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04 En desgracia.
Narrativa 0

“Hermanos en la desgracia”

· junio 14, 2019

Jorge Escamilla Udave

La vida suele enfrentarnos a lo desconocido sin que estemos preparados; de la noche a la mañana nos deja clavados al piso tratando de encontrar solución a sus múltiples acertijos: como volver a la vida solitaria al entrar en conflicto con tu media naranja; dejar la carrera por un empleo bien remunerado pero que te exige tiempo completo, o simplemente al encontrarte de patitas en la calle porque te sucedió todo junto, con la única variante de encontrarte sin empleo cuando menos lo esperas. En una palabra, lo único que te falta es que te orine un perro. Así es mi triste historia. Irónicamente comenzó un lunes al llegar a la oficina de correos. Me recibieron con un oficio en donde me informaban de mi despido y un sobre con el dinero en efectivo de mi exigua liquidación. Con la cara descompuesta por la sorpresa y tratando de mantener la dignidad y el orgullo salí del edificio con la cara en alto, sin volver la vista a lo que consideré ya era cosa del pasado y sin pensar mis pasos me llevaron sin rumbo fijo.

Como el edificio está en el corazón mismo de la Ciudad de México, recorrí las calles que en otro momento no me detenía a ver en lo más mínimo. Con la novedad de andar sin prisa la curiosidad me hizo detenerme en escaparates de comercios, de los que por vez primera sabía de su existencia, algunos comenzaban recién a abrir sus cortinas metálicas que dejaban ver sus desconocidos interiores: boticas con aires de nostalgia en donde el dependiente parecía cargar con lo años de las vitrinas, pomos y demás muebles, como una fotografía de un viejo almanaque, que de pronto cobrara vida. Restaurantes en los que comenzaban a tener la actividad propia para los que buscan desayunar previa a sumarse al trabajo. Lo que me hacia recordar mi nueva situación de desempleado.

No tenía apetito y mi cuerpo no quería detenerse, seguía caminando como autómata, no tenía rumbo fijo ni apreciaba tenerlo. Así pasaron las horas caminando hacia ninguna parte, nada me detenía por mucho tiempo, de pronto cayeron las sombras de la noche como sí las cloacas olorosas de la gran ciudad se fueran tragando la luz, como sí detrás de los edificios el sol hubiera decidido ocultarse dispuesto a irse a dormir, exponiendo mi alma a un sentimiento de soledad que sólo las sombras de la noche pueden producir. Estaba a punto de buscar refugio a mi desgano en un hotel barato, de los rumbos que los pasos perdidos me condujeran, cuando tuve el irrefrenable deseo de fumar, aunque la promesa al dejarlo siete años antes se rompiera haciéndose añicos como mis planes. Me acerqué a una mujer que en la esquina de un semáforo esperaba la oportunidad de vender algo de sus mercancías que en una cajita de cartón exhibía junto a su cara escurrida denotando las bajas ventas.

Aproveché para comprarle también una goma de mascar, seguro de que me quitaría esa sensación desagradable, luego de haber dejado o más bien aplazado las ganas de fumar; me extendió la cajita de cerillos y de nuevo vino a mi mente las escena de antaño, como el dejavu del acto de encender y aproximar la llama al canuto de tabaco rubio, dar el primer jalón, retener un momento para luego exhalar la bocanada de humo. En eso estaba cuando percibí movimiento de una camioneta cerrada llamando mi atención al detener de pronto su marcha, su color oscuro, cristales polarizados y sin ninguna razón social que la identificara me hizo encender la alarma, cuantimás al abrirse las puertas traseras e inmediatamente después descender dos hombres corpulentos con gorra y overol negro y dirigirse sin más a un bulto inmóvil que no había percibido antes. Mi sorpresa y la curiosidad fueron en aumento al descubrir que se trataba de una persona sentada en el piso, con la cabeza gacha y con la mano extendida al frente. Me dije a mí mismo que se trataba de un mendigo, aunque sorprendido que estuviera en ese lugar oscuro a esa hora y me pregunté sobre qué trataban de hacerle aquellos hombres.

