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Persona
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Genio y locura en la heteronomía de Pessoa

· diciembre 3, 2015

Antonio Bello Quiroz

 

Nunca fui más que la huella y el simulacro de mí mismo. Pessoa-Soares

 

Si algo ha llamado la atención en la obra poética de Fernando Pessoa es el uso de heterónimos, el nombre, los nombres, con que se juega en su obra. Se sabe que utilizó casi sesenta heterónimos, y no sólo es el uso del nombre sino la afanosa construcción ficcionada de la vida atrás de cada nombre usado. De Pessoa, de la vida de Pessoa, se sabe poco; algunos rasgos nos dejan ver a un personaje solitario, refugiado en su trabajo intelectual de traductor en el día y de poeta por la noche.

Desde luego, no podríamos pensar que el uso de los heterónimos sea sin sentido; sin duda, es una respuesta, su respuesta ante sus crisis: en lo poético, en lo social y esencialmente en lo subjetivo.

Sabemos que el uso del nombre propio es un acto inaugural: la vida se juega en ello. Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, cambió dos veces su nombre; la primera no sólo fue una modificación a la letra de su nombre propio sino que creó un extraño heterónimo. Para acercarse a Cervantes, junto con un amigo de la adolescencia, adoptó el nombre de Cipión, que es el nombre del can que, junto con Berganza, son los perros protagonistas de esa fábula cervantina llamada El coloquio de los perros.

En Pessoa el heterónimo es, con toda claridad, distinto al pseudónimo; no se trata sólo del cambio del nombre sino esencialmente del cambio de historia. Así, la autoría de Alberto Caeiro, el maestro de todos, naturalista, que no puede ser sino quien inaugura la cadena de yoes que constituyen a Pessoa (tal peso tiene este personaje en la vida de Pessoa que muere de tuberculosis, que es la misma enfermedad por la que muere su padre); o Alvaro de Campos, que es poeta (es decir, el poeta Pessoa inventa al poeta De Campos); y Ricardo Reis, a quien hace médico de un purismo desbordante.

Cada uno de ellos, como vemos, no tiene carácter coyuntural sino fundacional de otro autor con vida propia, con existencia propia; es cierto, vida de ficción, pero no existe de otra. Pessoa, entonces, en cada heterónimo se hace padre de sí mismo, padre de su obra. El que usa un pseudónimo finge ser otro que el que es, pero Pessoa es poeta, es decir, un fingidor que en cada personaje que crea finge de nuevo. Así lo dice en el poema Autopsicografía, en la versión de Santiago Kovadloff: “El poeta es un fingidor / finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que de veras siente.” Más aún, el poeta portugués reconoce que los amores más reales son lo que entabla desde esas figuras personales que inventa.

Pero una pregunta se hacía aquí al principio: ¿para qué los heterónimos en Pessoa? Tres ámbitos conflictivos intentará superar el poeta con esta estrategia: en lo social, en lo literario y, esencialmente, en lo subjetivo. Este último aspecto es el que me interesa abordar aquí.

Pessoa no dejó de preguntarse por su estabilidad mental. Con frecuencia se preguntaba si estaba loco; esta preocupación incluso le llevó a escribir un libro por lo más interesante, extraño incluso en su vasta obra: Escritos sobre genio y locura. Ahí el poeta deja ver su preocupación por la psicopatología, por la locura y la genialidad que es, en su decir, “la mayor maldición con la que Dios puede bendecir a un hombre”.

Una pregunta cruza estos escritos sobre la genialidad y la locura: ¿depende el genio de la locura? La “enfermedad nerviosa”, la locura, los desórdenes del alma, la anormalidad fue algo que obsesionó al poeta, incluso más de lo que ocurre con los psiquiatras mismos. Él creía que escribía con los nervios. Pero un dato llama aún más mi atención: es una obra que atraviesa toda su vida, se encuentran escritos que realizó a la tierna edad de 17 años, desde entonces ya le preocupaban los erráticos vericuetos mentales. El punto central de esta obra radica en considerar a la anomalía como el asiento de la genialidad, es decir: la creación, el arte, no podría ser sin la falla.

Pero ¿qué es lo que falla? En dónde se juega esa falla para poder ser genio y no idiota. La introspección que el poeta hace respecto al vínculo innegable entre el genio y la locura no es la del científico, ni tampoco la hace para señalar o demandar nada sobre el tratamiento social que se les brinda en la modernidad, no lo hace con voz de experto de gabinete; no, lo hace desde quien vive en carne propia, en sangre y nervios, esta extraña y dolorosa juntura: se trata de la locura, la melancolía, la genialidad hablando desde dentro; quizá estos mismos significantes sean otros heterónimos, otras formas de nombrarse.

La genialidad asociada al arte, desde la visión del poeta portugués, es equiparada a lo anómalo y lo transgresor. Pero no se trata simplemente de la relación entre genialidad y locura; el creador, el artista mantiene la tensión entre ambas: el punto está en poder mantener la tensión entre ambas. Su arte, la sublimación es un saber-hacer con el goce que se encuentra ahí implicado.

Pessoa habla, en voz de otro de sus heterónimos, de una folie lucide (locura lúcida) y con ello vuelve a encontrar los vasos comunicantes entre la simple locura del alienado y la lucidez del genio. Se trata, no de negar la oscuridad que implica la locura, incluso siquiera buscar su cura, sino de darle un lugar al lado de la claridad de la genialidad, aunque también puede pensarse al revés: la claridad de la locura y la oscuridad de la genialidad. No hay diferencia sino grados (degrees), aunque no en el mismo sentido utilitario y positivista del término.

No escapa, nuestro poeta, a intentar hacer una clasificación nosográfica de su padecer: de inicio hace reconocer a la locura como lo propio del poeta, del creador, lo único que es “lugar común en poesía”, el fenómeno degenerativo, el producto mórbido. Le llama a su sufrir, a su vivir, “hístero-neurastenia”, marcada por una fuerte división de la personalidad, una histeria, en su decir, “intensificada y concientizada”, y la potencia de su conciencia le llena de melancolía. Ahí, en esa su conciencia del mal que le aqueja, hace radicar la génesis de su heteronomía. Es, lo escribe, su “historia directa”. Esa historia que no cualquiera se atreve a reconocer y hacer valer, esa que está habitada por lo imaginario, por sus amigos imaginarios de la infancia, los que nunca dejó de ver, sentir y escuchar. Pero su talento le permite dar un lugar a la locura, que es su fuente de inspiración.

Escribe en una carta a su amigo para contarle qué ha pasado con esa capacidad de imaginarse distinto, lo que le permite alejarse del delirio: “afortunadamente se han mentalizado en mí; no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con los demás; hacen explosión hacia dentro y los vivo yo a solas conmigo”.

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