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Gilles Deleuze & Felix Guattari ✆ Haruka-K
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Gilles Deleuze: la afirmación de la muerte

· julio 30, 2015

Antonio Bello Quiroz

a Davani, a quien tanto amo

El suicidio es un acto desconcertante, quizá el más. Pero resulta inclusive aún más cuando es cometido por un filósofo, un amante del saber. Aunque quizá, pensando mejor, es en un filósofo donde no debería haber desconcierto alguno: sencillamente, llevó su curiosidad a su mayor radicalidad, encontró la única respuesta a la vida.

Así lo podemos pensar con Sócrates, por ejemplo, quien no expresó ningún miedo a tomar la cicuta que le causó la muerte, bajo el argumento de que un filósofo no puede retroceder ante ella. También podemos parafrasear a Albert Camus: suicidarse o no, ésa es la única pregunta que vale la pena hacerse.

Gilles Deleuze, filósofo francés de altos vuelos se suicidó el sábado 4 de noviembre de 1995 de la forma más radical, se arrojó por la ventana de su apartamento en el séptimo piso de en la avenida Niel en París. Literalmente realizó un salto al vacío, como lo vino practicando con su pensamiento desde mucho antes. Se trata de un suicidio de afirmación. Tenía 70 años. Fumador compulsivo con insuficiencia respiratoria. Profesor emérito de quien Michel Foucault pronosticó que el próximo siglo, este que vivimos, sería el siglo de Deleuze.

No es fácil hablar del “único espíritu de Francia”, así también lo llamó Foucault, como no lo es de ningún pensador heterodoxo, como lo fue Louis Althusser o incluso el mismo Foucault, quien murió de sida en 1984. El que no haya sido hegeliano, ni hubiera pertenecido al partido comunista, y además, que no se haya psicoanalizado lo hace aún más complejo. Junto con Félix Guattari escribió cuatro libros, entre ellos los más conocido, El antiedipo, obra donde cuestionan y se oponen al poder del pensamiento de Freud. Sus trabajos fueron una puntual e insidiosa respuesta a las prácticas académicas acartonadas e institucionalizadas. Sí, le interesó el psicoanálisis, pero nunca militó en esas filas clínicas.

Sus intereses fueron múltiples y profundos: examinó a profundidad la obra de Kafka, Proust, Samuel Beckett, siguiendo las influencias de Nietzsche, Hume, Bergson y Spinoza fundamentalmente. Se trata de un auténtico detective del pensamiento.

No se trata de un hombre común: es, la suya, una historia de rica diversidad de intereses; el cine, la imagen, la música no escaparon de sus planteamientos. Ejerció como profesor desde 1948, en París y en Lyon básicamente. Desde 1969, y hasta que dejó de ejercer la docencia, enseñó en París VIII. En una de sus obras, Abecedario, nos muestra su visión del mundo, con lo que confrontó su fobia a las cámaras de televisión, donde terminó participando.

Aun cuando sus temas fueron de lo más diverso, jamás se apartó de la filosofía; la ficción la hizo siempre desde su pensamiento; tampoco se asumió como erudito, incluso no le gustaba que lo vieran como intelectual: “yo no poseo ningún saber de reserva, a mi muerte no habrá nada que publicar”, decía.

Cómo todo pensador trascendente, no podía dejar de pensar en la muerte. Es quizá en Diferencia y repetición donde muestra su interés por este complejo tema.

¿Qué lleva a un hombre tan singular como Gilles Deleuze al suicidio? La respuesta nunca la sabremos, lo que sí podemos especular es la forma en que lo realizó. ¿Qué otra forma digna tiene un filósofo que rozó con su pensamiento el vacío de la existencia, qué otra forma de hacer entrar oxígeno a sus pulmones?

Qué hay más cercano a un Cuerpo sin órganos, que un cuerpo en el vacío. El suicidio de Deleuze es un acto radical, una afirmación de la potencia de su pensamiento, un acto ético, una afirmación subjetiva. Respondió, con su muerte, a la pregunta mayor de la vida, aquella que atañe al deseo.

Quizá su suicidio haya sido la única forma que podría darle plena vida al axioma de Spinoza que dice que una cosa más potente puede destruir a otra.

 

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