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Ficción sediciosa como un cadáver maquillado

· noviembre 12, 2015

Agustín Monsreal

¡A la gente se le ocurre cada cosa! ¡Ah, la gente! ¡Mira tú que salir ahora con que frankestein era un muchacho malo! Pues no, fíjate que no, para nada. Que parecía un poquitín áspero de carácter, ni quien lo dude, y que se cargaba una cara brusca de volcán en erupción, una mirada imponente de águila real, una estatura de rascacielos y una complexión de locomotora más o menos agraviante e intimidativa, ni hablar; pero, ¿y qué con eso? Qué derecho tiene nadie de juzgar y censurar como si fuesen enfermedades secretas o actos fuera de la ley estas sólidas cualidades de nacimiento, estos méritos individuales de la naturaleza humana. Pues ningún derecho, digo yo, ninguna autoridad moral. No sé tú qué opines de tus orejas, por ejemplo, o de las meninges de tu hermana.

Bueno, la cuestión es que estos dones y facultades, hay que reconocerlo en su descargo, se debían a una mera circunstancia genética, ya que era muy idéntico a su padre, un viejito a la mitad de la vida muy bien conservado para su edad, hombre de abultada ciencia, chaparritico él, de estampa apacible, risueño y calvo, bizco del ojo izquierdo (¿o se trataba del derecho?, no estoy seguro) y apasionadamente distraído, por lo cual los detectives privados de la oficina de migración lo confundían a cada rato con jack el destripador. Pero además, estas virtudes lo convertían en el solterón más popular entre las viudas que iba dejando a su paso la guerra y daban armas a sus enemigos de miércoles y sábados en el dominó para considerarlo juicioso, sensible, extravagante y depravado. En realidad, a lo más que llegaba el pobre anciano era a llevar de vez en cuando una existencia nocturna moderadamente canalla y disipada. Y, merced al extraordinario parecido físico e inmoral que desde el primer instante hubo entre él y su unigénito, el doctor frankestein lo bautizó con su mismo nombre por tres razones: la primera, esa vanidad ordinaria de cualquier padre primerizo; la segunda, esa vanagloria vulgar de todo hombre de ciencia (quién sabe hasta cuándo se les va a quitar a los papás y a los científicos esa manía de ponerle su nombre a cuanto se les para enfrente); y la tercera nadie ha conseguido averiguarla, aunque se sospecha que muy posiblemente se trate de una combinación de las dos anteriores.

Y ahí tienes que, para envidia de muchedumbres, el pequeño frankestein, no obstante estar estigmatizado desde la más tierna infancia por la orfandad, pues todo el barrio sabía que la mamá falleció justo dos años antes de que él naciera, conoció una niñez repleta de mimosidades y regalos, rodeado de flores azules y amarillas y arroyuelos verdinegros y vacas asombradas con el rudo paso de los trenes y charlas vespertinas y aleccionadoras acerca de un dios sereno y sabio allá en las alturas, mero atrasito de esa nube panzona, ¿la ves? Poquito antes de cumplir los diecisiete sostuvo, con cierta tía materna, una minuciosa experiencia íntima y definitiva que lo marcó para el resto de sus días con media docena de cicatrices de arañazos en la espalda. Y luego, como a casi todo adolescente, le dio en una época por las recias pasiones prostibularias, la hombría menor del alcohol, el cigarro, el aburrimiento, y por la idea vil y obsesiva de que su padre era un perro sarnoso y desdentado, un represor hediondo y cruel que no lo comprendía, encima de que lo echó a la vida sin consultarlo; tú sabes: yo no te pedí nacer, mejor hubiera nacido muerto, lo que pasa es que a mí nadie me quiere… las burradas de siempre. Andando en tales andares, alguna compañera de clase lo instruyó en el uso del preservativo y, con todo y eso, no menos de varias veces tuvo que utilizar penicilina para sacarse del cuerpo males venéreos inconfesables. De esta manera, entre angustias y depresiones y picardías carnales, éxtasis místicos, frentazos contra las matemáticas y una que otra acción de gracias dominical, transcurrieron sus primeros años de universitario; los siguientes los pasó casi de incógnito debido a que se le llenó el rostro de granos, y para que la profesora de natación y la de lectura de los clásicos no le jugaran bromas macabras, en las aulas se disfrazaba de bufón enano en la corte del rey arturo, de cretino en las carreras de caballos o de persona decente.

