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Feminicidio intelectual

· julio 21, 2018

Andrea Tovar

El feminicidio, de acuerdo a la definición de la Real Academia, es el asesinato de una mujer por razón de su sexo. Es un acto criminal extremo en una cultura patriarcal y forma parte del concepto de violencia de género en una sociedad. Sin embargo, en este caso cuando hablo de feminicidio no me refiero a una acción o una palabra que haya que censurar socialmente y comprobar jurídicamente, me refiero a una cultura, una forma de pensar e interpretar la realidad en distintos niveles. El feminicidio intelectual representa una crisis social y de valores, es un fenómeno complejo que ha sido deliberadamente ignorado a lo largo de la historia, como queda claro al ver el panorama de la representación de las mujeres en distintas ramas del arte.

Por mucho tiempo se consideró que la creatividad y la feminidad eran incompatibles, asociando la actividad artística a la virilidad, concepción que se llegó a tomar como una verdad absoluta y tuvo en consecuencia la negación de la capacidad artística de las mujeres. Así, en el siglo XIX encontramos evidencia de lo anterior en afirmaciones como la de Cesare Lombroso, médico y criminólogo italiano, quien en su obra La mujer delincuente, la prostituta y la mujer normal (1899) afirma que las mujeres escriben menos que los hombres, “no por el efecto de las circunstancias, sino a causa de un desarrollo menor del centro gráfico del cerebro”, o como la declaración del pintor Auguste Renoir: “Considero monstruos a las mujeres que se creen autoras, abogadas y políticas, como George Sand, Madame Adam y otras aburridas; son como terneras de cinco patas”.

De esta forma, las mujeres artistas resultaban una incongruencia o una paradoja, y la explicación a su existencia fue que sus creaciones eran fruto del hombre que llevaban dentro; por lo tanto eran mujeres con características masculinas y no representaban más que una excepción. Por eso, cuando resultaba inevitable reconocer la destreza de una mujer, se la homologaba a un hombre para admitir su genio, como Charles Baudelaire dijo de la pintora Eugénie Gautier: “pinta como un hombre” o como las palabras de Gustave Flaubert a la muerte de su amiga Aurore Lucile Dupin (George Sand): “Había que conocerla como yo la he conocido para saber todo lo que había de femenino en ese gran hombre, la inmensidad de ternura que se hallaba en ese genio.”

No obstante, enfocándome en el caso de la escritura, a pesar de que no siempre fue un espacio asignado a la mujer, muchas encontraron la puerta de la expresión y lograron publicar su obra, no sin trabas; incluso tuvieron que recurrir al uso de seudónimos masculinos, como Cecilia Böhl de Faber, quien publicaba con el nombre de Fernán Caballero. Entre su vasta obra tenemos La gaviota, publicada en 1849, novela costumbrista y calificada por la crítica como pre-realista. En el mismo caso, como mencioné, se encuentra Aurore Lucile Dupin (Amantine), conocida como George Sand, autora de Indiana (1832), Valentine (1832) y Leila (1834) —novela con la que tuvo gran éxito—, Un invierno en Mallorca (1842), El “compagnon” de la vuelta a Francia (1841) —la primera novela francesa que tiene por protagonista a un obrero— y muchas más.

Por otro lado, están las escritoras que fueron parcialmente borradas de la historia o que deliberadamente no fueron incluidas en los movimientos artísticos y literarios de su generación. Un ejemplo claro es la generación del 27, uno de los movimientos artísticos e intelectuales más importantes de la cultura española, donde sus miembros masculinos son ampliamente conocidos (Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Dámaso Alonso y Miguel Hernández, entre otros). Sin embargo, las mujeres de esa generación, a pesar de ser reconocidas por sus homólogos masculinos y de que triunfaron en su tiempo, no son incluidas como artistas de este movimiento y han sido parcialmente omitidas de la historia artística española. Actualmente a este grupo de mujeres se le conoce como Las Sinsombrero y entre sus integrantes aparecen los nombres de las escritoras Ernestina de Champourcín, María Teresa León, Concha Méndez, Rosa Chacel, Josefina de la Torre y la filósofa María Zambrano.

De igual manera, en Estados Unidos en los años cincuenta tenemos a la generación beat, grupo de autores con una postura en contra de los valores mayoritarios de la cultura norteamericana y que se caracterizó por su abierta libertad sexual, el uso de drogas, su influencia de otras culturas, sobre todo orientales y su lucha contra la censura. Entre sus miembros tenemos a Gregory Corso, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs, siendo los tres últimos quienes componen las definiciones más estrictas de la generación beat. Al igual que en la generación del 27, no vemos nombres femeninos como representantes de este movimiento. Al preguntarle sobre la ausencia de mujeres en este periodo, Gregory Corso en 1994 comenta: “Hubo mujeres, estaban allí, yo las conocí, sus familias las encerraron en manicomios, se las sometía a tratamiento por electroshock. En los años cincuenta, si eras hombre, podías ser un rebelde, pero si eras mujer, tu familia te encerraba. Hubo casos, yo las conocí. Algún día alguien escribirá sobre ellas.” Entre estas mujeres encontramos a las poetas Lenore Kandel, Denise Levertov, Elise Cowen, Diane di Prima, Mary Norbert Körte, Hettie Jones, Joanne Kyger, Ruth Weiss, Janine Pommy Vega y Anne Waldman, de quienes la editora y traductora Annalisa Marí Pegrum recopiló su trabajo en el libro Beat attitude: antología de mujeres poetas de la generación beat. La antologadora nos dice acerca de los temas que abordaban estas poetas poco conocidas con respecto a los hombres de su generación:

“En general hablan de lo mismo que los hombres: la espiritualidad, las filosofías orientales, la alteración de la conciencia, el jazz, la escritura automática, viajes, reivindicación social y política […] pero observamos temas nuevos: menstruación, partos, abortos, hijos, frustración de estar a un lado de la carretera, invisibilidad, la espera, y la presencia de lo doméstico. Hay que decir que, confinadas al espacio doméstico por sus compañeros de generación, desarrollan una interesante escritura dentro de la casa y convierten lo doméstico en tema literario que apenas se encuentra entre los hombres.”

