Gerardo Lino
Cada poeta debe correr mundo. Más que físicamente, lo hace a través de los libros, de la imaginación y las emociones; así conoce lo humano, lo inhumano y lo sobrehumano, hasta los límites que su lenguaje le permita.
Entre la numerosa diversidad del mundo, el poeta irá encontrando sus temas; pero es lo de menos. He olvidado quién aseveró que sólo hay dos temas en la literatura: el amor y la muerte. En su aparente reduccionismo, reside algo de la verdad. Sin embargo eso también es asunto menor.
Más que mundo y más que temas, el poeta se ocupa esencialmente de una sola cosa: la busca de la forma que le corresponde a cada poema —o relato, novela, ensayo—. He ahí su real dedicación.
Escribe Calasso: “Ésta es, precisamente, la palabra decisiva: forma. […] el fondo que está debajo de todo fondo. […] No existe ningún lenguaje superior a las formas, que pueda explicarlas, hacerlas funcionales para otra cosa. Lo mismo sucede con el mito. […] sigue siendo el ‘misterio evidente’ —en palabras de Goethe— de toda forma.”
Ahí les encargo.
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Roberto Calasso, “Literatura absoluta”, La literatura y los dioses, Anagrama, Barcelona, 2002.









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