Pablo Manuel Rojas Aguilar
El extravío
La belleza ha abandonado este mundo. Nos ha dejado indefensos como a un huérfano en la jungla del devenir, donde las revoluciones concéntricas del fuego de Heráclito girarán nuestras almas incesantemente. La belleza se fue, se extravió en el torbellino de símbolos, en la intersección de esas redes crecientes del tiempo, donde puede apreciarse ínfimamente ese punto inmemorial que es el instante.
El Cosmos se ha sumergido en una crisis vertiginosa, en la cual las Ideas no llegan a ser, pues el ritmo acelerado del tiempo ha colocado un velo en nuestros ojos, que nos hace caminar sin percibir, de manera alguna, un solo dejo de exaltación.
No debe pensar el lector, sin embargo, que la belleza ha muerto como el dios de Nietzsche; sólo se ha ocultado a nuestra vista, a nuestro oído, a fin de refutar los cánones de Hesíodo y de Homero. Es decir, la belleza ya no se percibe solamente en las fuentes, en las flores, en las crines del caballo ni en las mejillas ni el cabello de una doncella de tobillos delgados, sino en un impulso, en una especie de intuición intelectual que alcanza el pensador para concebirla.
Por la falta de ideas, el mundo se ha empobrecido y sus paisajes parecen, más bien, un impío museo inmóvil como el que soñaba Platón, porque el oneroso río simultáneo del tiempo ha obrado en él de manera incesante para desintegrar, con su carrera, la sensibilidad y el pensamiento de una intuición que, apenas nace, es fulminada.
Por lo tanto, este lugar, acaso absurdo en sí mismo, requiere de caballeros gentiles que rescaten de su acción intensa, empapados en las aguas de la fugacidad, un rasgo trascendente que prevalezca en la memoria.
Los medios para hallar la belleza
David Hume, de Edimburgo, mencionó en uno de sus ensayos que la “parte refinada de los hombres que no está inmersa en la vida animal es aquella que ha elegido, como su naturaleza, las operaciones más elevadas y difíciles de la mente”. Alfred Korzybski, a su vez, se refería también a estos seres, y los diferenciaba de los vegetales y de las bestias mencionando que los primeros, además de acaparar energía y espacio, acaparan tiempo. Estos seres modestos, que se hacen acompañar de los vicios y de la locura (según el orden impreciso del mismo Hume), poseen la categoría de “hombre” y su labor radica en afirmar la belleza, de algún modo, en la sustancia inconstante del devenir.
Así pues, los caballeros y damas que “ostentan” la mencionada “categoría” tienen una responsabilidad “harto complicada”, como ya se habrá percatado el lector, puesto que las operaciones complejas de sus mentes no les permitirían, por motivo alguno, externar sus pensamientos si carecen de belleza y de rigor. En este sentido, podemos afirmar que el “hombre” solamente hablará a menos que pueda mejorar el silencio; a menos que impregne cada trozo de su esencia en cada sonido que prorrumpa, y sus palabras se hagan tan tremendas que haga vibrar a quienes lo escuchen. Hablará sólo si en cada bocanada expulsa la furia colosal de su espíritu, y si sus ideas resquebrajan, sin desmedro, las conciencias de quienes lo perciben. Si es capaz de lograrlo, entonces pedirá misericordia; si no, debe guardar silencio.
A este linaje “ostentoso” pertenece el ensayista, pero su voz no es sonora sino gráfica y con ella busca alejarse del cambio; se esfuerza por prevalecer en la instantaneidad donde se logra la transmisión del más alto fenómeno de la naturaleza: la luz que se desprende de la razón y surca el Cosmos con su manto.
El escritor es el pensante, “el hombre”, el escultor del tiempo que es consumido por el devenir; empero, en su vasta acción mental, escudriña en el interior del instante para lograr permanencias y así hacer frente a lo efímero. Con lo anterior se convierte, pues, en el medio para idear, a través del arte, una finalidad sin fin que abre las puertas de la eternidad.
La suerte del ensayista
El cambio es el tejido del Universo y la belleza se disipa entre las aguas del vasto caudal de Heráclito; el ensayista se sumerge en la hermosura líquida, entre la espuma y la simiente que fecundan, como a una divinidad impetuosa emergiendo del mar en la neblina, la imagen sensible del hecho estético.
