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Narrativa 0

Helena

· octubre 19, 2016

 

Pablo Manuel Rojas Aguilar

 

Para mi hija Leah, que algún día leerá este relato

 

Nadie lo vio desvanecerse esa fatídica noche; nadie lo vio memorizar unos gastados versos de Huidobro para decírselos a Helena, los cuales permanecerían en la memoria pues la inclemente fémina no habría de presentarse, como acordaron, al viejo café donde se conocieron.

El hombre trémulo miró el reloj y supo que terminaría la noche solo; pagó la cuenta, dejó unas cuantas monedas sobre la mesa y salió del lugar. A pesar de que el aire nocturno entumía sus piernas, se dirigió hacia el zócalo, desplazándose junto a las altas torres de la catedral angelopolitana, envuelto por una bruma desconsoladora que no le permitía estar en paz. Tal vez sólo quería rodearse de personas para así aligerar el peso de la soledad que lo oprimía, y así disipar la angustia de haberla perdido para siempre… Sumido en la ausencia, notó que los colores habían abandonado las calles y que la cuidad era más grande sin ella, sin sus abismales ojos amueblando el mundo; lejos de Helena, todo era absurdo y perecedero. Bajo la mirada de un ángel custodio que rodeaba el gran atrio, intempestivamente recordó aquella noche en la que, sosteniéndose sobre las puntas de los pies, ella le susurró al oído unas palabras, un dulce sonido acompasado saliendo de su boca: —estamos cosidos a la misma estrella… Por un ínfimo instante, esas palabras incendiaron el mundo, para luego devolverlo a sus sombras.

Acurrucado en su tristeza, le parecía obsceno mirar los lugares que solían frecuentar juntos, los mismos que habrán de prevalecer para los otros cuando llegue su muerte. Él abandonará este mundo; no obstante las calles, atrozmente, seguirán siendo testigos sordos de otros amores, como el del suyo con Helena y el de tantos más de las muchas, de las demasiadas generaciones de personas que serán disipadas por el tiempo.

El espectáculo de su desasosiego era lacerante: sus encorvadas piernas, fatigadas de arrastrar el peso de su dolor, se posaron sobre una banca para descansar. La luz de la luna iluminó su semblante, el cual evidenciaba una rigidez acumulada por el peso de su angustia. Colocó sobre los muslos sus blanquecinas manos con las que parecía sostener su desgajado corazón, mientras de sus ojos carentes de luminosidad comenzaba a escurrir la negra noche… Su mirada perdida y su actitud estoica ante su suerte parecían emular la tétrica imagen del Ángel Haserot.

Cuando te quedas solo y todo sale mal y no tienes un plan al cual asirte, acaso no queda otra opción que buscar dentro de uno mismo, algo que pueda salvarnos: tal vez una explicación metafísica que justifique esta masacre hormonal, quizás algún designio trazado por la fortuna para cumplir un destino, ¿qué cosa podrá ser?… Perdido en el espacio, recordó unas palabras de Rudolf Steiner que leyó, quizás, en su libro sobre Antroposofía: “cuando algo concluye, debemos pensar que algo más comienza”; el consejo es saludable, empero, de difícil ejecución, puesto que poseía la desgarradora imagen de lo que había perdido mas no de lo que le sería deparado. Perdía a Helena, ésa era su única certeza; sin embargo, sólo requería de un pequeño estímulo, de una minúscula chispa para recrear su corazón.

Pensó en su orgullo lastimado, en la humillación que Helena le había proferido marchándose con otro, en la desdicha mayúscula que sentía en este momento preciso y, poco a poco, comenzó a transmutar su sufrimiento en otra cosa… ¿Acaso en odio?

De entre su lastimada hombría, emergió una pasión descomunal surgida de la estructura original de su intelecto. En su desgarrada mente, generó la idea de ir más allá: —cada efecto, pensó, implica una causa. El efecto era su dolor, el insufrible dolor que una mujer (la causa) le había provocado. ¿Puede ser tan insensible una mujer hermosa? ¿Y por qué lo había dejado?, ¿por irse con otro? ¿Acaso en otra persona encontró la esperanza que no estaba en él? Esa ausencia de esperanza, esa oscuridad en su alma era, precisamente, lo que a ella le había atraído y, ahora, ¿simplemente lo abandonaba?, ¿será posible tal agravio? En consecuencia, pensó que, si aniquilaba la causa, el efecto sería menos cruel y acaso así su alma podría alcanzar la anhelada paz. Entonces, se incendiaron numerosas hileras de fuego en sus ojos de ángel de la muerte y fue por ella en un arrebato furioso… Helena era suya y no debía ser de alguien más.

Saltó de la banca y con ligeros pies se dirigió a casa de la fatal fémina. Con cada paso que daba, iba incrementándose su cólera, al tiempo que repetía en su mente, acaso sin darse cuenta, los versos que había memorizado:

“En vano tratarás de evadirte de mi voz”… —En vano tratarás de evadirte de mi cuchillo, rectificó, “Y de saltar los muros de mis alabanzas”, “Estamos cosidos por la misma estrella”…

Llegó a su destino y, con la llave que aún conservaba, ingresó despacio, casi sin violar el silencio, al aposento sagrado que en otros tiempos sintiera suyo. Con el corazón queriendo escapar de su pecho, notó que Helena se encontraba en la ducha. La acometeré ahí mismo, pensó, para tratar de acelerar el proceso. Desnudó su navaja y probó el filo de la hoja sobre su mano, la cual sangró al momento. No obstante, prefirió perpetrar el cruel acto en la propia habitación donde tantas veces su amor se había derramado sobre la tierra infértil. La esperó, pues, en una esquina, ansioso y deshaciéndose en sudor, al tiempo que recordaba una vez más aquellos versos que, acompañados del excitante aire femenino, comenzaron a hechizarlo:

“Se oyen caer lágrimas del cielo

Y borras en el alma adormecida

La amargura de ser vivo…”

“Si tú murieras

Las estrellas a pesar de su lámpara encendida

Perderían el camino

¿Qué sería del universo?”

 

Por fin, se abrió la puerta del baño y los pasos desnudos de Helena danzaron a su destino. Al notarla, se abalanzó sobre ella, dispuesto a darle muerte, a desollarla si era necesario para así resarcir la injuria. Y ya se había perfilado para hendir la cuchilla en el blando pecho cuando ella, con su típico gesto de frivolidad, lo miró con lascivia y, lentamente, se despojó de su suave paño para bendecir la casa, el mundo, con su desnudez magnífica, la cual provocó que “el cielo se hiciera más grande en su presencia”…

Entonces, sintió como si una flecha hubiese atravesado su pecho, hiriéndolo de rojo amor. Soltó el cuchillo y se desvaneció sobre los muslos de Helena hasta caer de rodillas, sin que ésta siquiera se dignara a mirarlo, ya consumido, letalmente, por una mujer.

 

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