Mauricio Ortiz
En algún rincón del cuerpo vive el gusano. Pudre poco a poco la carne en tanto se alimenta. En su oscuro escondite se regodea.
Entró por la planta de los pies, cuando larva, y recorrió vena tras vena antes de establecerse en el parénquima hepático. Ahí creció horadando el tejido suculento. Llegado el tiempo de procrear, multiplicó sus avideces y se lanzó en busca de nuevos derroteros. El páncreas casi lo mata; el pulmón fue un laberinto; en algún músculo del tórax encontró su hogar definitivo.
Su cerebro de gusano no contempla otra cosa que la sustancia inmediata y los simples movimientos de su propio cuerpo. El oxígeno le llega por la piel: necesita estar en contacto con sangre fresca.
Un día, a la calentura circundante siguió un silencio completo y el descenso gradual de la temperatura. La sangre se detuvo. No más palpitaciones lejanas, ni movimientos bruscos ni cambios de ritmo. La oscuridad, por decirlo de algún modo, era más densa.
Una sabiduría genética lo movilizó al punto: había que salir a toda costa. Primero atravesó parajes tisulares por completo desolados, avalanchas de sangre descompuesta, rotas telarañas de vasos linfáticos y nervios. Pronto comenzó a toparse con túneles nuevos y más amplios que los suyos, y al cabo tropezó con el primer contrincante. Cerca de la superficie los encuentros fueron cada vez más frecuentes y violentos.
Afloró por fin sobre la espalda y comprobó que todo había acabado. Una multitud, decenas, cientos de miles de gusanos gordos y resbalosos pululaban nerviosamente sobre el cadáver.
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Reproducido de Mauricio Ortiz, Del cuerpo — Ensayos de pie y de cabeza, Tusquets Editores, México, julio de 2016.









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