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Fotografía

· agosto 24, 2018

Daniel León Islas

Después de ausentarse varios años de Londres, Max ha regresado para presentar una exposición fotográfica sobre los nómadas del Tíbet y recaudar fondos para el monasterio de Kopan. Ocasión que aprovecha la Universidad de Cambridge para invitarlo a dictar una conferencia sobre “retrospectiva mística”. Sonríe apacible, toma el micrófono, respira lentamente; se queda callado durante unos segundos… Estoy feliz de estar aquí después de tanto tiempo; tengo gratos recuerdos. Aquí conocí a mi fallecida esposa, quien me acompañó muchos años y que un día tuvo que partir para darle continuidad a su existencia. Al terminar la charla, el público queda fascinado con su ponencia. Le entregan el reconocimiento Royal Cambridge, que se otorga a miembros destacados. Baja del escenario, estrecha la mano a varios de sus antiguos profesores; el actual rector le agradece que haya aceptado la invitación. Se dirige hacia la salida del auditorio, donde lo espera un chofer para llevarlo a la galería Osborne. Una semana después regresa a Katmandú, Nepal, lugar donde reside actualmente.

Lucy Branson fue la alumna más brillante en la carrera universitaria de periodismo. Alegre, divertida, de mirada enigmática; le gustaba practicar el paracaidismo, surfear en las playas australianas y esquiar en los alpes suizos. Pertenecía a una acaudalada familia judía. A menudo bromeaba y se definía como una mezcla de Lady Diana y la Madre Teresa de Calcuta, personajes que siempre admiró. En su tiempo libre le gustaba hacer actividades altruistas en orfanatos.

Max Rowling por su parte fue un alumno destacado en artes visuales. Curioso, analítico, apasionado; también provenía de una familia adinerada agnóstica. Más reservado que Lucy, le gustaba la música clásica, tocar el piano; era amante de los libros de filosofía y admirador del taoísmo. No creía en Dios, pero le molestaba que lo catalogaran como ateo.

Nunca le gustaron los deportes extremos que Lucy practicaba, pero siempre la acompañó desde que se hicieron novios, cuando ella tenía veintidós años. En esos viajes Max se desconcertaba por una actitud extraña, que sucedía casi siempre al terminar los recorridos: se quedaba absorta mirando el horizonte; daba la impresión de estar en un estado catatónico; le hablaba, pero no respondía. Él le preguntaba qué sucedía; ella respondía que sólo oraba en silencio.

Llevaban tres años de noviazgo y un día Lucy se apareció en el departamento de Max con esa mirada profunda que la caracterizaba: vengo a invitarte a que vayamos al registro civil. Entusiasmado por la propuesta de matrimonio que ya habían platicado durante el último viaje, se arregló y se dirigieron al centro de Londres. Al llegar una sensación de sobresalto embargó su cuerpo, y con un nudo en la garganta él preguntó: ¿Y nuestros padres?

Bien sabes que ellos jamás estarían de acuerdo.

Ya casados, se tomaron un año sabático para conocer las culturas ancestrales de América Latina; posteriormente se dedicaron por entero a sus profesiones. Max comenzó a viajar por África para retratar paisajes de la naturaleza, la vida animal y tribus nómadas. Eventualmente colaboraba en la revista Horizontes. Lucy, por su parte, se dedicó a dar cátedra en la universidad donde egresó; también laboraba para la revista Nueva Psique, donde le encomendaron hacer un artículo sobre los pacientes del Hospital Psiquiátrico Real de Bethlem. Su trabajo consistía en elaborar un álbum fotográfico, documentando las posibles causas que habían llevado los pacientes a tal estado demencial.

A partir del trabajo en el manicomio, hubo un cambio radical en ella: su aspecto personal desmejoró; se obsesionó tanto que permanecía horas con la mirada fija sobre su computadora. A veces se quedaba a dormir en las instalaciones de la revista; casi no se arreglaba; olvidaba las clases en la universidad, y poco tiempo después fue despedida. Su residencia era un caos: ropa sin lavar, trastes sucios apilados y fotografías de enfermos mentales pegadas por todas las paredes.

Con el pasar de los días, su energía vital fue disminuyendo; dormía un par de horas. Dejó de presentarse a las instalaciones de la revista, optando por enviar sus reportes por correo electrónico. A pesar de esto la mantuvieron al frente del proyecto, porque su trabajo era admirable.