En Latinoamérica tenemos el fenómeno del boom, que surgió entre los años 1960 y 1970, cuando el trabajo de un grupo de novelistas latinoamericanos relativamente jóvenes fue ampliamente distribuido en todo el mundo. Uno de los principales editores que impulsó estas publicaciones fue Carlos Barral, editor de la prestigiosa casa editorial Seix Barral. Los autores de boom rompieron el esquema tradicional de la literatura utilizando el realismo mágico y manifestaron una profunda preocupación política y social. Entre ellos aparecen Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Hay algunas autoras contemporáneas a este grupo que bien pudieron formar parte del fenómeno, pero fueron excluidas del canon oficial. Carmiña Navia Velasco en su artículo Las mujeres olvidadas del boom menciona dos nombres: Rosario Castellanos y Elena Garro, ambas mexicanas. Rosario Castellanos escribió cuento, ensayo, poesía y teatro. Entres sus novelas tenemos De la vigilia estéril (1950), El rescate del mundo (1952), Balún Canán (1957), Oficio de tinieblas (1962) y Rito de iniciación (1969). En Oficio de tinieblas vemos una obra psicológica y con estructura compleja; muestra un conocimiento profundo de la formación social posterior a la Revolución Mexicana. En Rito de iniciación la autora pone en juego otros tipos de experimentación formal. Por su parte, Elena Garro publicó en 1963 su obra más conocida, Los recuerdos del porvenir. Se trata de una novela extraordinaria y contundente que ha sido insistentemente estudiada. El crítico Emmanuel Carballo escribió sobre esta obra que su “realismo anula el tiempo y el espacio, salta de la lógica al absurdo, de la vigilia a la ensoñación y al sueño. Por eso se le considera una de las iniciadoras del llamado realismo mágico”. La escritora Elena Poniatowska expuso, en un coloquio dedicado a Elena Garro, que Los recuerdos del porvenir es piedra de toque en la literatura mexicana. “Esta novela extraordinaria tiene que ver un poco con el realismo mágico, y se le llamó por eso la antecesora de Juan Rulfo, pero también muy ligada a García Márquez, pero ella valía por sí misma.”

Otro suceso común en la historia de la literatura es el de mujeres escritoras relacionadas afectivamente con figuras importantes en el ámbito literario, en las que el talento y reconocimiento a su trabajo queda ensombrecido por su relación sentimental con colegas más famosos que ellas. Aquí vemos nuevamente a Elena Garro, quien es conocida como la esposa y posteriormente exesposa de Octavio Paz y siempre vivió a la sombra de este opulento personaje. También está la escritora española María Teresa de León, casada con Rafael Alberti, integrante del grupo de Las Sinsombrero y nombre clave en la generación del 27. En 1920, a los 16 años de edad, escribe en el Diario de Burgos bajo el seudónimo de Isabel Inghirami. Fue secretaria de la Alianza de Escritores Antifascistas y fundó la revista El Mono Azul. Cuando estalla la guerra civil española participó en la Junta de Defensa y Protección del Tesoro Artístico Nacional que trasladó las obras de arte del Museo del Prado y de El Escorial. Escribió cuento, ensayo, teatro, novela, guiones cinematográficos y biografías; muchas de sus obras aún son desconocidas, ya que fue una de las mujeres silenciadas por el franquismo y formó parte del grupo del exilio. En una situación similar tenemos a Veza Canetti, esposa del Premio Nobel de literatura de 1981, Elías Canetti. Durante los años treinta escribió relatos cortos para el periódico vienés Arbeiter-Zeitung y más tarde, ya en el exilio, para la revista de Praga Neue Deutsche Blätter. Publicaba con los seudónimos de Veza Magd, Martina Murner o Veronika Knecht, que empleaba también para sus traducciones del inglés. Fuera de estos trabajos, apenas publicó. No fue hasta años después de su muerte cuando empezaron a aparecer algunas de sus novelas, como La calle amarilla (1990) y Las tortugas (1999). También escribió teatro.

Con los ejemplos anteriores nos damos cuenta de cómo las mujeres han estado aparentemente ausentes en muchos ámbitos de la cultura a lo largo de la historia. Aparecen escasamente en la literatura y en el arte. En estos tiempos, se hace necesario visualizar que la violencia hacia la mujer no se manifiesta solamente por acciones físicas, sino de forma igualmente importante, por exclusión e indiferencia. Las raíces de los fenómenos actuales se hallan en la desigualdad histórica entre hombres y mujeres, así como en la discriminación generalizada tanto en espacios públicos como privados, normas culturales discriminatorias y desigualdades económicas. Debiéramos contrarrestar la apatía hacia una realidad que sigue teniendo consecuencias, y recordar que la historia no está completa si sólo se conoce la versión de uno de los lados involucrados.

 

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