Andrezj Szczeklik
En 1750, Johann Sebastian Bach cumplía sesenta y cinco años y estaba gravemente enfermo. Sentía que le abandonaban las fuerzas. Para colmo, la operación de los ojos a la que había tenido que someterse no había salido bien. Pasó los últimos meses guardando cama y escribiendo, o, mejor dicho, dictando su inigualable obra maestra El arte de la fuga. Esta forma musical nunca volvería a alcanzar tanta perfección. En la tercera voz de la última fuga introdujo un tema nuevo. Consiste en cuatro notas que corresponden a las cuatro letras de su apellido: b-a-c-h. Tener un apellido tan “musical” es algo insólito (¡si alguien quisiese trasladar al pentagrama el apellido del autor de este libro, moriría en el intento, porque sólo dos de sus nueve letras tienen sus notas correspondientes!). Dicen que se ha conservado un manuscrito en el que Carl Philipp Emanuel Bach apuntó: “El compositor murió al introducir en la voz intermedia de esta fuga el tema: b-a-c-h.”* Según otra versión, su estado de salud no le permitió desarrollar el motivo. Sólo tuvo tiempo de dictar el preludio final y el coral, recuperó la vista por un tiempo muy breve y, diez días más tarde, cayó fulminado por una apoplejía.
Seguramente Bach conocía el dicho latino: Nomina sunt omina (los nombres son oráculos). ¿Acaso ocultaba su apellido musical algún mensaje? ¿Su destino? ¿Podía ser el apellido B-a-c-h la partitura de su vida? Si es así, jamás ha habido nadie —ni antes ni después de él— que supiera exprimir todos los contenidos posibles de una frase musical tan sencilla. ¿Logró verlos? ¿Oírlos? ¿O bien, como Asclepio, murió al intentar cruzar el límite humano de la existencia?
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* D. Hofstader, Godel, Escber, Bach ‑an eternal golden braid, Vintage Books, Londres, 1980, p. 79.
Este texto es un fragmento del ensayo “Exitus” que forma parte del libro Catarsis – Sobre el poder curativo de la naturaleza y el arte (Acantilado, España, 2010).









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