Antonio Bello Quiroz
Quien piensa hondo, ama lo más vivo. Friedrich Hölderlin
Octavio Paz, el gran poeta mexicano escribía en Los hijos del limo sobre la novela Hiperión o el eremita en Grecia, del enorme poeta alemán Friedrich Hölderlin: “El tema del Hiperión es doble: el amor por Diótima y la fundación de una comunidad de hombres libres […] La palabra poética es mediación entre lo sagrado y los hombres.” Cierto, la poesía permite contactar a los hombres y las mujeres con lo sagrado, pero no cualquier hombre o cualquier mujer. No, se trata de un privilegio de los hombres y las mujeres libres, aquellos que por momentos se liberan de sus demonios y se dejan arrullar en los brazos de los dioses. Hördelin es de esa clase de hombres. El precio de su liberación fue la soledad y la locura.
Nacido el 20 de marzo de 1770 en Suabia, Johann Christian Friedrich Hölderlin ingresará al seminario para seguir la carrera teológica por insistencia de su madre; sin embargo, encontró ahí la profundidad, lo hondo del pensamiento. También en el seminario se encuentra con la poesía y ya no saldrá de ese reino. Inicia ahí las lecturas de su admirado poeta y dramaturgo Schiller, con quien más tarde establecerá amistad; le profesa una veneración desde que tiene 16 años y lo colocará en posición casi de padre cuando Schiller le consigue su primer empleo como preceptor. Entre sus compañeros seminaristas en Tübingen, Hölderlin cuenta con Hegel y Schelling; los tres Friedrich vivían en una habitación donde, se dice, nunca se apagaban las luces. Juntos leen a Kant y Rousseau, a Spinoza y Leibniz. Más tarde leerá a Platón y su mente se aparta para siempre de la fe protestante. Los tres buscaban ser clérigos, pero, para nuestra fortuna, ninguno lo logró.
La primera parte de su novela epistolar Hiperión fue escrita en Jena, donde Hölderlin llegó después de egresar del seminario y de probar como preceptor de un niño difícil, hijo de Charlotte von Kalb. En Jena se vivía un ambiente intelectual que se ha llegado a comparar con la Atenas clásica, quizá de la misma envergadura que aquella época del entre siglos de Freud. En Jena tuvo encuentros con Goethe, Herder, el poeta Novalis, además de que se encontraba su amigo Schelling. Juntos acuden a las clases ya afamadas de Fitche. Las condiciones económicas, sin embargo, no le eran favorables y terminó por regresar con su madre, otra vez su madre. Más tarde un amigo le encontró un trabajo en Frankfurt, en casa del banquero Gontard, de cuya esposa, Susette Gontard, quien era además madre de cuatro hijos, se enamora el poeta. Es correspondido por ella y mantienen una relación en la clandestinidad. Susette es la Diótima de su novela Hiperión. Después de un fuerte altercado con el esposo tuvo que salir de la ciudad; ante esta partida Susette le escribe: “Es como si mi vida hubiera perdido todo significado; sólo por el dolor sigo notando su existencia.”
Después de la separación de Susette, y tras publicar la segunda parte de su Hiperión, se cree que se empieza a desatar su locura. Quizá no sea del todo cierto, sin embargo, es con la muerte de su gran amor que ya no hay retorno. La muerte de Susette le es comunicada a Hölderlin estando él en París. Inicia entonces una travesía de un mes caminando hasta la casa de su madre, otra vez su madre: “He sido golpeado por Apolo”, le dirá a ella, que lo recibe casi sin reconocerlo. Desde entonces las crisis mentales ya no cedieron. En 1805 los médicos declaran que su lenguaje se ha vuelto imposible de comprender; habla con una lengua que parece una mezcla de alemán, griego y latín. Me recuerda la Lengua fundamental del Scheber de Freud. La locura, dice Lacan, es un fenómeno del lenguaje.
En 1807 un entusiasta lector del poeta, el ebanista Friedrich Zimmer, lo visita en la clínica donde se encuentra internado en Tübinga y decide llevarlo consigo a una casa que compra sólo con el afán de que ahí viva el poeta, junto al río Neckar. Ahí vivió, en un cuarto circular, durante 36 años, hasta su muerte, en un estado de locura pacífica. Durante esa larga estancia escribe los que se conocen como Poemas de la locura. Fechaba sus poemas con cien años de atraso o posteriores. También componía música con un viejo y maltrecho piano. Adquirió el aspecto de un niño grande y era objeto de burla por parte de los niños de la ciudad cuando daba paseos con un andar de grandes zancadas. Adopta la personalidad de Scardanelli, presentándose así a sus eventuales visitantes de su torre, dejando atrás a Hölderlin. En esa torre morirá el 7 de junio de 1843 aquejado de una afección pleuropulmonar aguda.
Hölderlin es completamente consciente del inicio de la “caída mental”, su ser poseído por los espíritus infernales, desde 1795, en lo que se conoce como “la depresión de léna”. Entonces le escribe a su amigo Friedrich Hegel: “Los espíritus infernales que arrastré desde Danconia, y los espíritus aéreos de alas metafísicas que me escoltaron cuando dejé Jena, me abandonaron desde que estoy en Frankfurt, y está muy bien.”
Aunque para hablar del desencadenamiento de la locura en Hölderlin quizá tendríamos que remontarnos mucho antes, al fracaso en su primer trabajo como preceptor, ocupación que le consiguió su admirado Schiller y que por tanto constituye también un fracaso en el vínculo con quien había colocado en posición de padre. Al salir del seminario, la madre de Hölderlin le insiste en que debe dedicarse a la carrera teológica y aceptar un curato; él se opone quizá por vez primera a los mandatos de ella y opta por ir a ocupar el puesto de preceptor del joven Fritz von Kalb, quien contaba con nueve años. Reconoce de inmediato que no será un trabajo fácil, ya que el niño “ya no estaba en el inocente estado de la naturaleza. El niño no ha sido vigilado en grado suficiente como para anular toda influencia de la sociedad sobre sus fuerzas nacientes”. Freud va a teorizar casi 40 años después sobre ese “inocente estado de la naturaleza”, para reconocer que en el niño no existe ese estado inocente y más bien hay una desbordada sexualidad. En efecto, el problema mayor que impidió que realizara un buen trabajo de preceptor para nuestro poeta se originó en la lucha contra la masturbación de su alumno. El vicio del pequeño Fritz, el botón del fracaso del preceptor, le atrajo al poeta severos padecimientos psicológicos, insomnio, ansiedad, desesperanza (el fracaso le llevaría de regreso a la madre omnipresente), una verdadera devastación interior. Al respecto, Hölderlin escribirá: “… la imposibilidad de actuar y de ayudarlo perturbaron muy seriamente mi salud y mi moral. Las vigilias ansiosas trastornaron mi mente”. La actividad fálica del joven Fritz se presenta como irreductible en Hölderlin; sus efectos son devastadores ya que evidencia en él la falta similar de un freno, pone al descubierto por vez primera la ausencia de una ley o una laguna inconsciente que se ve reflejada en un desequilibrio generalizado de las relaciones del sujeto con su mundo.








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