Antonio Bello Quiroz
… usted se refiere, supongo, a que si puedo suprimir la homosexualidad y hacer que la heterosexualidad normal tome su lugar. La respuesta es, de modo general, que no podemos prometer lograrlo.
- Freud (Respuesta a una madre de un joven homosexual)
La homosexualidad es una cuestión extremadamente compleja y la heterosexualidad también resulta problemática; en definitiva, la sexualidad misma lo es, roza y desfigura todo lo que se pueda considerar como humano (quizá sólo la muerte tenga este nivel de incidencia en ello). Lo biológico está involucrado pero, a diferencia de cualquier otra especie viva, en los humanos la sexualidad no se determina desde ahí, escapa a sus leyes.
Para Freud, desde su temprano trabajo de 1905 Tres ensayos para una teoría sexual, la sexualidad es una cadena de yerros, de anomalías, excede lo anatómico. Él da vueltas en torno a la imposibilidad de contar con un instinto sexual capaz de unir automáticamente a un macho con una hembra. La sexualidad, nos enseña, no tiene nada de natural.
La sexualidad es terreno pantanoso donde nunca se está seguro de pisar en firme, pista donde la humano desbarra.
Desde el psicoanálisis (y quien esto escribe no se atrevería a hablar de tema alguno si no es desde esta disciplina inventada por Sigmund Freud), según la enseñanza del psicoanalista francés Jacques Lacan, la subjetividad, el vínculo con la realidad que sostiene cada sujeto, se encuentra organizada de acuerdo a tres estructuras: neurosis, psicosis y perversión. En cada una de ellas la sexualidad, y la homosexualidad, se encuentran significadas de manera diversa, por lo que no hay punto de contacto entre estas tres dimensiones. Pero, si no hay sino diferencia entre estas formas de significar la homosexualidad, cabría preguntarse: ¿existe la homosexualidad? ¿En qué dimensión o estructura ubicarla, en todo caso?
Desde luego no se pone en cuestión que existan personas que se nombran y son nombradas como homosexuales, pero sin duda, en tanto que nombrados, se trata de un hecho de discurso, lo que va más allá de cualquier elemento objetivable. No es la conducta, el comportamiento, la vestimenta, la forma de hablar, etcétera, lo que dará garantía de la existencia de la homosexualidad. Determinarle a partir de cualquiera de estos elementos objetivables es, ni duda cabe, un atavismo mental, una entelequia moral.
Considerar a la sexualidad, y en particular aquí a la homosexualidad, como un hecho de discurso implica de entrada que coloquemos en suspenso nuestros saberes o lo que creemos saber, incluyendo desde luego los sinónimos que puedan hacer referencia a la cuestión homosexual. Desde luego, hay que poner en suspenso cualquier idea de que se trata de una enfermedad o algo que tenga que ver con anormalidad. Sabemos que Freud le contesta en una carta a una madre que le solicita ayude a su hijo, que “la homosexualidad ciertamente no es una ventaja, pero no es nada de qué avergonzarse, no es un vicio, no es una degradación; no puede ser clasificada como enfermedad; la consideramos una variación de la función sexual”.
Entonces les llama homosexuales a aquellos que son nombrados como tales, o incluso opera cuando se nombran a sí mismos. Desde el psicoanálisis, aquello que nos nombra de esta o de aquella manera es el Otro (lugar del lenguaje, pero también lugar de la cultura o el discurso familiar donde cada sujeto hubo de reconocerse un lugar a partir de ser reconocido). Así, señala Serge André en su obra La impostura perversa, “Llamarse ‘homosexual’, preguntarse si se es o no se es, o pretender ser ‘no homosexual’, consiste pues en hacerse de una lengua y de un discurso, y luego preguntarse por la coincidencia o la discordancia entre ese discurso y el ser del sujeto.”
Ese discurso del Otro encarna lo que se suele decir como “todo el mundo”: se trata del discurso dominante que, en tanto portador de un enigma, nos hace decir, a homosexuales o no: “no me siento como todo el mundo”. ¿Quién es ese todo el mundo? Justamente el Otro que instituye y sostiene el lazo social.
El discurso que organiza la llamada civilización moderna se caracteriza por el rechazo de todo aquello que se niega a ser ordenado bajo los imperios de la razón, de la racionalidad; la modernidad, curiosamente la época en que nace el psicoanálisis, se caracteriza por su intolerancia y rechazo a la homosexualidad; la época que vivimos se caracteriza por ser la época de la historia de la humanidad que con mayor energía e ignorancia ha condenado a la homosexualidad (hecho que genera mayor desconcierto por el avance que las ciencias presumen tener), distinta a épocas como la Grecia clásica o la romana, en donde la homosexualidad constituía un ideal de lazo social.
Si nos remitimos a la historia de la homosexualidad en Occidente, parece altamente ridícula la idea de que la homosexualidad sería una anomalía propia de degenerados. En la Grecia y Roma antiguas la homosexualidad no estaba sólo extendida en lo social, sino que era considerada como figura ideal del erotismo y modelo de educación para los jóvenes.
La homosexualidad (como la sexualidad toda) vista como un discurso nos posibilita distinguir entre dos ideologías: por un lado, una ideología que rechaza la homosexualidad, y por otro, otra ideología de la homosexualidad, que se expresa cuando el sujeto toma la palabra como homosexual. Por paradójico que parezca, ambos son discursos que determinan un lugar en el Otro (aquello que ordena, sostiene el lazo social), y podemos distinguir así una oscilación entre el discurso sobre la homosexualidad (donde el sujeto no encuentra su lugar) y el discurso de la homosexualidad (donde el sujeto funda su lugar en un nuevo lazo social).
En esta sutiliza podemos captar, desde la escucha del psicoanálisis, la diferencia entre una homosexualidad neurótica y una homosexualidad perversa, que, como vemos, nada tiene que ver con la perversidad de los actos sino con el discurso en que se sostiene.








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