Gerardo Lino
Bernhard lo dijo: son detestables los austriacos: él fue austriaco: lo supo hasta su médula.
En cambio, Cortázar, otro europeo —aunque accidental—, tuvo la vis cómica para detectar lo fantástico en esa sede de la civilización, que todavía era, a pesar de Nueva York, París: o acaso es lo fantasmal: de Poe a Baudelaire y a la inversa, claro: traducciones de traducciones.
¿Cómo es que decae una civilización en medio de sus fulguraciones, Viena? Salud, Joseph Roth!
Nuestra concepción, nuestros conceptos —no nos hagamos quienes hemos mamado de ese seno greco-latino-medieval-renacentista-ilustrado-industrial-marxinio-nietzscheano-abstracto y hasta camusiano—: ¿acaso no son esas ansias de saber mientras con nuestras preguntas destruimos?
Ya nunca sabré qué es Europa, cuyos mejores lúcidos dicen que ya está completa: acabada en ambos sentidos.
Como si ya pudiéramos cogerla con la mano y decir: mira: esta belleza podrida.
Cuál es la razón —ah: la Razón—, la causa, pues, de que una civilización se acabe. Bien: muchas razones terráqueas hay. Mas el horror es verla ante nuestros ojos desmoronarse con las mismas motivaciones hedónicas, los mismos razonamientos de un Logos, con la misma infaltable música de un puto vals.
¡Cómo!
Y sin embargo: bailamos. (¡Todo fusión!)
He ahí el gran arte occidental, y la mierda de la guerra y el petróleo y los óleos abstractos. Santos óleos. Discursos cuádruples, resiliencias imposibles, retractaciones hipócritas, cesiones a la religión de los yacimientos… su lujo ofensivo para cualquier dios.
Henos ahí: dependientes de una idea desmadrada.
(Pessoa regresando al dolor de Lisboa.) (Lorca otra vez asesinado.)
Cómo es que ese núcleo de humanidad va desfigurándose, comiéndose a sí mismo.
Quisiera ella que un toro se la cargara de nuevo por las playas límpidas… ¡Merde!
&
Varios días después de haber escrito esta nota, doy con este poema:
La canción del verano suena más que la Eneida
La canción del verano suena más que la Eneida
y en vano —Cioran dice— busca Occidente una
forma de agonía digna de su pasado.
Pero así están las cosas, y no tienen
vuelta
ni las generaciones ni las hojas
de los hombres.
Tristeza de saber que no regresaremos
a la ternura, la serenidad,
al fulgor de Virgilio.
Aquel verano
bailábamos oscuros bajo la noche sola.
&
Juan Antonio González-Iglesias (Salamanca, España, 1964)
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/05/babelia/1454691626_181969.html?rel=cx_articulo#cxrecs_s









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