Traducciones de Rosalía Genis Velázquez
El gato
Ven, mi hermoso gato, sobre mi corazón amoroso;
Retén las garras de tu pata,
Y deja sumergirme en tus hermosos ojos,
Mezcla de metal y ágata.
Cuando mis dedos acarician a placer
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Y mi mano se embriaga del placer
De palpar tu cuerpo eléctrico,
Veo a mi mujer en espíritu. Su mirada,
Como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, dinámica y hendida como un dardo,
Y de los pies a la cabeza,
Un aire sutil, un peligroso perfume
Nadan alrededor de su cuerpo moreno.
El gato
En mi cerebro se pasea
Como en su casa,
Un hermoso gato, fuerte, dulce y encantador,
Cuando maúlla, se le escucha apenas,
Su timbre es tierno y discreto,
Aunque su voz se apague o gruña
siempre es rica y profunda.
Ahí está su encanto y su secreto.
Esta voz, que enuncia y filtra
En mí lo más tenebroso,
Me colma como un verso fecundo
Y me alegra como un hechizo.
Adormece los dolores más crueles
Y contiene todos los éxtasis;
Para decir las frases más largas,
No necesita palabras.
No, no es el arco que muerde
A mi corazón, perfecto instrumento,
Y que hace con más realeza
Cantar su más vibrante cuerda,
Sino tu voz gato misterioso,
Gato seráfico, gato extraño,
En el que todo es como un ángel,
¡Tanto sutil como armonioso!
II
De su piel rubia y morena,
Se desprende un perfume tan dulce, que una noche
Me arrobó, por haberla
Acariciado una vez, sólo una.
Es el espíritu familiar de lugar;
Juzga, preside, inspira
Todas las cosas en su imperio;
Quizá sea un hada, un dios.
Cuando mis ojos, hacia este gato que amo
Atraídos como por un imán,
Se vuelven dócilmente
Y que miro en mí mismo,
veo con asombro
El fuego de sus pupilas pálidas,
Claras lumbreras, vivos ópalos,
Que me contemplan fijamente.
Los gatos
Los amorosos fervientes y los sabios austeros
Aman igualmente, en su estación madura,
A los gatos poderosos y dulces, orgullo de la casa,
Que como ellos son cautos y como ellos sedentarios.
Amigos de la ciencia y de la voluptuosidad,
Buscan el silencio y el horror de las tinieblas;
El Erebo los tomaría por sus corceles fúnebres,
Si pudieran a la servidumbre inclinar su orgullo.
Toman soñando las nobles actitudes
De las grandes esfinges postradas al fondo de las soledades,
Que parecen dormirse en un sueño sin fin;
Sus lomos fecundos llenos de brillos mágicos
Y de partículas de oro, así como de arena fina,
Destellan vagamente en sus pupilas místicas.









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