Daniel Bernal Moreno
Ezequiel no parpadea. Tras la adolescencia, su voz no cambió demasiado. Recuerdo a mi madre desesperada cuando, de niños, gritábamos al correr por la casa. A mí también me aturdía en ocasiones, pero siempre lo defendí. Él era muy pequeño para nuestra edad, mi caso era el contrario. Sin embargo, era su voz chillona la que me guiaba. Incluso cuando no estaba cerca. Era yo quien capturaba las ranas, él las diseccionaba. Su mano era firme al sostener la navaja, no como ahora que tiembla tanto.
Aún recuerdo su voz delatora. Sus gritos lastimeros pidiendo perdón la tarde en que me detuvieron. No pudo quedarse callado. Y allí, en la cárcel, las manos duelen. Duelen cuando aprietas los puños para cubrir los golpes, cuando se estrellan en la cara de alguien más, cuando intentas derribar las paredes y cuando no se puede hacer otra cosa que pensar. Pero un día llegó la palabra de Dios y todo se calmó. Me regalaron el Libro y me enseñaron a leerlo, a entenderlo. Y lo encontré, encontré la respuesta. ¡Con todas sus letras!
Ezequiel tose. La sangre dificulta su respiración. El rostro afable de mi mejor amigo está escondido bajo la máscara desfigurada de mi enemigo. Sigue siendo frágil y pequeño. Mis manos se volvieron insensibles, ya no duelen. Algo trata de decir, un chillido taladrante escapa de su boca desdentada. La suela de mi zapato lo libera para que pueda hablar. No entiendo lo que dice, tiembla, convulsiona. Su voz se diluye. En cuclillas me acerco a escucharlo, pero es demasiado tarde. Ezequiel no habla más desde su cuerpo, lo hace desde mi cabeza. Repite sin descanso una y otra vez las mismas palabras: un salmo que nunca me abandonará.









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