Pablo Manuel Rojas Aguilar
La gruesa y alta serpiente posa sus garras de enorme águila, despacio, sobre los viejos sepulcros marmóreos. Sus ojos cetrinos, de miel batida, observan nostálgicamente las montañas, que solía regir con el impulso de sus resplandecientes alas negras, mientras ascendían hacia las cúspides, destechando las chozas de las antiguas villas…
Giró los ojos despreocupadamente y observó las aguas del océano que solía mover con su fuerza, provocando enormes y fatales olas. Las mismas aguas que solía regir, cual Neptuno, cuando se hundía en la mar con las fauces abiertas para hacer hervir los peces y asarlos con la exhalación de su murmullo de fuego; y cuando subía a la superficie, produciendo remolinos y tifones, mientras dejaba una estela de luz con sus bellas escamas de oro.
Orgulloso y nostálgico, Fafner era la serpiente, el pájaro y el pez que dominaba el cielo, el mar y la tierra; sin embargo, extravió la perla de su pecho, que lo hacía invencible.
Aletargado por los recuerdos de nibelungos, bajó el hocico para descansar, y sus barbas dejaron una marca sobre la tierra… Su sabiduría infinita, vinculada ferozmente con la geomancia, le hizo adivinar en aquellas marcas a su verdugo, cuyos pasos ya se acercan, portando una hoja que ha sido forjada dos veces, a fin de atravesar el corazón del dragón y de obtener la sangre que le servirá de elíxir para alcanzar la inmortalidad.
Aguardando su funesto destino, exhaló un sollozo de lumbre asfixiada (casi imperceptible), cerró los ojos y se durmió sin prisa, soñando en las cambiantes nubes y en las deidades que en ellas se esconden.









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