Antonio Bello Quiroz
Somos una acumulación de palabras; un hecho consignado mediante
una escritura ilegible; un testimonio que nadie escucha. Salvador Elizondo
Farabeuf fue un médico francés que vivió durante la segunda mitad del siglo XIX y los principios del siglo XX, época que el mundo culto denominaba como del fin de siglo, época donde la medicina veía también nacer al psicoanálisis; pero Farabeuf es el personaje que Salvador Elizondo (1932-206) inventa para escribir una novela que resulta por momentos alucinante, llena de misterio y oscuridad, plagada de símbolos y de una exaltación del instante que rompe con la linealidad temporal.
En Farabeuf o la crónica de un instante el protagonista, por llamarle de alguna manera, es un misterioso médico, cirujano forense, que se ha hecho famoso por los instrumentos que él mismo ha inventado para realizar su trabajo: la amputación de los miembros en los cadáveres. En la primera escena de la novela (que en sí misma es una experimentación literaria) el médico Farabeuf en una tarde lluviosa entra en una vieja casona en París con sus pesados pasos y con la respiración difícil, jadeante. Lleva su maletín clásico de médico y entra en una oscura habitación donde lo espera una mujer. Ella lo espera arrojando las tres monedas del I Ching, ese sistema de adivinación milenario que opera mediante hexagramas simbólicos, o quizá también el ruido que se produce sea el que hace la manipulación de la tablilla llamada ouija. Esto es lo único claro de la historia: después inicia un interminable ensamble de recuerdos, algunos que incluso se repiten con algunos cambios, aparición de voces narrativas que nunca se tiene claro de dónde provienen y que nos introducen en una atmósfera fantasmática, esquizoide.
Salvador Elizondo menciona que leyendo Las lágrimas de Eros de Georges Bataille vio una ilustración de un suplicio chino que le impactó fuertemente y le dio pauta para escribir la turbia, quizá tortuosa, historia de amor entre un hombre y una mujer. La novela que escribe es un reflejo fantasmático de una parte fundamental de su vida, un viaje al infierno en que se puede convertir la relación entre un hombre y una mujer, pero también del infierno que puede devenir de ocupar un lugar en el mundo. Se trata de una incursión por el infierno de la locura; Elizondo mismo sufrió múltiples alucinaciones, delirios, sufrimientos psíquicos que lo llevaron a ser internado en un hospital psiquiátrico. Conoce las oscuridades del alma humana, sus aristas perversas, sus imágenes sin orilla, sin contorno: conoce lo Real.
De esta prolongada inmersión en las profundidades de lo humano vienen las imágenes que en la obra se suceden una a otra sin tregua, metiendo al lector a una vorágine de lo siniestro, sin poder abandonar la lectura porque lo mostrado resulta familiar, nos muestra el lado oscuro que reconocemos sin aceptar, nos alivia que pase en la historia que se nos muestra y así podemos pensar que no es la nuestra.
Las influencias literarias de Elizondo también le ponen en contacto con el lado oscuro (no menos revelador) de la psique humana: Bataille, Baudelaire y, desde luego el Marqués de Sade. El cine de Luchino Visconti le da el ritmo obsesivo en sus imágenes, en las cuales nunca sabemos dónde está la cámara, como en Farabeuf nunca sabemos desde dónde habla el narrador.
Farabeuf entra a la habitación del viejo edificio, y la mujer que espera, la Enfermera vestida de blanco (¿o de negro?) ha visto una imagen de tortura china y ha llamado al experimentado cirujano para someterse voluntariamente al desmembramiento en manos del forense. ¿Qué la lleva a buscar la intervención del cirujano, que no del médico? Nunca lo sabremos: el lector es ajeno, ambiguo, como lo es el narrador mismo de la novela. Lo meticuloso de la narración no abona a la claridad, a la linealidad de los eventos. Lo mismo ocurre con las alusiones al acto sexual, que se hacen de forma métrica, con cronometro: “la puerta se cerró, pasaron algunos instantes; un minuto nueve segundos ab intromissio membri viri ad emissio seminis inter vaginam, un minuto ocho segundos para los movimientos propiciatorios y preparatorios; un segundo para la emissio propiamente dicha”.
El subtítulo de la novela es “O la crónica de un instante”, sin embargo ese instante clímax no aparece, se retrasa conforme lo narrado se extiende, gira en torno al encuentro inicial del doctor Farabeuf y la mujer. ¿De qué instante se trata? ¿Qué instante es aquel que puede conjuntar el suplicio, el dolor, el placer y la ritualidad? Elizondo nos lo deja ver: escribe: “Recordarás entonces esa palabra única que has olvidado y de cuyo recuerdo súbito pende la realización de tu vida; conocerá al sentido de un instante dentro del que queda inscrito el significado de tu muerte que es el significado de tu goce.” Un instante es justamente cuando vida y muerte se conjugan, un instante del que no hay más allá pero tampoco hay contradicción o contraste.
Farabeuf o la crónica de un instante nos muestra el laberinto que se recorre en toda vida antes de estar ante ese momento único de desfallecimiento, ese instante donde algo de la vida está y no está al mismo tiempo; un momento de goce erótico donde el dolor llega al paroxismo por la vía de la tortura, la tortura que se hace voluntariamente; un momento de muerte en la vida que no puede tener otra imagen que el orgasmo: la muerte chiquita.
Para Bataille, como se muestra en Farabeuf, “el erotismo es la aprobación de la vida hasta la muerte”. En Farabeuf, Elizondo pone en juego de manera magistral su visión de la violencia, esa visión que no es trágica, o no solamente; también es sublime. Así puede hacer una analogía entre la tortura y la intervención quirúrgica. Se trata de la violencia que es capaz de subvertir y trastocar cualquier concepción del mundo. Elizondo destaca tres imágenes que se han producido el siglo XX: la fotografía, aquella que reproduce el suplicio chino que se encuentra en Las lágrimas de Eros, de Bataille, la escena del ojo en el proemio de Un perro andaluz, de Luis Buñuel y la escena del asesinato de Nadia en Rocco e i suoi fratteli, de Luchino Visconti. Se trata de escenas de sacrificio ritual en donde los límites se ven transgredidos, donde el cuerpo se muestra como fragmentado.
Para el psicoanálisis los seres humanos nacemos de manera prematura y con el cuerpo fragmentado, y sólo después del encuentro con el Otro primordial, quien opera como espejo, es posible obtener una mínima unidad imaginaria del cuerpo, matriz simbólica del yo (moi). Sin embargo, la amenaza de fragmentación queda siempre latente: el yo se constituye amenazado con la desintegración y se sostiene sólo en la dialéctica de la identificación con el Otro y con el acceso al lenguaje que posibilita sostener un lugar en lo social. Farabeuf es una vuelta persistente que repite de manera inversa este proceso hasta llegar a ese momento, instante de fragmentación, en que la vida se organiza y le pone pausa a la muerte que siempre estará amenazante.








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