Inhalé una segunda bocanada y comencé a caminar cruzando la acera precisamente hacia el lugar donde los hombres se encontraban. Más de cerca pude notar sin extrañeza que al aproximarse al pedigüeño éste había alargado el brazo en solicitud de ayuda, misma que ellos habían ignorado. Lo extraño a mis ojos fue que uno de ellos se inclinó por encima del mendigo y sin mediar palabra metió la mano diestra en el cuello por la parte de la nuca, haciendo una maniobra extraña al tiempo en que la mano extendida se retraía hasta quedar oculta dentro de su cuerpo, y quedar quieto por completo; en un movimiento en apariencia aprendido, el otro hombre se colocó en el otro costado y ambos tomándolo de las axilas lo levantaron en vilo, en unos cuantos pasos estaban en la camioneta a la que habían dejado las puertas abiertas de par en par; sin darme cuenta me había detenido justo enfrente de ellos y desde ahí pude ver cómo depositaban al mendigo que sin cambiar de posición o para decirlo mejor, conservando la misma rigidez era empujado sin miramiento alguno al interior del vehículo donde pude distinguir por el reflejo del haz de luz del poste cercano, en su oscuro interior las siluetas inmóviles de otros pordioseros. No tuve más tiempo para pensar, ya que al cerrar las puertas ambos me clavaron sus miradas inquisitivas, lo que hizo que automáticamente me pusiera en marcha, dirigiendo mi mirada a otro sitio y fumando ahora nervioso. A mi espalda se escucharon el cerrar de portezuelas indicándome que abordaban y el motor arrancando, traía a mi cuerpo la tranquilidad de que no intentarían hacerme daño. Efectivamente, no pasó mucho tiempo en que la camioneta pasara a mi lado siguiendo por la calle de frente hasta alcanzar la esquina y dar vuelta desapareciendo de mi vista.

Respiré con algo de tranquilidad y con pausado andar, disfrutando de lo quedaba del cigarro me detuve en la esquina, cuando lancé el humo y con el pulgar y el índice juntos lancé la colilla lo más lejos que pude. Con la mirada seguí la espiral que dibujaba la punta encendida; cayó al suelo desprendiendo chispas que se apagaron instantáneamente. Cuando alcé la vista distinguí a la distancia la camioneta y a los dos tipos realizando similar operación. Instintivamente busqué ocultarme en un sitio oscuro, fuera de la vista de ambos. Miré con detalle sus movimientos, ahora se trataba de dos mendigos que se encontraban en la misma acera, separados a la distancia de poste a poste, uno en cada esquina iluminado por el arbotante que les hacía lucir más hieráticos.

La camioneta estaba estacionada justo en medio de los dos personajes y la maniobra resultó a mi vista más clara que la anterior, accionaba algo detrás en sus cuellos y ellos como primera reacción extendían la mano como sí estuvieran activados por sensores de calor, para retraerlos luego hasta quedar ocultos dentro de sus andrajosas ropas. Me pareció entonces extraño que sus ropas eran del mismo color gris, como si se tratara de túnica diseñada ex profeso como un uniforme metalizado que los hacía parecer pequeñas máquinas humanizadas dotadas de movimiento. Repitieron la misma operación de levantarlos en vilo tomándolos de las axilas hasta colocarlos dentro de la camioneta y empujarlos junto a los otros. Con el resplandor de ambos arbotantes pude darme cuenta que sumaban ya una veintena, lo más extraño es que ninguno hacia movimiento alguno, manteniéndose en una pasmosa rigidez. A punto estaban de abordar el vehículo cuando un auto negro deportivo descapotable se puso justo detrás de ellos.

El conductor, enfundado en elegante traje negro de marca tachonado de brillos metálicos que brillaban al impacto de las luces de la calle. Detuvo la marcha y con leve señal de su mano les ordenaba acercarse, y sin tardanza los dos tipos lo hicieron con tan actitud servil que se empequeñecieron sus figuras conforme se aproximaron al sujeto a quien se le notaba lo disgustado por los aspavientos que hacía al salir del vehículo y azotar la portezuela. Les indicó algo señalando su reloj de pulso y por señalar reiteradamente hacia la camioneta donde se encontraban los mendigos. Sin dar tiempo a recibir respuesta, les dio la espalda subiendo al auto que arranco haciendo chirriar las llantas para luego salir como bólido hacia el fondo de la calleja para perderse con prisa entre el laberinto de calles de ese sector olvidado de la mano de Dios.

Los tipos en silencio hicieron lo mismo: enfilaron por el mismo rumbo. Me dispuse a buscar amparo en calles más iluminadas, mientras que la memoria me traía a la mente un viejo recuerdo de una escena similar, había distinguido al excéntrico tipo con quien hace un tiempo tuve un leve altercado, recuerdo que en los primeros días de ingreso en la oficina de correos se me comisionó para entregar un gran paquete el que nadie quiso comprometerse a hacerlo, con cierto dejo de a fastidio y a manera de novatada entre risas y comentarios por lo bajo, habían encargado al “nuevo”, quien sin chistar lo entregó en el taller de un científico excéntrico que al recibir personalmente el paquete, levantando la queja del retraso en la entrega y con la velada amenaza de demandar a la oficina de correos por lo que llamó “deplorable servicio”. No podía estar equivocado: era el mismo tipo, y su taller quedaba relativamente cerca de donde me encontraba. Me invadió el extraño deseo de averiguar de qué se trataba todo eso; el investigador oculto que todos llevamos dentro me despertó la curiosidad y el morbo por despejar el misterio.

