y locura parece en él una combinación ineludible, conviven en el mayor poeta alemán.
La locura en Hölderlin se desencadena a partir de su libro Empédocles, donde la palabra entra en relación con la ausencia, como señala Maurice Blanchot, quien además señala que el autor, para ser verdaderamente un poeta, deberá perder toda “naturaleza”. Escribe: “Hölderlin lo sabe: debe de convertirse en un signo mudo, en el silencio que la verdad de la palabra exige para demostrar que lo que habla sin embargo no habla, sigue siendo la verdad del silencio.” Su locura ha sido considerada por algunos de sus biógrafos como el último grado de su desarrollo espiritual, más que como una enfermedad. “La mejor continuación de esa vida”, dice Hellingrath. Lo que el poeta ofrece en su obra es una respuesta sin pregunta. O una respuesta a una pregunta que nunca se formula.
Hölderlin, contrario a los criterios que desde la psiquiatría se siguen para diagnosticar una enfermedad mental, basados en la ausencia de reconocimiento del mal, sabe y toma conciencia desde muy temprano sobre su situación. Le escribe a Hegel sobre los espíritus ya desde el 20 de noviembre de 1796: “Los espíritus infernales que arrastré desde Dranconia, y los espíritus aéreos de alas metafísicas que me escoltaron cuando deje Iéna, me abandonaron desde que estoy en Francfort, y está muy bien.”
Las depresiones de Hölderlin empezaron en 1795; ahí se revela un hombre extremadamente sensible, con tan sólo veinticinco años. En una carta a su madre escribe: “… soy como una vieja planta que ya cayó una vez a la calle con su tierra y su maceta, con sus brotes perdidos”. En 1796 vive el periodo que se considera más feliz en su vida, vive el amor con Diotima (Suzette Gontard), un amor platónico. Su encuentro sexual siempre impedido y postergado lo lleva a lo verdadero, lo bello y el bien, como reza la filosofía clásica. Su amor por Diotima nos muestra el rasgo esencial de la relación de objeto. Según enseña Freud, se trata del encuentro con el objeto perdido y, en ese caso, no se tratará de un encuentro sino de un reencuentro. Se trata de un amor elegiaco que pareciera que lo alejará por siempre de la reciente depresión. De este amor no quedan sino signos, poemas, que hacen posibles los amoríos con las musas. Hölderlin escribe:
“Algunos dioses pasaban antiguamente entre los hombres, las musas soberanas,
y el joven Apolo, liberador, como tú inflamando los corazones.
Tal eres para mí; como el mensajero de un Inmortal
Avanzo en la vida y la imagen de mi heroína
Me acompaña en mis sufrimientos y mis obras, con su amor,
Hasta la muerte…”
Sin embargo, la propensión a la tristeza en Hölderlin no llega por la vía del amor a una mujer, sino por la muerte de su padre. Bueno, en realidad de su padrastro, pues su padre biológico, Henrich Friedrich Hölderlin, muere cuando el poeta tiene apenas dos años. Este segundo padre es a quien se refiere en una carta a su madre con agradecimiento: “¡Cuánto tengo que agradecerle, con todo el corazón, sus queridas palabras acerca de mi difunto padre! ¡Qué hombre bueno y noble! Créame, muchas veces pensé en la ponderación de su alma serena; hubiera querido parecerme a él.” Le señala a su madre que ubica con precisión cuándo le nació esa propensión a la tristeza: “fue cuando murió mi segundo padre, cuyo afecto no he de olvidar, cuando perdido en un dolor incomprensible, me sentí huérfano”. Y nos revela una verdad sobre la cuestión del padre: el padre es de quien nos sentimos huérfanos.
Hölderlin sabe cuáles son sus principales dolencias, quizá también el origen de su poesía: en primer término, la hipersensibilidad que lo lleva a vivir largos periodos de abatimiento y excitación. Pero además sufre porque, así lo reconoce, se asusta en demasía frente a lo que es común y habitual en la vida real, y eso desde su juventud. Escribe: “desde mi juventud sentí con mayor intensidad que los otros lo que me alcanzaba y destruía”. Quizá la muerte de su padrastro, es decir, la ausencia de un referente de identificación en su infancia, haya sido efectivamente el trauma determinante de su vida. El poeta por lo menos así lo reconoce: “seguí siendo un verdadero niño, a menudo demasiado bondadoso hacía los hombres, lo que conduce hacia la susceptibilidad y a la desconfianza”.








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