Peter Härtling
El padre de Hölderlin, Heinrich Friederich, de Lauffen, se crió en la misma granja del convento en la que ahora ejercía de “Intendente y administrador espiritual”. Había cursado estudios en la Escuela Latina de Lauffen, en el Instituto, Derecho en Tübingen, y, en 1762, tras la muerte de su padre, se hizo cargo de la granja; el convento, por lo demás, difícilmente podía pasar por tal, pues, aunque fundado a principios del siglo XI para honrar la memoria del hijo de un conde, que respondía al nombre de Regiswindis, y que se ahogó en aguas del Neckar (¿por qué se ahogó?), fue secularizado durante la Reforma y posteriormente derruido, y sólo se mantuvieron los edificios enormes e imponentes de la granja.
El intendente Hölderlin debía ser algo vanidoso. Se vestía llamativamente, estiraba algo más el brazo que la manga, gustaba de codearse con la gente elegante, que acudía a sus fiestas de buena gana. Durante cuatro años llevó la casa como un solterón, probablemente mimado por sus amas de llaves. En 1766 se casó con la hija del párroco Heyn de Cleebronn, Johanna Christiana, una joven piadosa y algo arisca que, en el retrato que su marido encargó en seguida, se muestra asustadiza e inexperta, con candidez en la mirada. A los dieciocho años se inicia en una vida variada y llena de festejos, desconocida en el hogar paterno. Su esposo, para no desmerecer su fama, la cubre de joyas y vestidos.
El primer hijo se hace esperar cuatro largos años. Podemos imaginar la impaciencia creciente de la familia. En estos asuntos, en Suabia, los parientes suelen participar: la madre de Johanna debe haberle preguntado y aconsejado sobre el particular; en cuanto a él, fallecidos ya sus padres no le deben haber faltado ancianos tíos y tías, incluso primos, que le reprocharan groseramente —como si no oyera sus chistes de mal gusto— su negligencia en el cumplimiento del deber conyugal. El padre de Johanna no era suabio. Natural de una casa de labranza de Turingia, estudió sin embargo teología en Tübingen para acabar ejerciendo de párroco, primero en Frauenzimmern, y por último en Cleebronn. En cambio la madre de Johanna, Johanna Rosina Sutor, pertenecía a una de las familias más honorables de Suabia. Entre sus antepasadas destacaba Regina Bardili, considerada la madre espiritual de Suabia, ascendiente de Hegel y de Schelling, de Schiller, de Morike y Hölderlin.
Por fin, tras cuatro largos años nace Friederich. Fritz. Holder. Holderle [Holder: afectuoso, propicio, favorable. Hoderle: diminutivo de holder en dialecto bajo alemán de Baviera]. El bautizo, aunque no asistieron todos los padrinos, debió ser una fiesta por todo lo alto. Uno de los invitados más distinguidos, el magistrado Bilfinger, amigo de ambos padres que irá apareciendo constantemente a lo largo del relato, aún ejercía por aquel entonces en Lauffen. Sólo más adelante se trasladó a Nürtingen y a Kirchheim.
Poco duró la dicha. La brillante vida del padre corría peligro. Todavía tuvo tiempo de alegrarse del nacimiento de su hija, pero el 5 de julio de 1772 murió de un ataque de apoplejía, como le sucedió a más de uno en su familia. Había alcanzado los treinta y seis años.
Más de un mes después Johanna alumbró el tercer hijo, Maria Eleonora Heinrike, “Rike”, la hermana. El desamparo de la joven viuda debe haber sido insuperable; lágrimas, palabras de consuelo de los parientes, y la lectura de los papeles, imagino que para ella incomprensibles, en la que probablemente colaboró Bilfinger con su cuñada, otra viuda, la señora de Lohenschiold, a cuya casa se trasladó Johanna con los niños.