Más tarde, estimulado por las aventuras cinematográficas de francisco de asís y de felipillo de jesús, y a causa de la experiencia atroz y sublime de haber padecido acné, se le ocurrió, tras una larga, profunda, agotadora meditación en movimiento de treinticinco segundos y medio, inscribirse en un curso de actuación stanislavskiana por correspondencia con el sórdido propósito de consagrarse en espíritu y materia a los arbitrios del séptimo arte. Se aplicó al estudio bastantes horas diarias y en menos de dos semanas obtuvo su título y su diploma de actor. Consciente de que las cosas deben hacerse como se deben hacer, determinó comenzar como los grandes: desde abajo. Así que se metió a trabajar de mesero en un restorán llamado Los sótanos del quinto infierno, de engrasador de rieles en el subterráneo, de bailarín de tap en un bar de los subsuelos y de florista en las bodegas de una funeraria. Al cabo de unos diez días fue descubierto por un rastreador de talentos y de este modo, un viernes a eso de las ocho de la noche, emprendió al fin la veloz carrera de astro universal en jólivud. Su padre, cuando se enteró de la noticia, estuvo a punto de sufrir un infarto glandular, exclamó ¡por las pantuflas del papa!, pegó tres salticos de dicha y extirpó de su laboratorio las numerosas y sugestivas fotografías que atesoraba de la virginal pola negri y colocó en su lugar las de la melindrosa y cursilínea jean harlow, con quien su muchacho de porra iba a rodar en su primera película caracterizando a un inculto indio comanche (sin parlamentos).

Sólo que frankestein, en su bella candidez, no contaba con la índole dispareja del destino, que al igual que el macho cabrío en la montaña suele maniobrar en forma impredecible. Por aquellos tiempos la humanidad, no contenta ni agradecida con la depresión económica y las metódicas humoradas bélicas de moussolini, de hitler y de franco (esos tres simpáticos granujas que aún hoy nos estremecen con sus maldades y sus locuacidades), deseaba experimentar un nuevo estilo de placer para distraerse de los problemas cotidianos. Buscando y rebuscando, los cerebros de la mercadotecnia del celuloide dieron entonces con la improvisación harto genial del monstruo de la pantalla y el cándido frankestein, después de haber interpretado en siete filmes el papel de siete incultos indios comanches (sin parlamentos), y no nada más porque estaba maniatado por un contrato explotador sino también porque había invertido cuanto le pagaron de adelanto en un lujoso vestuario personal consistente en un esmoquin, dos pantalones de lana irlandesa y una corbata hecha a la medida, se encontró forzado a abolir su proyecto de ser el primer galán feo pero con apostura impúdica y encajar en la personificación antidotada y excremental de ese mal bicho que estrujó los corazones del orbe con sus villanías. ¡Imagínatelo al pobre!

Y surgió así el terrible engendro de tacones desmedidos, párpados acostados y gruesos tapones de corcho en la yugular que nos acobardó la niñez con sus braceos de sonámbulo, sus complejos de grandulón sanguinario y sus gruñidos y mugidos horripilantes a manera de parlamentos. La magistral actuación de frankestein estuvo a punto de deshonrarlo con un premio de la academia, pero se lo birló drácula, que en aquella ocasión revivió ante las cámaras a lord byron tomando el sol boca arriba. Y, no obstante que su magnificencia dio la vuelta al planeta y por doquier el público desquiciado y lujurioso lo ovacionaba y lo imprecaba ¡monstruo!, ¡monstruo!, ¡tú sí eres un lascivo, un legítimo monstruo!, esta conmoción universal duró lo que en la eternidad perdura un segundo, pues detrasito de frankestein vinieron, bien te has de acordar, acontecimientos históricos tales como la bomba atómica y mickey mouse y bambi y las comedias musicales a todo color y la televisión en blanco y negro, y por supuesto, del benemérito adefesio sólo quedó un remedo de memoria, el necesario apenas para meterles su ración de espanto a las jovencitas que todavía se orinan en la cama. Las multitudes, veleidosas e ingratas por naturaleza, lo habían olvidado.

¿Por qué son tan injustas y malagradecidas las multitudes? Misterio. Misterio inescrutable.

Sin embargo, no concluye ahí la firme epopeya de frankestein, ya que tuvo un nuevo resurgimiento y fue éste, en realidad, el que le zampó la penitencia, es decir, la fama infausta que en el mundo tiene de muchacho perverso: realizó para el cine la primera versión, la auténtica, fidedigna, clásica, la más espantosa de todas cuantas se han cometido, de aquel ogro barrigudo devotamente reputado por su aviesa, ruin, real, escalofriante carcajada de felicidad: ¡santa claus! (24 explosivas, horripilantes risotadas en vez de parlamentos.) Infamia célebre, estupidez genial, aberración tan siniestra, tan perniciosa, tan deleznable, que su propio padre exclamó ¡ah, muerte de kukulkán! y, sin avisarle siquiera por teléfono o por telegrama, le retiró a un mismo tiempo la mensualidad y la palabra y clausuró el famoso museo doméstico que había instalado en el vestíbulo de su laboratorio para declarar a su muchacho monumento nacional. Lástima, de veras una lástima, ya que se trataba de un museo en el que hoy podríamos venerar a muy bajo costo objetos insustituibles del pasado de frankestein cuya contemplación nos helaría la sangre: el triciclo que usó de los nueve meses a los doce años, un diente de leche, el hilo de pescar con que su padre le arrancaba los dientes de leche, sus primeros calzoncillos rojos, una fotografía de cuerpo entero con Mary Shelley en las costas de Escocia, la cucharita de plata con que comió avena durante el sarampión, El Sexo Naturista (tomos l8 al 23) de la Enciclopedia Nutricional mi Órgano de Choque y Yo, con anotaciones certificadas de su puño y letra; las anginas y el apéndice que le extirparon a los cuatro y a los ocho años respectivamente, un zapato izquierdo cuya autenticidad aún está en litigio y dos caramelos a medio chupar.

