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Espuma de los días 0

Exilios de Cabrera Infante

· abril 16, 2015

Jesús Bonilla Fernández

 

Ahora que todo es miel sobre hojuelas entre el imperio estadunidense y la dictadura cubana no está de más recordar entre nosotros a Guillermo Cabrera Infante, el escritor cubano que el 3 de octubre de 1965 salió del aeropuerto de Rancho Boyeros para no volver a su país jamás y para quien el exilio colmó la medida del desamparo y el abandono.

La experiencia del exilio es seguramente inenarrable o incomprensible para quienes no la vivimos en carne propia. “Uno siente de veras que es un naufragio”, dice embargado el autor de Tres tristes tigres.

En el ocaso del siglo pasado, después de las experiencias nacionalsocialista y realsocialista se necesitaba una exagerada dosis de ingenuidad para creer que quienes abandonan el barco paradisiaco —es decir la isla de Cuba— eran “ratas” o “gusanos” o “cucarachas”, como la propaganda del Hermano Cerdo —en todo caso la metáfora de la granja orwelliana mantiene políticamente mayor consistencia— ha hecho sentir, creer o pensar a propios y extraños que son los cubanos que, como a Cabrera Infante (Caín para los lectores de sus reseñas de cine en Lunes en Revolución, origen de la trilogía Un oficio del siglo XX, Arcadia todas las noches y Cine o sardina), su desnudez aniquila.

Exilios, desafortunadamente, sobran: “No es lo mismo estar fuera de Cuba —escribió José Lezama Lima, quien murió dentro—, que la conducta que uno se ve obligado a seguir cuando estamos aquí metidos en el horno. Existen los cubanos que sufren fuera y los que sufren igualmente quizá más, estando dentro de la quemazón y la pavorosa inquietud de un destino incierto…”

En Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y España, por mencionar sólo algunos países, los cubanos exiliados no son considerados como parte de fauna alguna o plaga. La defensa de la madre revolución barbada ha denigrado a los individuos quienes, por alguna razón u otra, se han visto obligados o han elegido —si acaso es posible en la dictadura o su sucedáneo actual— el exilio.

México no es excepción: la historia de las dos naciones se encuentra estrechamente vinculada, en sus aspiraciones sobre todo. Aquí las “ratas” que abandonaron el barco son inconcebibles, a pesar de que a Porfirio Díaz y al octogenario PRIANRD, así como a los bufones del “cambio”, no los absuelva la historia, quizá por influencia de la certera visión martiana sobre el salvaje imperialismo estadunidense y su interés geopolítico en la isla y el subcontinente.

Mea Cuba, libro de Cabrera Infante publicado en nuestro país en 1992 por Vuelta, reúne artículos y ensayos de crítica política y literaria de un gusano metamorfoseado en mariposa. “¿Qué hace un hombre como yo en un libro como éste?”, se preguntaba el disidente cubano. “Nadie me considera un escritor político —se responde— ni yo me considero un político. Pero ocurre que hay ocasiones en que la política se convierte intensamente en una actividad ética.”

Así, el “motor moral” que lo motivaba era la dilucidación de los problemas todavía actuales de Cuba —su mea máxima Cuba— y para ello recurrió a las herramientas del escritor: la memoria, su inteligencia, su estilo.

La literatura cubana, gran parte de ella al menos, se ha creado en el exilio. Mea Cuba, como escritura política, mantiene sin suspenso el coraje de su autor y su miedo. Coraje y miedo, también de Lezama Lima, quien sólo entendía la revolución como una desobediencia estética; de Virgilio Piñera, de quien el Che Guevara tiró un libro en la embajada cubana en Argelia por considerar “maricón” a su autor; de Calvert Casey, “quien estaba hecho de la estofa de las víctimas, no de los verdugos”, y se suicidó en Roma; de Reinaldo Arenas, que se mató sin esperar su cruenta muerte de sida; de Heberto Padilla y Carlos Franqui, por hablar sólo de escritores heterodoxos de generaciones anteriores, caros al autor de La Habana para un infante difunto.

