Antonio Bello Quiroz
Las formas que el amor toma en una época determinada son de muy variada tesitura; en la sociedad que vivimos hay, sin embargo, expresiones del vínculo con el objeto amoroso que son frecuentes en casi todas las personas: una de ellas es el fetichismo. Freud le concedió importancia al estudio del fetichismo en las neurosis y las perversiones; incluso acuñó una fórmula donde “la perversión es el negativo de la neurosis”. Así, si el fetichismo es una perversión entonces algo de esa práctica se juega en el deseo de todo neurótico.
El psicoanálisis se propone tratar al fetichismo como un síntoma, es decir, un mensaje que se encuentra cifrado. Así, el objeto fetiche (zapatos, vello púbico, calzones, cabello y un largo etcétera) es representación simbólica que nos habla de un efecto de sentido.
La palabra fetiche tiene su raíz en el latín facticius, que significa “artificial”. De ahí proviene el portugués feitico, que significa manía, magia o hechizo. Para Charles Brosses el fetichismo consiste en la adoración por parte de una etnia o grupo a un objeto inanimado y consiste el estado primitivo de toda religión. En el ámbito propiamente clínico, la palabra fetiche adquiere uso común como patología psíquica de la mano de Krafft-Ebing al hacer referencia a un estado de excitación sexual en un sujeto dependiente en exclusiva de un objeto. El fetichismo ha sido considerado como la perversión sexual por antonomasia.
Freud escribe en 1927 un artículo que consigna con el nombre de Fetichismus. Ahí el padre del psicoanálisis nos dice que el objeto fetiche es por regla un objeto inanimado, y se trata de un objeto tomado de la realidad que tiene la función de ocultar lo que en psicoanálisis se conoce como castración de la madre. Sin embargo, el fetichista, al negar la castración mediante el uso de un objeto que oculte (generalmente aquellos que mantendrían la mirada y el interés debajo de la cintura) también la señala. Así, el objeto fetiche obtura y al mismo tiempo muestra la falta. Para Lacan, el fetiche sería un objeto que viene a suplir imaginariamente el vacío que deja la ausencia de goce; se trata de la negación ante el horror vacui, pero si al mismo tiempo que lo hace señala la ausencia, entonces más que negar, deniega la castración. Se trata de una actividad que señala la ausencia negándola.
Para el psicoanálisis, esa teoría, clínica y método de investigación, todo a la vez, inventado por Sigmund Freud, el sujeto se encuentra regulado en sus tendencias a lograr la satisfacción absoluta por un orden simbólico que se designa como “el gran Otro”, así con O mayúscula para distinguirlo del otro como semejante. Ese Otro comprende la serie de leyes que regulan la convivencia con los otros semejantes, lo mismo que “eso” que regula el vínculo con la cultura, con nuestro cuerpo y con el lenguaje, lo que le daría una identidad hecha de palabras y una posición como ser sexuado. Sólo a partir de la operación de ese Otro que regula es posible resignar la satisfacción sin límite permitiendo así el acceso a la cultura y el reconocimiento de una subjetividad. A esta regulación, auténtica limitación del goce, se le conoce como castración.
Si para el psicoanálisis, en la línea de Freud a Lacan, el humano es esencialmente un cuerpo insatisfecho en búsqueda irrefrenable de la absoluta satisfacción, la condición humana, el drama propio de lo humano entonces se jugará entre un estar en falta y una búsqueda interminable por saciarla. El objeto fetiche, las acciones fetichizadas, se vuelven así un vehículo (en el caso del fetichista se juega como objeto exclusivo e inamovible) de goce. Para Lacan el fetiche es un sustituto del falo, es decir, un sustituto del significante del deseo del Otro, que se muestra siempre enigmático en tanto que el falo es siempre el significante de la falta de completitud. Lo que anularía la diferencia, la diferencia que se instaura esencialmente entre los sexos.
En una sociedad que está completamente en manos del capitalismo salvaje, la publicidad en las redes sociales se ha vuelto el gran escaparate donde se exhiben todos aquellos objetos que son presentados como aquellos que lograrán obturar la falta, es decir, el mercado de los objeto fetiche; nos encontramos, con la publicidad, dice Agamben, “con el cuerpo glorioso que se ha convertido en la máscara tras la cual el frágil y diminuto cuerpo humano continúa su precaria existencia”. Es así como el consumo se ha vuelto el gran fetiche de nuestro tiempo: consumir es el mandato superyoico, no importa qué, drogas, medicamentos, artículos, tiempo… imagen.
Pese a ser un texto de 1930, El malestar en la cultura hoy más que nunca nos revela la tensión entre las exigencias culturales y las exigencias pulsionales de cada sujeto, todos metidos en una loca carrera por alcanzar la satisfacción pulsional, a costa de lo que sea, incluso de su propia vida, renunciar a la vida para poder vivir de acuerdo a los mandatos insensatos del superyó; tal es el caso, por ejemplo, de quienes se enrolan en los circuitos del narcotráfico.
El amor, las formas de amor, también han sido fetichizadas en exceso. Es decir, las formas del amor han pasado a formar entre los artículos de consumo, circulan en las redes, donde la imagen es lo más valioso, lo único. La imagen funciona así como objeto fetiche, como el falo que ha sido reducido a sólo impronta imaginaria, evadiendo así la realidad que implica la dimensión simbólica. El amor ha sido reducido a la lógica del mercado, a la lógica del buen consumidor, que es la que asume que lo que adquiere tiene fecha de caducidad programada, es desechable. Quien no se adhiera a esta lógica será ubicado como el “consumidor fallido”, como “perdedor”, como un desecho o desperdicio irrecuperable del sistema, y más aún: es señalado como ejemplo de lo que le puede ocurrir a cualquier otro consumidor si no está a la altura del mandato imperante. En esta lógica de los mercados, el propio sujeto es llevado a ser él mismo objeto de consumo, es decir, un producto que resulte atractivo para la sociedad, para el mercado. Desde luego, se trata de un mercado que cierra los oídos a la diferencia, que no “ve” sino aquello que el Otro le mandata para no dejarlo fuera del circuito, para que no pueda sino proponerse como objeto a del Otro amo, es decir, en el máximo borramiento de su dimensión de sujeto.
Atreverse a salir de ese circuito no es sin angustia, es un lanzarse al vacío para poder hacerse de la propia palabra.








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