En fin, continuemos en vez de lamentarnos por lo que ya no tiene remedio. La cuestión es que, ladinamente torturado por la repulsa que causaba en todas partes, desportillado en su fuero interno por el fantasma indoblegable de su propia creación, semejante a un atónito leproso que llevase el collar de la orden de los hermanos de caín, frankestein arrastró su infortunio cruel por incontables bajos fondos, barriadas de inmigrantes y estaciones de servicio, hasta que en una de sus tantísimas caídas, a la sombra de un delicado crepúsculo de otoño, un ferrocarril de carga lo depositó en un pueblecito grisáceo de la frontera sur del norte, junto con trescientas cabezas de ganado que también viajaban en pos de mejor suerte. Allí, estragado por las muchas muelas amarillentas de la desgracia, turulato de hambre, flaco, desnutrido, famélico, igualito a robinson crusoe a su regreso de la isla, a pocos suspiros de fallecer de inanición pues llevaba más de cuarenta y nueve días de alimentarse sólo con naranjas echadas a perder que topaba en los caminos, no le quedó otro remedio que dejar a un lado el orgullo y la decencia y casarse al vapor con la hija medio imbécil de un terrateniente imbécil por completo. La existencia del pobre frankestein en los últimos tiempos había sido una auténtica tragedia neoclásica y era de esperar que acabase cometiendo una estupidez irreparable.

Pareció entonces que los cielos despejaban sus nubarrones para el infeliz actor desempleado; pero lo que es haber nacido de nalguitas y traer el santo de espaldas: la joven cónyuge y heredera, pese a ser gorda —insuperablemente gorda, gordísima, según consta en su fe de bautizo— y de poseer varios cientos de hectáreas y caballos indómitos y algunas decenas de trabajadores indocumentados y recursos financieros de sobra para mandarse construir obras de riego y adquirir semillas mejoradas y cerros de fertilizantes, pues no, ni modo, la inocente salió más estéril que el sueño de una ternera enamorada. Y con todo y eso, mira tú, nuestro héroe le fue fiel desde el minuto que la conoció hasta el día en que cumplió los seis meses de matrimonio, que fue cuando un pastel de pollo aderezado con un escopetazo en medio del pecho le provocó un fallecimiento audaz, magnífico, por lo rápido y lo inesperado. “¡Todo el mundo a bordo!”, azuzó enigmáticamente en su penúltimo estertor agónico; en el último ya no alcanzó a articular palabra, por lo que el enigma quedó sin resolver. La inconsolable autoviuda, con palabras que repitieron a la mañana siguiente casi todos los diarios —incluidos los de australia central—, expresó ante el sarcófago de su amado que morir es el sino de cuanto en la tierra florece —grave verdad para frase tan breve en un funeral, ¿no te parece?—. Y durante el novenario, entre sorbo y sorbo de café, agudas conversaciones de modas con las amigas y suspiros inevitables consagrados al ausente, escribió este espléndido poema que no le publicó nadie:

Antes mis ojos vivían para verte

desde que te fuiste

viven para llorar.

Mi abuelo, que en su juventud lo conoció de oídas, confirma y sostiene que no, que frankestein no era malo, qué iba a ser, al contrario, que poseía configuración de santo y hábitos de buey educado en la indigencia: “El perjuicio estuvo en que sacó el vicio del papá, que era un adicto del imperialismo jolivudense, y eso fue en verdad lo que lo perdió. Lo demás son ocurrencias, invenciones que de puro ociosa fabrica la gente.” Ah, la gente.

——

El autor nació en Mérida, Yucatán. Es poeta y narrador. Ha sido cofundador y codirector de las ediciones La Bolsa y La Vida. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento (1970), patrocinado por el INJM; el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí (1978) por Los ángeles enfermos; el Premio Nacional de Poesía Punto de Partida (1980) y el Premio Nacional de Periodismo (1982) por su columna Tachas en Excélsior, entre otros.

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