No obstante, no debe pensar quien me lee que este trabajo es sencillo y placentero. El mecanismo para concebir las Ideas y entregarlas al mundo no es posible sin estropearse a sí mismo. Ensayar es cosa tremenda, implica resolver un laberinto que involucra los astros, robar imágenes erróneas, que apenas se entrevén, para erigir monumentos; implica disecar la cronología, abandonar la materia y descifrar las sustancias puras del pensamiento, con la parte más elevada del espíritu que hace girar las esferas.
Cuando Dios creó el Cosmos, entretejió una realidad que los habitantes recibirían sin rechazo, sin preguntarse si existen el sol y la tierra, o si los que existen son unos ojos que dan razón a un sol, o unas manos que sienten el contacto con una tierra. El disertante, sin embargo, lo cuestiona; busca en su contemplación otra realidad. Es el disímil, la errata de Dios, la fisura en el mecanismo que tiene acceso a los sellos áuricos; el que percibe, mediante el ejercicio de su mente, las formas inteligibles no con prestada eternidad sino eternas. Este hecho no le otorga ventura, antes bien, lo hace un miserable por sentir, de manera efímera, la inspiración creadora sin la posibilidad de plasmarla en grafías. Y es que el hombre está hecho de memoria y la memoria está hecha de olvido; por consiguiente, las palabras jamás serán sustancias puras, sino herramientas erróneas con las que nunca se imprimirá la imagen imposible de las Ideas.
El ensayista se baña entre las aguas llenas de dioses de Tales, en la mesura y en la razón dotadas de inteligencia a fin de penetrar el cascarón del Universo; da un salto, una especie de intuición para superar el ejercicio supremo de lo intelectual y, de esta forma, concebir la visión de las Ideas (que, por antonomasia, es la belleza). Entonces, ocurre el hecho estético. Ocurre que el ensayista alcanza el Kalós entre la niebla, entre las fauces de fuego de Leviatán; ocurre que se sabe en la mira de los ojos inefables de Behemoth, planeando para embestirlo con la fuerza desmesurada de su vientre de bronce… La embestida lo fractura, las fauces lo engullen y todo ocurre tan sólo en un instante. De pronto, vuelve al mundo “real” como una gacela herida, a merced del voraz depredador fugitivo, el cual disipa el trofeo que creyó suyo. Con impotencia, casi con odio, ve escurrir entre sus dedos la tibieza líquida, la verdad que supo suya en lo eterno y que, actualmente, es una herida en la memoria, una llaga que lo desangra y lo lacera sin piedad.
Borges dijo que el apetito magnánimo del escritor codicia todos los minutos del tiempo y todas las variedades del espacio, que el que escribe se hace inmortal cuando logra que sus palabras se hagan “puras” (esto implica usurpar en su plenitud una imagen sensible), cuando ve el dolor y el hastío como instrumentos para convertir todo lo deleznable de la vida en algo que aspire a ser eterno. Así debe ser el ensayista, como un tigre con el deber misterioso de justificar cada cosa del Universo, como un tigre que guarezca, en su piel rayada, la nota musical perdida de la pauta que hará vibrar las cuerdas del mundo músico, como un tigre que destroce su esencia con sus garras para contener la decadencia de la eternidad.
¿No acaso la historia sería tiempo perdido sin esta labor aciaga e incesante?
El ensayista acepta de manera sensata su suerte: padecer cautiverio en el mundo a fin de abrigar entre sus brazos, por un pedestre instante, la tibia luz del antiguo Kalós. Ésa fue la suerte de Plutarco, de Montaigne, de Séneca, de Borges, de Emerson y ahora, guardando la distancia debida, es mi suerte.
Con todo, yo jamás podré estar a la altura de ese entendimiento porque soy débil y me halló sometido a las necesidades mundanas. Porque siempre seré vencido por las musas y viviré en la incertidumbre, como un niño sin una mano que lo lleve entre las sombras. Soy una fuga que nunca agotará el Ser en su plenitud. Soy el esbozo fallido de los astros que diserta desde la herida profunda que lo desangra. Mi alimento es la virtud que habita en una piedra solitaria en un lugar solitario. “Mis herramientas de trabajo son la humillación y la angustia”. Yo no puedo justificar esta suerte, ni siquiera comunicar con letras mi odio y mi frustración. Porque no es necesario escribir una sola palabra para surcar el mundo con el espectro sensible de la luz. Porque no existe una sola cosa que pueda mejorar la cadencia y la sustancia imposible sin contradicción de no-ser del silencio.
He aquí el cruel destino, la condena, la plenitud ilusoria.









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