Fernando Sánchez Clelo
La sirena Aglamia aparece entre las olas, lleva en los brazos a su hija para que la conozca su padre, el marinero Ezariel. Él sonríe; acicala su barba mientras recuerda el naufragio del que ella lo rescató. Se aproxima a ella y las olas mojan sus pies. Toma de la mano a Aglamia y vuelve a sentir la ternura con que hicieron el amor entre corales luminosos y el aleteo de las mantarrayas. Recuerdan las promesas de fidelidad que se hicieron en esa misma bahía. Ella quita lentamente las algas que cubren a la pequeña que tiene cola de escamas tornasol. Aglamia y Ezariel se ven a los ojos, pero él da, furioso, la media vuelta para caminar tierra adentro y no volver jamás. Él no escucha las súplicas de ella para convencerlo de que su cara es idéntica a la de la recién nacida: cola de sirena, cabeza de pulpo.









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