Fernando Sánchez Clelo
—¡El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra! —increpó el Milagroso.
Las rocas fueron cayendo de las manos de la muchedumbre; agacharon la cabeza y se retiraron en silencio. La mujer se salvaría de la condena, pero una piedra redonda y pesada le recordó al Milagroso que él era un ser inmaculado y…









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