Mariela Arrazola Bonilla
Gerardo Ramos Brito (Puebla, 1943) es un destacado artista poblano con una exitosa trayectoria. Está considerado como uno de los principales pintores poblanos junto a José Villalobos, Antonio Álvarez y Sergio González, tal como señala Alberto Dallal, académico del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Además, al igual que ellos posee una gran capacidad para auto-gestionar su actividad artística y es por ello que hoy día puede presumir de contar con una carrera de más de cincuenta años. De hecho, es sin dudarlo el único artista de origen poblano que ha logrado insertarse y mantenerse en el mercado del arte europeo.
Recientemente el FONCA publicó el libro Huellas, donde se muestra el perfeccionamiento técnico del artista. A pesar de ello, hay pocos análisis objetivos sobre su creación, ya no se diga ensayos académicos.
Es por ello, y tomando como pretexto la exposición recién inaugurada, Trazos desde el fondo del silencio, que se exhibe en el Museo Tecnológico de Monterrey, que en esta entrega se brinda un panorama de su obra más reciente y de su característico estilo, que lo ha acompañado a lo largo de su vida: la pintura abstracta.
Abstracción gestual: la acción de pintar
No es casual que Ramos Brito se haya decantado por lo abstracto desde el principio de su carrera. Su necesidad primordial es expresiva, y como apunta Kandisnky, el arte nace de una necesidad interior de expresar el sentimiento mismo: el arte, lejos de tener un fin utilitario, es una necesidad espiritual del artista en primera instancia.
Incluso, de la pintura rupestre, Ramos Brito entendió pronto que el lenguaje pictórico se compone, antes que nada, de formas, colores, marcas, manchas, rayones; y a partir de ellos ha construido un universo de obras que para el espectador neófito caerían en el departamento de la pintura decorativa que bien adorna las salas de ilustres hogares.
Además, en términos contextuales, debe entenderse que Ramos Brito viene de una generación que es posterior a la Generación de la Ruptura y que si bien no le tocó romper con los paradigmas del muralismo, como a ellos, sí le toco consolidar no sólo un estilo, sino una apuesta estética nacional: la abstracción.
Como señala la historiadora Raquel Tibol, hubo un acontecimiento definitivo para orientar la práctica artística de los creadores —después de la muerte de Diego Rivera, en 1958— que emergían: la exposición Salón ESSO, inaugurada el 2 de febrero de 1965 en el Museo de Arte Moderno, organizada por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) en colaboración con la Organización de Estados Americanos (OEA). Lo que predominó en esas salas fue la abstracción, ejemplificada por obras de Lilia Carrillo y Fernando García Ponce. Desde ese momento, la pintura abstracta se volvió el estilo impulsado por las principales instituciones culturales del país. Entre sus principales exponentes encontramos a Gunter Gerzso, Lilia Carrillo, Fernando García Ponce, José Luis Cuevas y Juan Soriano.
En ese sentido es que la abstracción para Ramos Brito resultaba doblemente natural; no sólo era un lenguaje que le permitía expresar, sino que además estaba en el momento preciso para usarlo.
Gerardo Ramos Brito.
Ver pintar a Ramos Brito es ser testigo de la pintura en acción. Mediante la abstracción gestual, el artista aplica pintura por medio de gestos expansivos: barre con el brazo, mancha, talla, limpia, frota, danza alrededor y encima del lienzo. Recurre a la brocha, al cepillo, a la espátula o a cualquier otra herramienta. El proceso es expresivo pero también automático, pues exterioriza sus impulsos sobre el lienzo y éstos se plasman en marcas pictóricas.
La pintura, entendida a la manera de Ramos Brito, consiste en pintar. El proceso adquiere el papel protagónico: es un arte de acción y del cuerpo, y es por ello que es tan contemporáneo. Aun así, sus obras son monumentos contemplativos que nos invitan a reflexionar qué ve Ramos Brito que nosotros no vemos, qué siente Ramos Brito al plasmar en sus lienzos y qué me hace falta a mí como espectador para sentir lo mismo.
Ramos Brito, Trazos del silencio, Grafito sobre lienzo y tabla, 2015.
Dúo de afonías
Usualmente el silencio es un tema de reflexión entre los músicos y entre los poetas. Además, es un recurso visual y/o acústico que sugiere una duración en el tiempo o en el espacio. Grandes ejemplos de su empleo como motivo estético los encontramos desde finales del siglo XIX, en particular, a través del poema “Un coup de dès” (1897), en el que Stéphane Mallarmé usa el espacio de la hoja dejándolo en blanco para expresar silencio. Medio siglo más tarde, en 1952, en la música, John Cage presentó la pieza 4’33’’, que consiste en que el intérprete guarda silencio por cuatro minutos y treinta y tres segundos. A finales de esa misma década, Octavio Paz incorporó a su poesía el uso del silencio como fragmento de tiempo que se invoca entre las sílabas y que a la vez es insonoro. En la pintura, durante las primeras décadas del siglo XX Wassily Kandinsky fue el primero en proponer que la pintura abstracta era un medio para lograr el silencio y así pasar de lo material a lo espiritual.
Para esta exposición, Gerardo Ramos Brito rescata esas dos variaciones poéticas del silencio con el fin de introducirnos a un juego de afonías.
Por un lado, las obras fueron creadas en su totalidad en silencio, y por ello son la expresión de un alma meditativa que invita al público a descubrirlas. Para esto se requiere de un espectador capaz de adentrarse en un estado contemplativo donde se vuelve necesario enmudecer. De tal suerte que un recurso primordial en esta serie de pinturas es el silencio acústico.
Además, las obras de Ramos Brito también incorporan el silencio visual, que consiste en retirar el mensaje del cuadro, eliminar el de qué se trata, y así el espectador se conecta con el significado que está más allá de la condición material de la obra y que se intuye por los títulos de las mismas.
La museografía apela a los sentidos. Para introducir al público en un estado quasi religioso se crea una atmósfera solemne dentro de las galerías: se brinda el mínimo contraste posible entre las obras y los muros reduciendo las cualidades cromáticas. El color en su mínima expresión se vuelve rico en texturas visuales que sólo parecen perturbarse por la sombra del visitante, cuya silueta deja una huella momentánea, pero trascendente, sobre la superficie del cuadro. Dicha interacción acerca al público con la expresión más íntima del artista.
Esta exposición, creada ex profeso para el Museo del Tecnológico de Monterrey es muestra del trabajo más reciente del maestro Ramos Brito, reflejo de su madurez artística, y con certeza en un futuro será vista como un momento cumbre en su trayectoria. En palabras del artista, es una exposición que será paradigmática para su carrera.
La entrada es gratuita.
Ramos Brito, Silentium “1”, Óleo sobre lienzo, 2015.
Twitter @MarielaArrazola











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