Antonio Bello Quiroz
La única diferencia entre yo y un loco es que yo no estoy loco.
Salvador Dalí
El vínculo entre genialidad y locura es antiguo. Aristóteles liga la melancolía a la genialidad en su Problema XXX y se pregunta justamente por qué los hombres excepcionales son con tanta frecuencia melancólicos. Es hasta la segunda mitad del siglo XIX que la psiquiatría pone en discusión, desde la ciencia, la existencia de estos seres fuera de lo común que son los llamados genios; se les pinta como inadaptados, excéntricos, inestables, obsesionados; en una palabra: locos. Esta misma proximidad ya la había señalado Diderot: “¡Cuán parecidos son el genio y la locura. […] Se les encierra o encadena, o bien se les erigen estatuas”.
La idea de la genialidad goza de una doble moral: por un lado, es extremadamente escaso su uso, con rigurosidad, pero al mismo tiempo goza de una constante trivialización. También es un concepto o noción que va cambiando con las épocas: el genius de los romanos no es ya el daimon interior de los filósofos griegos, y desde luego que difieren ambos de la idea de “genio” de los enciclopedistas o la inspiración genial de los románticos alemanes.
La proximidad del genio con la locura tiene su primer acercamiento en la idea de demencia, fundada en el demonio de Sócrates que va a servir de modelo para la psiquiatría del siglo XIX. Para Sócrates el genio y la locura se conjugan en su daimon interior, su espíritu. Lo que para la psiquiatría se vuelve una alucinación, para Sócrates es un momento de éxtasis donde, dice —según señala Platón en el Alcibíades—: “El fervor celestial me ha concedido un don maravilloso que no me ha abandonado desde la infancia; es una voz que cuando se deja oír me aparta de lo que voy a hacer, y nunca vuelve a impulsarme a ello.” Se trata de un genio inspirador, distinto al genius romano que más bien se refiere a una fuerza que impulsa a la creación. Distinta es la noción de genio para la Ilustración y el periodo enciclopédico, donde el genio conjuga la amplitud del espíritu, la fuerza de la imaginación y la actividad del alma.
Una imagen generalizada del genio es su capacidad para mantenerse alejado de los convencionalismos; se muestran descentrados del mundo. Lo mismo en su vestimenta como en sus fobias y manías podemos observar este permanente y desinteresado vínculo con los otros. Se me evoca la imagen de Marcel Proust vestido, aun en el mayor de los calores de agosto: abrigo (en ocasiones dos o tres), con guantes, pañuelo en el cuello y gorro para, decía, “no coger frío”. También evoco a Salvador Dalí, que toma a la locura como bandera para darle lugar a su auténtica excentricidad. Me explico: no se trata de un loco sino de alguien que se afilia a la locura para poder poner en juego su excentricidad narcisista. Son icónicos su exhibicionismo grandilocuente, el gusto por lo estrafalario, su manierismo verbal, y, sin embargo, su permanente rechazo a la locura.
La genialidad también ha estado ligada a la infancia. El genio suele presentarse muy temprano, es incluso la precocidad un signo de genialidad. El genio es un niño grande, el genio conserva en la edad adulta la frescura lúdica de la infancia, su espontaneidad, su creatividad, su curiosidad. Esta precocidad se observa generalmente en la música, en tanto que se trata de una disciplina, mejor aún, un discurso (un lenguaje incluso) que no requiere de la madurez del lenguaje para poder expresarse. Desde luego la referencia obligada es la precocidad del joven Mozart, quien a los tres años ya daba muestras de su prodigioso oído y una prodigiosa memoria musical. Pero son muchos los que en la música comparten este signo de genialidad temprana: Chopin, quien a los siete años compone la Polonesa o Haendel, que a los siete años dominaba el órgano con maestría.
Pero entre todos estos genios quisiera referirme ahora a Robert Schumann, quien no carece de esta precocidad, ya que a los nueve años compuso Alegrías de la jornada de un colegial. Schumann desde muy joven empieza a experimentar una serie de fenómenos que muy pronto dan configuración a marcadas alucinaciones auditivas. Es diagnosticado como esquizofrénico, aunque también se le ha clasificado como maniaco-depresivo, ya que mantenía periodos de alta productividad y exaltación del ánimo y después vivía profundos “días negros”, como él les llamaba a esos periodos en que se sumía en una pronunciada melancolía. En estos días “bajos” se mantenía en silencio, inactivo (ocupaba semanas en tan sólo escribir una carta). Aunque estos “desórdenes” justificaban el diagnóstico de maniaco-depresivo, había otra serie de manifestaciones que hacían pensar en la esquizofrenia. Señalaba: “mientras compongo, oigo sonar en mi cabeza un silbido que no se detiene ni de día ni de noche”. Clara Schumann anota en su diario: “Dice que una música espléndida, con instrumentos de una sonoridad maravillosa, algo que no se puede comparar con nada de lo que se oye en la tierra.” Una noche, Schumann se levanta de madrugada y compone un tema que le han dictado los ángeles que se apiñan a su alrededor y le hacen revelaciones inauditas. Sin embargo, al día siguiente son demonios quienes le tocan una música infernal. Sobre estos demonios escribía su esposa Clara: “las voces de los demonios, con música horrible. Le decían que era un pecador y que deseaban arrojarle al infierno. En resumen, su estado llegó a un verdadero paroxismo nervioso; gritaba de terror, porque veía la corporización de tigres y de hienas que corrían hacia él para atraparle”.
Su locura lo lleva a ser internado en la clínica de Endenich, aquejado de un estado de extrema confusión. Después de un intento de suicidio, fue él mismo quien pidió ser internado. “Quiero ser hospitalizado, ya no respondo de mis actos”, escribía en 1854. Su situación mental, se dice, se agravó por una enfermedad venérea adquirida durante el transcurso de su juventud promiscua: la sífilis. Esta enfermedad había permanecido durante veinte años latente. Estuvo internado los últimos dos años y medio de su vida. Dejó de comer cuando comprendió que no tenía esperanza de recuperarse; era obligado a alimentarse con un tubo gástrico y adelgazó de manera extrema.
Cuando Clara lo visitó, él se puso tan contento que se dejó alimentar, pero en su estado esta ingesta de alimento le provocó un colapso que aceleró su muerte.
Robert Schumman, habitado por la genialidad y la locura, compuso durante veinticuatro años con una vitalidad que sólo puede comprenderse como una defensa contra la locura. Escribe el compositor a su esposa: “sólo con este flujo de música puedo ahogar las pesadumbres y las ansiedades”. Hacer música para no enloquecer.








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