Mea Cuba es la crónica de la confrontación entre los hombres libres y el poder de la barbarie —o viceversa—, si bien no en todas partes idéntico en el signo, igualmente obcecado cuando de su propia preservación se trata, que aplasta a los individuos (“Aplausos”, publicaría Granma) por dispersos y difusos. Pero veamos qué dice el escritor en un artículo de 1983 titulado “Nuestro prohombre en La Habana”:

 

“Lo que sí me parece lamentable y me concierne, es que cientos de miles de cubanos no puedan regresar a su país, como hará el exiliado autor de Cien años de soledad, el próximo mes ni nunca mientras viva Castro. Saben que no serán recibidos en exclusivas limusinas negras ni acogidos en palacetes reservados ‘para jefes de Estado de países amigos’. Serán, si son escritores extraviados, pateados dentro de una de las muchas cárceles castristas, atiborradas no con escritores comunistas ni de invitantes compañeros de viaje, que beben ‘buen vino tinto español’, pero, internacionalistas que son, capaces todavía de ‘consumir seis botellas de wishky’ (¡en medio día!), sino de seres humanos, escritores o no, que apenas tienen qué comer y qué vestir. Serán de esos mismos vecinos habaneros que usan una sola aguja de coser entre muchos, como reveló García Márquez hace un tiempo […] con un candor que se confunde con el cinismo. Allí llamó a ese patético préstamo “cultura de la pobreza”. El concepto es del sociólogo izquierdista americano Oscar Lewis, que hizo encuestas en Cuba como en México. Luego Lewis fue “invitado a abandonar el país” por el ministerio del Interior y acusado públicamente por Raúl Castro de agente del imperialismo. García Márquez se lo apropia ahora para mostrar, escamoteando como un mago de salón, lo que ha logrado fomentar Castro en Cuba: la pobreza creadora. ¿Filosofía de la miseria o miseria del marxismo?”

 

Hasta aquí el texto de Cabrera Infante. Ahora bien, tanto en Cuba como en México, hay que decirlo, la perspectiva de la pobreza y la del bienestar no es muy distinta. La así llamada doble moral se manifestaba también de manera inversa: se atacaba al régimen de la isla y se vivía cómodamente ignorando la corrupción, la miseria y la indignidad en los ojos propios. En el colmo, alguna vez escuché a un “intelectual liberal” aplaudir histérico la invasión de George W. Bush a Irak. Ahora no es extraño, como en su caso, encontrar vergonzantes “intelectuales de izquierda”, quienes antes se desgañitaban histéricos en consignas de apoyo a la revolución cubana. Tampoco es extraño enterarnos que la mayoría de aquellos autistas de la fe jamás hayan dejado constancia de sus motivos, materiales o espirituales, para abandonarla. ¿Qué sucede? El asunto en realidad es tan complejo que seguramente nunca será resuelto. Pero ya que estamos aquí y nuestro interés en gran medida consiste en literatura, veamos:

En Me casé con un comunista, novela de Philip Roth, Leo Glucksman explica a Nathan Zuckermann que entre la política y la literatura existe una relación antagónica, pues la primera es la gran generalizadora mientras la segunda es la gran particularizadora. Para aquélla, ésta no tiene sentido, es decadente, irrelevante, terca. En pocas palabras, no debiera existir, pues impulsa la particularización. “¿Cómo puedes ser un artista y renunciar al matiz? Pero ¿cómo puedes ser un político y permitir el matiz?” El matiz, elucidar complicaciones, denotar contradicciones sin negarlas, encontrar el ser humano atormentado por éstas es tarea del artista (no la simplificación), así como permitir el caos, vivirlo. Si no lo hace, lo demás es propaganda, en el mejor de los casos —más nefasto sería para un partido político— para la vida como ésta prefiere ser divulgada. Roth hace decir a su personaje que durante la revolución rusa, los primeros años, se decía que existiría el amor libre, pero no lo permitieron quienes se hicieron con el poder, porque el amor libre es el caos. Los revolucionarios no querían el caos, sino disciplina, organización, algo predecible científicamente. El amor libre y la literatura inquietan a la organización pues no generalizan, no se amoldan por ser particulares. “La generalización del sufrimiento: eso es el comunismo. La particularización del sufrimiento: he aquí la literatura.” El asunto para el escritor norteamericano, quien en ningún momento en su libro se refiere simplemente a izquierda o derecha, no es sencillo. Según él el artista participa en “la batalla” cuando mantiene vivo lo particular en el mundo simplificador.