Max, que se había ausentado por varios meses y ahora se encontraba en India, estaba preocupado por Lucy, ya que en las últimas semanas no le había contestado ni sus llamadas ni sus mensajes de texto. Había terminado el proyecto que le encomendaron y, a pesar de tener en puerta un viaje a Nepal para fotografiar las montañas del Himalaya, decidió postergarlo. Regresó a Londres una tarde lluviosa. Nervioso y preocupado, salió del aeropuerto para abordar un taxi.

En cuanto entró al llegar a su hogar, vio una escena que lo dejó perplejo; desastre y suciedad imperaban en el departamento. Con un grito llamó a su mujer: ¡Lucy! Lucy! No obtuvo respuesta. Recorrió todas las habitaciones y no la encontró. Tomó su celular y marcó a su trabajo; le respondieron que no sabían nada de ella desde hacía dos días. Colgó, se sentó en el piso sin saber qué hacer. De pronto pensó en voz alta: ¡Sus padres! A pesar de no tener una buena relación con ellos, marcó. Le contestó su suegro: ¿Cuándo regresaste? ¿No sabíamos cómo localizarte? Lucy está muy enferma, la tuvimos que internar en el psiquiátrico.

¿Por qué ahí?, preguntó alarmado Max.

Los médicos aún no determinan qué enfermedad padece. Los primeros análisis muestran que fisiológicamente está bien, pero es su mente la que nos preocupa. Su mirada se queda fija durante horas frente a la pared.

¡Voy al hospital!

No te dejaran verla, hasta mañana por la tarde. La tienen sedada.

Eran las doce del día. Max estaba en el hospital; la recepcionista lo demoraba. Algo no estaba bien: doctores y enfermeras entraban y salían apresuradamente. El médico en turno se dirigió a él con un tono frío. Lo siento, su esposa ha fallecido.

Pregunta consternado: ¿De qué murió?

Sufrió un derrame cerebral.

Se quedó pasmado. Trató de sentarse, asimilar la noticia; y una marejada de pensamientos devastadores se desplomaron sobre él: ¿Por qué me fui tanto tiempo? ¿Por qué no supe nada antes? y un sinfín de porqués.

Regresó al apartamento a buscar los papeles para el trámite funerario. Se sentó sollozando en la cama. Pensaba cuánto iba a extrañar esos ojos intrépidos café claros. Revisó los cajones, sacó carpeta tras carpeta, verificando su contenido. No encontraba lo que necesitaba. Un expediente encima del escritorio llamó poderosamente su atención, era de la investigación del psiquiátrico. Lo leyó… Un enfermo mental afirmaba ser un maestro tibetano, recordar su vida pasada y asegurar que la muerte tan sólo era una ilusión. Eso lo hizo mirar con detenimiento una nota con la caligrafía de Lucy: “Todo lo que vive debe morir para después renacer. Busca la respuesta en Nepal, Max.” Le pareció extraño, jamás le comentó de ese proyecto en aquel país asiático.

Después del sepelio, no quiso permanecer en Londres. Sólo deseaba regresar a Nepal para continuar su trabajo y mitigar su dolor. Mientras esperaba el vuelo, entró a una de las librerías del aeropuerto. Un libro llamó su atención, era el best-seller Reencarnación, mito o realidad. Sin pensarlo dos veces, lo compró y la lectura lo atrapó inmediatamente.

Por la noche llegó a un hotel en Katmandú. Trató de descansar, pero lo angustiaba pensar en la súbita muerte de su esposa, en la nota y el libro. Poco a poco lo venció el cansancio; se quedó dormido. La luz comenzó a filtrarse sobre la cordillera nevada: era una invitación esplendorosa para llegar a la cima del mundo; el camino escabroso era una alegoría de piedra rodeada de banderas multicolores; al lado había un monolito tallado con símbolos desconocidos, que al tocarlos lo transportaron a un espacio donde se respiraba paz; se sentó regocijado de una quietud inusitada, mientras observaba las velas, imágenes, extrañas reliquias. La silueta de una mujer sentada de espaldas llamó su atención. Fue hacia ella para verle el rostro. Conforme se acercaba, su corazón latía aceleradamente. De pronto la fuerza resonante de un gong lo sacó de aquel sueño revelador. Eran las seis de la mañana, la sonoridad indicaba la hora de la meditación en un templo budista. Volvió a escucharlo y todo su cuerpo vibró, era una sensación que nunca había experimentado. Sin pensarlo se dirigió hacia allá. En la entrada había un monje que lo miró fijamente y le dijo con serenidad: Bienvenido, Max, te estábamos esperando.

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