El pequeño, que cuenta tres años, se muestra intranquilo. Le instan a unirse a los rezos de los demás, a rogar la ayuda del Señor, pues la fe y la humildad pietista reconfortaron a Johanna, que se mantuvo fiel a estos principios hasta el día de su muerte. Fritz, que apenas empezaba a hablar, callado y bien educado, se siente intimidado por el dolor general. Oye hablar, oye a su alrededor gemidos que, cosa que la mayoría de intérpretes olvidan, se expresan en dialecto y no en alto alemán, lo que más tarde impregnará su poesía con un colorido extraño.
Quizá, ya anciana, Johanna Hölderlin todavía recordaba sus lutos, nombre por nombre, fecha por fecha. Hubiese podido dudar de su Dios, pero, por lo que sabemos de ella, siguió acatando Su Voluntad. ¡Pero qué cambios en su vida! Ayer aún llevaba un tren de vida envidiable y, de repente, una muerte inesperada provoca la pérdida de la finca que debía cobijarla para toda la vida. A los veinticuatro años se encuentra viuda, madre de tres hijos y con un patrimonio nada despreciable. Sólo podía pensar en un nuevo hogar, con un compañero nuevo. No sabía más. No había aprendido nada más. Su padre, el párroco Heyn, murió dos meses después que su marido.
Tenía buena presencia, encanto, aspecto juvenil, gracia. En el burdo retrato del año 1767 se la ve ensimismada, entregada a un largo sufrimiento, con tendencia a la melancolía. Lo que se dice una “intelectual” no lo fue nunca. Sí, en cambio, bondadosa. Cabría preguntarse lo que se entiende por intelectual. No estaba sin duda a la altura de los arrebatos de su hijo, pero había leído todos sus poemas y esa voz le resultaba conocida. Las conversaciones de altos vuelos las habrá escuchado callada en su rincón. No pensaba con metáforas, sino en las prosaicas realidades de la vida, y quería que Fritz se hiciera párroco. Había sido educada para servir, era lo adecuado para una mujer, y ella no era quien para contrariar la ley de Dios.
Por el momento sigue en casa de su cuñada Lohenschiold, entregada a su dolor. Puede. Más adelante su hijo la recriminará de vez en cuando por abandonarse y sumirse en el pesar. Ella espera, pero no ha aprendido todavía a esperar. Los hijos la distraen: hay que cuidar de las niñas y Fritz, como cualquier chiquillo de tres años, curiosea por todas partes, revuelve los cajones, estira los manteles y pone la vajilla en peligro.
Ese año, o el siguiente, la visita Johann Christoph Gok por primera vez. (No conozco la existencia de ningún retrato suyo, no está reproducido en ninguna parte.) Me lo tengo que imaginar partiendo de oscuras descripciones, de frases y palabras vertidas por otros, e incluso éstas son escasas, como si lo único relevante de este personaje hubiese sido su faceta de comerciante de vinos, de campesino y alcalde de Nürtingen, el dueño de la segunda casa paterna, y no la de compañero, de educador, de “querido segundo padre”. Él fue quien compró la huerta a orillas del Neckar desde donde el niño abrió los ojos por primera vez a su paisaje. Hölderlin tenía cuatro años cuando su madre se volvió a casar. Diez cuando su segundo padre murió. Ahí es nada.
Hölderlin no debió sentir ningún temor ante la llegada de Gok; éste ya había estado presente como tío en Lauffen, y de repente se había convertido en padre, remplazando a otro de quien no tenía recuerdos. Esta imagen del doble padre, de la que se autopersuadirá más adelante, es la que intentará sobreponer a la imagen dominante de la madre.
Johanna había conocido a Gok como amigo de su marido. También tenía amistad con Bilfinger, con el que durante una temporada se asoció en un negocio de vinos. Ella le conocía. ¿Le conocía bien? Quizá le gustaba ya en vida de su primer marido. Era un hombre menos ostentoso, más discreto. Es probable que secretamente los comparara. Gok debió asistir al entierro de Hölderlin. ¿Empezó ya entonces a visitarla, a consolarla, a aconsejarla? ¿O por el contrario prefirió mantenerse en un segundo plano y le confió esta misión a Bilfinger?