Caminé hasta el sitio, no sin tener que enfrentar mis propios reproches y el temor de ser descubierto, incluso logré imaginar mi fotografía en el diario mañanero con el cintillo característico de la nota roja, conteniendo la sentencia del acto ilegal: “Sorprendido en taller, lo único que logró encontrar fue su propia muerte.” Esto último más que causar temor me hizo descargar mis nervios con hilaridad por lo azotado que suelo ser y la imaginación inclinada al drama que poseo. Al localizar la bodega que pomposamente llamaban “El Taller” lo primero que hice fue cerciorarme de que no tenían cámaras de circuito cerrado, pasando varias veces por enfrente del largo edificio ruinoso. Esto me sorprendió pensando en los arranques del científico energúmeno, pero también podía darse la casualidad de que se tratara de un truco para no causar ninguna suspicacia en posibles ladrones. Por esa razón me mantuve alerta.

Por uno de los extremos de la malla ciclónica localicé un hueco entre el piso y el borde final del alambrado, quizás punto por el que salían y entraban perros callejeros. Nunca cruzó por mi cabeza que fuera el deberán que vigilaba el establecimiento, tan bien entrenado que se mantuvo quieto y silencioso cuando me arrastré al interior. Me dejó penetrar hasta una de las alas de la estancia, donde precisamente se encontraban hacinados los mendigos, a oscuras debajo de la escalera que conducía a la segunda planta. Incluso dejó prácticamente que me aproximara a ellos, y cuando estaba preguntando si se encontraban bien, sentí su presencia detrás de mí. Me volví con lentitud y en ese momento sentí sus ojos rojos penetrando amenazantes en los míos, al tiempo que sus belfos dejaban ver sus colmillos relucientes de baba, gruñendo primero quedo y luego ladrando intensamente, sólo detenido por una fuerza que lo sujetaba al piso, en decidida actitud de saltar sobre mí. Cuando sentí que el salto estaba por realizarse escucho la voz tronante que lo hizo desistir del intento.

— ¡Satanás, quieto! ¡Guarda silencio! Nuestro curioso amigo es inofensivo. ¿No es así?

Dirigiéndose claramente a mí, que no pude más que mover la cabeza afirmando lo dicho por él, el obediente animal se sentó en sus cuartos traseros con posición hierática. Era el tipo del traje negro refulgente y del auto deportivo. Se colocó junto al perro y pasando una de sus manos por la cabeza, le acaricio mientras daba una nueva orden.

—Satanás, ve a tu lugar, yo te llamo si requiero tu ayuda.

A pesar de ser una simple expresión, la sentí como amenaza y un escalofrío recorrió mi espalda hasta alcanzar la nuca, haciendo que se me erizaran los cabellos. Me invitó a pasar a la estancia contigua, en la que había una sala de estar con su mesa de centro y una barra pegada a la pared junto a una puerta que sin duda conducía al baño. Con el índice de la mano derecha me hizo una seña para que ocupara el sillón individual, mientras servía dos copas de tequila antes de tomar asiento frente de mí.

—Pude verte entre sombras observando lo que ese par de inútiles realizaban fuera de la hora señalada, por eso fui muy severo con ellos al indicar que así no podrían evitar ojos curiosos observando sus locas maniobras. Tampoco es nuestra labor quitar del camino a toda persona inocente que descubre nuestras actividades.

Hasta ese momento pude articular palabra y coordinar más claramente mis pensamientos.

—Y cuáles son sus actividades, ¿explotar a inocentes menesterosos en beneficio de su actividad científica?

Él rió con vehemencia al escuchar mis palabras, a tal grado que su risa produjo un lagrimeo, que secó con su pañuelo luego de extraerlo de la bolsa de su elegante saco.

—No puedo negar que esa idea es producto de la mala interpretación de lo ocurrido.

Más tranquilo, pude añadir:

—Me refiero a lo que mis ojos acaban de ver…

Con un golpe de autoridad comentó:

—Recuerde que no todo lo que vemos se corresponde con la idea que tenemos de ello.

Tenía razón en lo que decía, no sabía si se trataba de una asociación mutualista de participación voluntaria o estaban esclavizados, amenazados de muerte si trataban de renunciar. Lo único que se me ocurrió argumentar fue algo totalmente absurdo.

—Pues dudo que estén con usted de manera voluntaria.

Sus carcajadas volvieron a escucharse en el recinto, haciendo que el perro acudiera a toda velocidad, colocándose frente a mí sin dejar de gruñir y en espera de la señal para lanzarse a mi yugular.

