Silvia Pérez Rodríguez
“… Al realizar la selección de estos trece cuentos en memoria de la abuela, me remonté a mi niñez. Aún me parece mirar su figura delgada, sentada en su silla mecedora, en el zaguán, rodeada por los niños vecinos del barrio. Sus ojos blanquecinos, sin vida, parecían mirarnos uno a uno y preguntaba con su voz carraspera, mascullando las palabras “¿cómo se portaron en casa?” Todos decíamos que bien, pero no faltaba el chismoso que decía “Juanito le dio una cachetada a su mamá y no lo regañaron”, “Lupita no ayudo en los quehaceres a su mamá”, así decidía el cuento que nos narraría al anochecer. Nos acomodábamos sentados en las baldosas del zaguán y su sonrisa molacha, preámbulo de la narración, nos emocionaba. Con sus cuentos y moralejas pretendía corregirnos, para que al crecer fuéramos hombres y mujeres de bien. Sin embargo, al terminar esta recopilación, caí en la cuenta de que este libro no sería, para nada, un libro para niños, y menos para leerlo antes de dormir. Sus historias macabras nos llenaban de miedo y nos provocaban insomnio. Así fue que llegué a la conclusión de que la abuela fue como la bruja: piel enjuta, nariz curva, sin faltar la clásica verruga. Experta en asustar niños, más que hacernos reflexionar. Nuestra mente hacía el resto”.









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