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Herencia

· agosto 26, 2017

Ivonne Vira

 

No quiso decirme nada. Otra vez ha fingido que no me ha escuchado. ¿Qué va a pasar si nunca me cuenta la verdad? ¿Por qué no cerrar lo que ella inició? Es la tercera vez que hace lo mismo esta semana. ¿Vas a querer algo? Yo me voy a pedir algo fuerte, siento que lo necesito.

Sí, yo sé que estábamos borrachos y medio drogados. Esa parte la entiendo, ella se sintió desinhibida. Me sorprendió porque otras veces ya le había sugerido que se fumara un porro con su hijo, pero siempre se negó, como que creía que era una broma. ¿Por qué aceptó aquella noche? ¿Por qué sí quiso hablar del pasado? No lo entiendo.

Ya vi que no me estás poniendo atención. Ya te dije que sí, le pregunté directamente, pero ella finge que no me ha escuchado o cree que bromeo y desaparece. No seas ansiosa, ahorita viene el mesero. Es lo bueno de este lugar, te dan tanto espacio que pareciera que te olvidan.

Ya sé que la primera vez que te lo conté no le di mucha importancia, lo admito; pero ahora quiero encontrarlo. No, tú sabes que con mi padre no he hablado desde hace cinco años, y sólo accedí a verlo porque creí que se iba a morir. No, no me volvió a llamar y yo no quise buscarlo. No, tú bien sabes que yo no sé qué es la caridad, lo fui a ver porque le tuve lástima. La más fiel y pura lástima. Nos dijimos muy poco: él, que se arrepentía por el abandono; y yo, que lo había odiado por mucho tiempo, pero que lo perdonaba. Y lo hice.

Tú sabes que lo perdoné, que no fue fácil pero que fue genuino.

Hazle señas o de verdad nos van a olvidar.

¿Cuándo me regresó el odio? Cuando me enteré que no se había muerto. El muy maldito ni siquiera me llamó.

De las pocas veces que lo había visto, nunca lo había visto tan mal. Era un pedazo de hombre. Me dolió verlo así. Me sentí mal por él. Quise poder ayudarlo. Sabes, hice a un lado todo mi rencor, pero al final hizo lo que mejor sabe hacer: sólo pensar en él. ¡Qué perfecto cabrón resultó ser! Me lo encontré en la boda del hijo de Joaquín, un empleado que siempre se preocupó por mí. Mejor a él le dio pena que a mi padre. Me vio y me sonrió. ¿Sabes qué fue lo que me dijo? “¡Qué milagro! Al ratito platicamos, ahorita disfruta de la fiesta”, y se fue. Me dejó ahí parado. Yo no podía creerlo. ¿En dónde estaba el moribundo que según se había arrepentido? Se me llenó el cuerpo de rabia. Quise decirle muchas cosas, pero no pude. Joaquín, que a veces se creía mi padre, me sacó de ahí. Después me enteré del doble matrimonio, del doble embarazo, del doble abandono.

No, a mi padre no le importa mi opinión, menos lo que pienso de él. No piensa en mí y yo tampoco lo hago. Ése es nuestro lazo. Sí, tienes razón. Quiero buscar a mi hermano para despejar todas mis dudas, todos esos supuestos que me he venido inventando. Quiero conocerlo sólo para ver su rostro. Mira mi nariz, es lo único que tengo igual a él. ¡Su maldita nariz! Tú no sabes, pero quiero saber cómo es su cara, ver quién está en ella. Deseo poder reconocerme en su rostro.

A mí me tocó todo, ¡TODO! El apellido, este maldito apellido que me sigue a todos lados; la casa; la familia; la pensión; y el reconocimiento dentro de su linaje, pero ¿a él? ¿Qué le tocó a él? Sí, a ambos nos abandonó, pero siento que a él le tocó el abandono grande, toda su indiferencia la reservó para él.

¡Qué! ¿Llamarle a mi padre para preguntar por mi hermano? El muy cobarde no me pudo avisar que estaba vivo, menos me va a decir qué fue de él. Ése señor no sabe querer a nadie que no sea él mismo.

¿Que cómo voy a obtener los datos? Esta misma noche le voy a preguntar a mi madre. Ya sé que me ha dado evasivas, pero me va a tener que decir la verdad, no la voy a dejar en paz hasta que todas mis preguntas sean contestadas. ¿Qué va a pasar si no me gustan sus respuestas? Yo sé que quiero la verdad, que me digan lo que me tengan que decir.

Sí, otra vez tienes razón. A él no le tocó nada y eso es lo que le envidio. Sí, yo más que nadie quería el abandono, el verdadero abandono.

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