—Quieto, Satanás, nuestro amigo no resulta una amenaza. Por el contrario, voy a brindar a su salud por divertirme con sus ocurrencias.

Alzó la copa y me ordenó con ademán severo que hiciera lo mismo. El líquido bajó raspando todo a su paso y prendiendo fuego en mi estómago vacío. Lanzó la copa al suelo y me indicó hacer lo mismo, mientras ordenaba al animal volviera a su lugar de guardia.

—Creo que algo sabe de mis actividades, ¿no es así?, pues mencionó mi trabajo científico.

Era el momento de aclarar que no era un ladrón.

—Hasta la semana pasada trabajé en la oficina de correos, de la que fui corrido sin aviso previo y con esta pírrica liquidación, con lo que dejo aclarado que mi intención no era robar; prácticamente fue la curiosidad en que el azar me colocó. Le explico, hace tiempo me tocó en mi bautizo de novato, entregarle personalmente un paquete que nadie quería llevar por su enojo y amenaza de demandarlos; entendí la razón.

Se llevó el pañuelo a la frente, primero con gesto incrédulo, pues parecía no recordar el suceso, hasta que cambió su semblante.

—Claro, ahora lo recuerdo, se trataba precisamente del paquete de piezas que faltaban para iniciar este proyecto y la oficina postal por un descuido extravío el paquete. Pasaron meses hasta que por suerte fue recuperado y entregado de manera extemporánea. Justo ése era mi enojo, debido al retraso que produjo. Pero bueno, a toro pasado ni faena se le saca. Quiero decir que eso quedó olvidado. Como verás, tu curiosidad te puso en un camino sin retorno. No te puedo dejar ir, luego de conocer aunque sea una pequeña parte del negocio. Sin embargo, no tengo más opción que invitarte a unirte a nuestro plan maestro. Seguro de que después de conocer los detalles abandonarás todos los prejuicios que te hacen desconfiar, y con toda razón. Acompáñame, iremos al sótano oculto y verá que en el fondo, algo de nobleza tiene nuestro proyecto. Sígame entonces.

Con un poco de recelo lo seguí escaleras abajo, entrando por una puerta oculta entre el piso de madera detrás de la barra. Parecía un hangar donde se arreglan aviones, con la diferencia de que el área estaba rodeada por una ensambladora de línea continua, como extraída de un dibujo futurista. Ahí una veintena de empleados, enfundados en el mismo overol, como los de los tipos de la camioneta, seguían el proceso de armar lo que parecían autómatas con las mismas características de los mendigos que me trajeran a este sitio. De pronto el individuo se detuvo y parado a medio complejo comenzó a exponer la filosofía que movía el proyecto que involucraba a todas esas personas.

—Soy profesor de inteligencia artificial. Por décadas estuve a cargo de importantes líneas de investigación preparando a los alumnos a vincular los desarrollos tecnológicos con las crecientes necesidades sociales. Cuando se me ocurrió plantear un proyecto que paleara el desempleo entre los jóvenes, desarrollando un proyecto de construcción de autómatas que fueran colocados en las calles de nuestra populosa ciudad con el simple papel de limosneros y a sabiendas de que se trata de una actividad lícita, que desde tiempos antiguos sirve para estimular acciones de ayuda al más necesitado, siguiendo, claro está, los preceptos religiosos más caros para los creyentes, que en ello cifran la caridad que gana desde la tierra un lugar en el paraíso divino.

Hizo una pausa para limpiar el sudor que perlaba su frente, pasando su pañuelo que ya se notaba humedecido de su transpiración. Retomó el hilo de su alocución y el ritmo de su descripción.

—Cuando lo expuse ante del Consejo Académico me tildaron de loco, proponiendo una idea que “demeritaba el buen nombre de la institución” y de un día para otro me pusieron de patitas en la calle, de manera similar a tu caso y al de todos los que ves trabando en este lugar…

Ahora su silencio tenía como único objetivo hacerme la pregunta de rigor sobre mi posible cambio de idea y del interés que pudiera haber despertado en mi persona.

—En cierta manera somos hermanos en la desgracia. Nadie puede reclamarnos estar haciendo algo incorrecto, cuando somos resultado de acciones indebidas. Aquí la moral del buen samaritano, que respeta las reglas de juego de las grandes empresas que explotan a sus empleados ofreciendo salarios de hambre, nos la pasamos literalmente por el arco del triunfo. Si te decides, desde mañana serás encargado de una ruta. Creo que tu curiosidad tiene una buena recompensa al final de cuentas.

—Como estaba seguro de que no podría consultarlo con la almohada, no tuve otro remedio que aceptar, y desde entonces tengo trabajo y no puedo quejarme: ¡no me ha ido nada mal!

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