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Eutanasia: el debate que no llega

· agosto 13, 2015

Antonio Bello Quiroz

 

La muerte y sus formas siguen siendo un tema tabú. Hablar de eutanasia es impensable en una sociedad que se encuentra aún sojuzgada por una anacrónica visión religiosa de la vida. Pero sin duda el mundo empuja a que nos enfrentemos y confrontemos como sociedad con la paradoja sostenida en la certeza de que vamos a morir, sabemos que es irremediable, pero no sabemos cuándo ni cómo.

La muerte aterroriza en tanto que es lo absolutamente Otro, lo real, lo más desconocido de la vida. La muerte impacta no sólo la vida moral, psicológica, social, sino también legal. Quizá por ello el llamado “derecho a morir” se ha vuelto un tema que las sociedades modernas deberían debatir abiertamente, de manera laica, sin la sombra de las iglesias: desconectar al paciente, interrumpir el cuidado médico, el suicidio asistido, en fin, la eutanasia, tendría ya que ser llamada al debate público.

Si bien es cierto que las cuestiones referentes al derecho a morir se han politizado, las diversas instancias legales en México se niegan incluso a abrir el debate al respecto, aun cuando se sabe que tarde o temprano hay que debatirlo, abierta, democrática y pluralmente, vencer el tabú.

Ante este panorama nada prometedor, lo que quisiera destacar de momento son algunas cuestiones filosóficas que le subyacen a la eutanasia.

El principal, sin duda, se centra en el debate entre si la eutanasia implica matar o dejar morir (eutanasia activa o pasiva también se le nombra). Con esto se juega de fondo el tema de la responsabilidad: se trata de una responsabilidad que asume el “paciente”, y entonces se trata de un suicidio, aunque asistido; o bien, se trata de que el médico u otra persona, familiar o autoridad, asuman la parte activa, y entonces se trataría de un homicidio. Los vacíos legales, la falta de legislación al respecto, alimentan esta discusión.

Se ha intentado dejar la respuesta a las cuestiones técnicas. Así, matar implicaría intervenir en los procesos fisiológicos en curso que de otra manera habrían sido adecuados para mantener la vida, mientras que por otro lado, dejar morir implicaría no intervenir para ayudar en los procesos fisiológicos que se han vuelto inadecuados para mantener la vida.

Desde luego, el peso de la responsabilidad se impone: ¿quién es responsable de la decisión de matar o dejar morir? Cuándo el sujeto afectado puede tomar la decisión, la legislación no lo permite, si el médico la toma viola el mandato categórico de los principios de Galeno de preservar la vida, referente de la capital prohibición de matar.

Una segunda ruta para poder dar sustento al debate es tratar de distinguir entre los tipos o acciones permisibles o impermisibles, es un intento de establecer diferencia entre los medios ordinarios y extraordinarios de conservación de la vida. El principio que sustenta esta postura es que siempre es obligatorio suministrar medios ordinarios de tratamiento y cuidado, pero resulta permisible no dar o retirar los que son extraordinarios. El problema de fondo en esta estrategia es: ¿cómo se puede establecer?, ¿quién determina cuáles medios son ordinarios y cuáles, o en qué momento, son extraordinarios?

Si bien es cierto que en los países que han aceptado la eutanasia como un derecho digno de morir, Holanda por ejemplo, se han mostrado sensibles a permitir que se autorice la eutanasia en pacientes en estado de coma; sin embargo, también les ha costado aceptar siquiera el debate de que se aplique la solución cuando se expresa voluntariamente el deseo de morir en situaciones donde el solicitante no tiene una enfermedad en fase terminal: la depresión es el caso más paradigmático. Sin duda, lo que está de fondo es la actualización del debate ético y religioso sobre a quién pertenece la vida.

En el siglo XX ocurren dos acontecimientos importantes con respecto a las formas en que se piensa el proceso de morir en la escena pública: la primera es una fuerte y viva discusión encabezada por los existencialistas, que piensan en la muerte como posibilidad siempre presente e inesperada. Heidegger, Karl Jasper, Sartre y Camus se cuestionan sobre esta condición a la que estamos sometidos, lo súbito de la muerte; proponen ver a la muerte como posibilidad siempre presente. Lo que sostienen es que la muerte no se puede prever, luego entonces, sólo nos podemos hacer conscientes del hecho de que somos sujetos para la muerte, es decir, tener conciencia de muerte es lo que posibilita la existencia. Desde esa conciencia es que se hace posible decidir si vivir vale o no la pena. La muerte de por sí nos acompaña; optar por la eutanasia (o el suicidio) sería una forma de afirmar la vida.

El otro acontecimiento tiene que ver con el surgimiento, después de la mitad del siglo pasado, de lo que se denomina “tecnologías de cuidados para prolongar la vida en los enfermos terminales”. Estas tecnologías van en dos vertientes: por un lado, el surgimiento de aparatos implementados en las unidades de cuidados intensivos, como respiradores, máquinas de diálisis, nutrición e hidratación artificiales, drogas para evitar el dolor, etcétera. Y por el otro lado, el surgimiento de especialidades como la tanatología, que busca proporcionar al paciente moribundo los cuidados y asistencia terapeútica-espriritual que proporcione el “buen-morir”. Estos esfuerzos fueron encabezados en los años setenta por la psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross, principalmente a partir de su libro Sobre la muerte y los moribundos.

Con este último movimiento en cuanto al cuidado del enfermo terminal, en sus aspectos técnicos como humanos, el paciente moribundo enfrentará actualmente una agonía prolongada, por lo que no es de extrañar que sean tan recientes los debates sobre la eutanasia como una medida para poner fin al sufrimiento producto de una enfermedad que nos condene a una agonía prolongada.

Uno de los primeros debates de gran resonancia con respecto a la muerte asistida se dio en 1976, cuando el Tribunal Supremo de Nueva Jersey falló a favor de que su padre le desconectara el respirador artificial que mantenía con vida a Karen Ann Quinlan desde que cayó en coma varios años antes.

Mucha tinta ha corrido narrando casos de enfermedad terminal donde médicos o familiares toman un papel activo en la producción de la muerte. Conocido es el caso del doctor Jack Kevorkian, quien causó fuerte polémica al usar su “máquina de suicidio” para contribuir en la muerte de Janet Adkins, diagnosticada con Alzheimer, y después ayudó en muchos otros “suicidios asistidos”, hasta obtener el mote de “Doctor muerte”.

El cine también nos ha dejado ver casos donde se debate sobre el “derecho a morir”. Recordemos por ejemplo la película Mi vida es mi vida, como se conoció en México (aunque en inglés tiene un nombre mucho más sugerente para lo que aquí planteamos Whose life is it, anyway? es decir, En todo caso, ¿de quién es esta vida?). Se trata del drama de un joven cuadripléjico y sus derechos a la autodeterminación y su derecho a morir.

El debate sobre la eutanasia está abierto en buena parte del mundo, pero en México, con esa sombra oscura y retrograda del catolicismo y el rancio conservadurismo, sigue esperando.

 

 

Sería necesario que ellos, los que quieren alargar su

vida, cuando ya no sirvan a su tierra, muriendo, se

marchasen y no fueran un obstáculo para los hombres.

Eurípides

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