No tienes necesidad de escribir para legitimar el comunismo o el capitalismo; estás al margen de ambos. Si eres escritor no te alías con uno ni con otro. Ves diferencias, sí, y, por supuesto, ves que esta mierda es un poco mejor que aquella mierda, o que aquella mierda es mejor que ésta. Tal vez mucho mejor. Pero ves la mierda. No eres un empleado del gobierno. No eres un militante. No eres un creyente. Eres una persona que se enfrenta de una manera muy diferente al mundo y a lo que sucede en el mundo. El militante presenta la fe, una gran creencia que cambiará el mundo, y el artista presenta un producto que no tiene cabida en ese mundo, que es inútil. El artista, el escritor serio, introduce en el mundo algo que ni siquiera estaba ahí al comienzo.

Evidentemente Mea Cuba no era ni es en su actualidad un libro para los visitadores del paraíso, posfechados salvadores de otra revolución que devoró a sus hijos. Es la compleja culpa del escritor cubano que se convidaba hace ahora unos veinte años, malogradamente, en La Habana.

Aunque sea cierta la idea de T. S. Eliot, en el sentido de que la patria del hombre está donde está la tumba donde yace, debe ser terrible no poder regresar a los lugares que se aman. Cabrera Infante amaba la Cuba de Tres tristes tigres y la misma Cuba de su niñez y adolescencia, o mejor dicho: La Habana para un infante difunto. Él, en el exilio, incluso se abstuvo de pagar por cigarros cubanos, en la idea de contribuir así para la defenestración del longevo barbudo Fidel Castro. Como vemos, el exilio arde como el tabaco, y ¿cómo no?, si entre otras cosas se niega la vista del amanecer de la carne realizada en culo (Caín dixit) de las bailarinas cubanas en su elemento, los daiquirís y otros sublimes brebajes, el bolero, el puro humo o incluso la pátina de salubre metafísica de La Habana Vieja, ¡qué sé yo…!

Debo referirme a algo esencial en la literatura de Cabrera Infante. Algunos de sus juegos de palabras y aliteraciones se desarrollan en lúdicos divertimentos ideáticos, los cuales en su origen no fueron sencillos como aparecen en los libros de nuestro Caín. Si hoy nos parecen pueriles o seniles los retruécanos del escritor cubano, se debe a que ahora están más sobados que una bailarina del Tropicana en la época de Fidencio Batista o una jinetera del socialismo real anteriormente existente. Pero los vericuetos verbales de Cabrera Infante, él los encontró en su escritura y son imprescindibles en ella.

La sensación se nos queda en alguna parte de nuestro cuerpo, para no discurrir sobre la existencia o no del alma, al menos con la lectura de sus dos obras mayores, Tres triste tigres y La Habana para un infante difunto. Como lectores nos encontramos a la sombra de sus atmósferas, ya sea la media luz cabaretera de la calurosa bohemia (o bonhomía, que para el caso debiera ser lo mismo) de Tres triste tigres, o la sombra diurna, el contraste de la infancia y de La Habana, vislumbrada a través de la puerta abatible de un bar a mediodía o una persiana veneciana. Esas sombras cohabitan parte de nuestro mundo, la isla que todos somos, con el humo negro del tabaco y ese otro humo, éste azulado, de las pantallas de Arcadia todas, todas las noches.

 

Alcoholes

El triunfo del conocimiento sobre el hombre: los dossieres de la policía secreta.

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No os dejéis imponer la libertad de expresión antes que la libertad de pensamiento.

Stanislaw Lec

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