Desde entonces las visitas habrán ido en aumento dentro de los límites de la buena educación, conversando con ambas señoras. Buenos días señora de Lohenschiold.
Buenos días señora Hölderlin.
Traía regalitos.
Jugaba con Fritz. Contemplaba a Rike en su cunita haciendo algún comentario sobre su espléndido aspecto.
Con toda seguridad no se insinuó.
En algún momento, en el transcurso del año 1773, debió preguntarle si quería ser su esposa.
Debieron ponerse de acuerdo sobre un plazo. Nadie rompe con sus recuerdos tan de prisa.
Bilfinger probablemente habrá mediado entre ellos.
Sí, debió decir ella, está bien, será lo mejor.
En estos casos no se suelen hacer declaraciones de amor.
Gok, natural de la región de Heilbronn, tiene la misma edad que Johanna Hölderlin. Tal como lo vemos hoy, ambos son jóvenes cuando se casan: tienen veintiséis años. Ella, claro está, es ya madre de tres hijos, algo escarmentada y desconfiada. Por eso insiste en hacer inventario y separación de bienes. Por el momento no hay motivo para preocuparse, y se puede confiar en la habilidad de Gok para los negocios.
Cuento una vida que se ha contado muchas veces, que se ha contado a sí misma, pero que también se ha ocultado. Se han recogido todos los datos. Investigo, recopilo información, pero cuando leo que Gok compra el 30 de junio de 1774 el “Schweizer Hof” en el margen del Neckar en Nürtingen, mis propios recuerdos se superponen, pues yo he vivido trece años en Nürtingen, más tiempo que Hölderlin, y conozco el “Schweizer Hof”, o por lo menos una escuela que lleva este nombre, aunque ya no corresponda del todo a la descripción de la época: “Un conjunto muy impresionante con edificios agrícolas y bodegas”. Cada día he pasado por delante, se trata de una gran mansión levantada sobre la roca, como la iglesia de la ciudad. La bodega, excavada en la piedra de granito, debe subsistir todavía, y lo que hoy es la terraza debió constituir antaño el jardín o el patio. Gok pagó en su día 4,500 florines (lo que al cambio actual equivale aproximadamente a 70,000 marcos). Conozco esto. Pero él lo conoció diferente.
Es curioso, pero al niño se le veía poco. Más tarde Hölderlin no contó sus primeros sueños, acaso los sublimó integrándolos en visiones en las que este sencillo paisaje se desvanece. Nadie silencia su presencia, sencillamente está ahí. Uno de los tres niños. No era una carga, pero sí un desvelo constante. Lo que sucede en su entorno, en el país, no le afecta, apenas algún comentario de pasada que le oye a su padre, quejas sobre el estado de las arcas municipales, pestes contra los funcionarios de la Corte, y su habitual refugiarse en el trabajo.
Los niños se habían acostumbrado a Gok y a veces la madre le acompañaba en sus desplazamientos a Nürtingen, quedando los pequeños al cuidado de tía Lohenschiold. Podemos estar seguros de que Johanna, poco antes de mudarse a Nürtingen, les ha dicho: el tío Gok va a convertirse en vuestro padre.
El “segundo padre”. Esta denominación transforma al personaje. El chiquillo ha jugado con él, se ha alegrado de sus regalos, y qué razón tenía para poner en cuestión a un visitante tan atento —no era más que el tío Gok—. En cambio ahora ocupa el sitio del otro, la sombra, el “padre de verdad”, el que la madre recordaba con frecuencia hasta que se ancló en el presente, y los relatos “de antes” escasearon. El niño, sin embargo, se aferraba a “su padre”.
Estamos en otoño. Probablemente Johanna ha ido con los niños a dar un último paseo por el jardín del convento. La gente les saluda con deferencia y respeto.
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Fragmento de Hölderlin, Una novela [1976], de Peter Härtling, Montesinos, Barcelona, 1986.









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