Andrezj Szczeklik
Existen muchas descripciones de la muerte de Chopin que se contradicen en los detalles. Durante los últimos meses de su vida, los sofocos se fueron agravando, causándole un gran sufrimiento. Aunque condenado a guardar cama en su piso, vivía rodeado de gente. “Todas las grandes damas de París consideraban un deber desmayarse en su cuarto abarrotado de dibujantes que se apresuraban a hacer un esbozo.” Norwid lo vio entonces con el nimbo de una belleza Existen muchas descripciones de la muerte de Chopin que se contradicen en los detalles. Durante los últimos meses de su vida, los sofocos se fueron agravando, causándole un gran sufrimiento. Aunque condenado a guardar cama en su piso, vivía rodeado de gente. “Todas las grandes damas de París consideraban un deber desmayarse en su cuarto abarrotado de dibujantes que se apresuraban a hacer un esbozo.” Norwid lo vio entonces con el nimbo de una belleza antigua: “A su lado, permanecía sentada la hermana del artista, que de perfil se le parecía extrañamente […], y él, a la sombra de un gran lecho con cortinas, recostado sobre almohadones y arrebujado con un chal, era tan hermoso como siempre y ostentaba, incluso en los actos más cotidianos, un no sé qué perfectamente acabado, algo monumental en su trazado”.
A mediados de octubre de 1849, lo visitó para confesarlo y darle la extremaunción Aleksander Jelowicki, un viejo amigo otrora revolucionario y por aquel entonces sacerdote. La agonía duró aún tres días y tres noches. Pocas horas antes de morir, le pidió a Delfina Potocka que cantara para él. Según dicen, aquella beldad y al mismo tiempo gran artista cantó, entre otras piezas, el himno a la Madre de Dios, de Alessandro Stradella, al que se atribuía un poder curativo. Delacroix dijo que jamás había escuchado algo tan perfecto como aquel canto. En sus últimas horas, Chopin “todavía reunió las fuerzas necesarias para dirigir palabras consoladoras a cada uno de los presentes y reconfortar a sus amigos”. A sus colegas músicos les pidió que cultivaran sólo la música buena: “Haced esto por mí; estoy seguro de que os oiré y me daréis placer.” Murió el 17 de octubre a las dos de la madrugada, y suele contarse que las últimas palabras las dedicó a su madre.
Así se fue el que había llegado “del reino de Mozart, Rafael y Goethe y cuya verdadera patria era la soñada región de la poesía”. Pero no siempre ocurría como si los ángeles bajaran a la tierra para acompañar al moribundo en su último viaje. En aquella época, el dolor, el suplicio y el sufrimiento debían de ser inconmensurablemente más horribles que hoy. Salían al escenario a telón subido para actuar ante un espectador consciente. Así fue hasta hace pocos decenios. Hoy, morimos de súbito, o aturdidos por las drogas, o inconscientes tras varias semanas de cuidados intensivos, o bien después de largos meses de vida en estado vegetativo.
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Este texto es un fragmento del ensayo “Exitus” que forma parte del libro Catarsis – Sobre el poder curativo de la naturaleza y el arte (Acantilado, España, 2010).









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