Antonio Bello Quiroz
Es porque el cuerpo tiene algunos orificios de los que el más
importante es el oído, que no puede cerrarse.
Jacques Lacan, El sinthome
El pasado 6 de mayo se cumplieron 159 años del nacimiento de Sigmund Freud. Si bien no es un autor político, su invención, el psicoanálisis, ha debido cimbrar los cimientos de la sociedad occidental, de la ciencia y de la concepción de la condición humana en su totalidad.
La noción de una “naturaleza” humana o la que sostiene que la razón gobierna los actos humanos son sin duda una antigualla sólo sostenida por quienes han ignorado lo planteado por el maestro vienés.
En aspectos puntuales como la sexualidad o el amor o la muerte sin duda podemos decir que hay otra mirada después de Freud. Sólo para dar un ejemplo, en 1910 (casi 50 años antes de los estudios de género) Freud ya se interesaba en los conflictos entre los sexos a partir de la diferencia, incluso llegaba a predecir que cuando la ciencia inventara la masificación de la anticoncepción las relaciones entre los sexos habrían de complejizarse en grado importante, y ahora podemos ver en qué medida tenía razón.
Pero si en algo sin duda ha incidido (insisto, más allá de que nos demos o no cuenta de ello) es en la forma en que se vive la sexualidad y, esencialmente, en la relación que mantenemos con el cuerpo. Nuevamente no es una exageración si decimos que hay una forma de leer el vínculo con el cuerpo antes y después del psicoanálisis. Más aún, el psicoanálisis, con Freud, inaugura un cuerpo. Inventar el psicoanálisis equivale a decir que se inventa un cuerpo.
Freud escuchó a esas sufrientes de amor que son las histéricas, esas mujeres que hablaban con el cuerpo de aquello que se les imponía callar en la época victoriana: la sexualidad. Se inventa el psicoanálisis porque Freud se detiene a escuchar un cuerpo que grita. Se inventa el psicoanálisis y con ello inventa el cuerpo que conoce y cura. El psicoanálisis modifica la realidad del cuerpo.
Es cierto, cada época “lee” el cuerpo de manera distinta; en la Edad Media, por ejemplo, no solamente hay malestares, dolencias, padecimientos que no se conocían, sino que tampoco existían los instrumentos para descubrirles y tratarles. El cáncer, por ejemplo, no existía en el Imperio Romano, hubo que esperar hasta que la teoría celular se constituyera para que se le pudiera nombrar y con ello hacerle existir. Cada época tiene sus dolencias. Los padecimientos con los que se encuentra Freud se presentan en el cuerpo, pero no en el cuerpo biológico sino en un nuevo cuerpo, el cuerpo erógeno, ese que fue hecho de palabras. Sí, Freud nos muestra un nuevo cuerpo, no hecho de carne sino de palabras.
Pero Freud, con su intervención con la histérica, con su escucha del cuerpo que habla, nos muestra algo mucho más trascendente, nos dice que el símbolo, la palabra, es más importante que lo real (la carne, lo biológico) en tanto que es capaz de modificarle. Así entonces, habría, por ejemplo, dos anatomías: una, la biológica, la anatomía de la carne, de la que da cuenta la medicina, la ciencia de cada época; y dos: la anatomía psíquica, la que se forma en la percepción interna del sujeto. Sí, Freud nos enseña que tenemos una anatomía interna, psíquica.
El cuerpo que se forma en el psiquismo obedece a otras leyes que las biológicas (fisiológicas, anatómicas, genéticas, etc.). En principio, esta entidad singular para cada sujeto no se percibe como una totalidad sino sólo de manera parcial. Se constituye por medio de la imagen, la representación, que opera como intermediario con el cuerpo biológico. Es en ese cuerpo representado psíquicamente donde habita el sufrimiento subjetivo, ahí se anida el dolor de existir. Sin ese cuerpo representado, como ocurre con todos los demás seres vivos, hay, sin duda, dolor, pero no habría sufrimiento.
Es mediante ese cuerpo hablante, interior, subjetivo, psíquico, erógeno que se hace posible ir más allá en la relación con el Otro, más allá de los ciclos biológicos, naturales, que se cierran en la conservación y la reproducción. El cuerpo psíquico no puede ser constituido sin el Otro.
Freud, leído desde la lectura de Lacan (aprovecho para señalar que es un tanto romántico, si no ingenuo, incluso bobo, pretender hacer una lectura “pura” de lo planteado por Freud desde nuestros días), inventa un universo psíquico centrado en el cuerpo hasta antes inexistente. Freud, el psicoanálisis, entierran el dualismo cuerpo y alma cartesiano.
Para el psicoanálisis el cuerpo no está hecho simplemente de carne, se trata de un cuerpo que pasea, deambula, es puesto en palabras y se juega en el “entre dos” que se constituye en el dispositivo clínico. Hay que ser claro, se trata de un cuerpo inconsciente que se “construye” en el entre dos, ahí donde uno habla y otro escucha.
El cuerpo erógeno es el shibboleth del psicoanálisis, su santo y seña. Para Jacques Lacan, el ser viviente es un cuerpo, sí, pero un cuerpo que goza. Distinto al cuerpo cartesiano, el de la ciencia, que se caracteriza por ser una sustancia extensa, para el psicoanálisis se trata de un cuerpo gozante: disfruta sufriendo.








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