Joaquín Araujo
¡Gracias!
Cuando tengamos un árbol cerca, o mejor, sobre nosotros, conviene que nos brote algo de gratitud. Mejor sería un caudaloso agradecimiento porque nadie será capaz, nunca, de tan siquiera enumerar los regalos que la arboleda nos hace.
Se nos anda olvidando que respiramos el alma verde de los árboles. La transparencia que nos anima por dentro es, en efecto, la tarea lograda por los bosques. Cada árbol es una fuente y un diminuto clima local.
Plantar árboles es además cultura porque los bosques han publicado todos los libros. Porque casi todos los campos cultivados fueron tierras de arboleda. Porque la palabra agricultura fue la que fundó el término cultura. O, mejor aún, sobre los suelos que primero construyó el árbol luego los humanos crearon civilizaciones.
Queda mucho trecho hasta que reconozcamos a las arboledas como bien común y manifiestamente inmejorable de la sociedad. Todavía más largo resultará el camino, a pesar de la concesión del Nobel de del Paz a Wangari Matahay, para que los fundadores de bosques sean aceptados como artistas. A pesar de ello, lo que nos ayuda, lo que supone, es más, una enorme zancada en tal dirección son personajes como Elzéard Bouffier, tan necesarios y tan vivos que nada puede extrañarnos que fueran considerados reales. Esta acertada ficción de Jean Giono, que en tantos se ha encarnado y que con tantos predecesores cuenta entronca con la más perentoria necesidad del presente. Este libro no sólo es delicia literaria sino también pedagogía activa.
Nos queda un último y acaso más crucial asomo a las consecuencias que se propagan a partir de la plantación de un bosque. Porque el árbol, en pie, vivaz y, como siempre, con sus enormes brazos abiertos, es equivalente a un fármaco prodigioso. El bosque puede sanar —si lo recuperamos en las proporciones ilusionadamente imaginadas por Jean Giono— el cambio climático, el avance de los desiertos y la erosión, el desmoronamiento de la multiplicidad vital, la escasez de agua y combustible así como la creciente fealdad del paisaje.
Poco o nada tiene tantas consecuencias favorables, para todos sin excepción, que ser como El hombre que plantaba árboles. Porque si algún día conseguimos un Bosque de bosques también habremos logrado una Humanidad más humana.
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Epílogo al libro de Jean Giono, El hombre que plantaba árboles (Duomo Ediciones, España, 2011).









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