Pablo Manuel Rojas Aguilar
A Gen am,
mi acompañante al mundo de los muertos
En el cementerio lúgubre a la mitad de la noche, me escabullí entre las tumbas mientras percibía en el ambiente un aire denso como de putrefacción y muerte. A pesar del espeluznante silbido del viento nocturno, yo permanecí estoico durante la búsqueda de mi amada esposa en su tumba. Ignoro qué insano deseo dominó mi raciocinio. Yo sólo quería encontrarla y pasar la noche sobre ella, dormir abrazado al mármol de su sepulcro; pero un impulso funesto (ignoro de qué manera) hizo que yo extrajera de entre la tierra el cuerpo sin vida de mi amada Eurídice.
En medio de la necrópolis y ante la ausencia de cualquier luminosidad, me sorprendí portando el cadáver de mi esposa entre mis brazos… Era tan bello el cascarón carente de vida que lo mancillara, tan ajeno a las alegrías y a las adversidades humanas, que quise ultrajarlo, introducir mi lengua en su garganta para darle un beso; sin embargo, las costuras con que el embalsamador había unido sus labios me lo impidieron.
No sé cómo pude salir sin ser visto, ni tampoco cómo logré transportar el cadáver hasta mi casa. Sólo recuerdo que desprendí sus ropas sucias para sacudir la tierra de sus pestañas. Limé sus uñas, lavé sus cabellos y quise calentar su carne, la cual era tan fría que tuve que colocar su desnudez entre mis brazos; como no era suficiente, me desnudé para frotar mi ardiente sangre sobre ella.
A pesar de que las costuras deshilachadas con que fueron remendados sus tejidos (luego de la necropsia) dificultaban el roce de mis manos, éstas se deslizaban con astucia sobre sus superficies hasta rozar con calidez su breve cintura. Y del ombligo mis dedos partieron hacia arriba hasta llegar a sus duros senos álgidos, como dos volcanes de marfil o nieve.
Mi ritmo cardiaco se comenzó a acelerar provocándome una erección. No pude contenerme: en un trance frenético, la penetré con mi miembro desnudo hasta vapulearla. El movimiento de su cabeza floja, agitada por el vigor de mis caderas, avivaba mi hombría. Fue tan ágil, tan violento el choque de mi pubis contra ella, que su quijada logró liberarse de las costuras, iniciando el golpe seco de sus dientes al compás de los movimientos de aquel monstruoso acto erótico… Justo cuando ya me vertía en el recipiente vacío, sus ojos muertos se abrieron para mirarme…
*
No planeé nada de esto, fue mi animalidad la que me arrastró a recuperar el cuerpo y a cometer todo acto obsceno narrado en estas líneas. No obstante, ultrajar el cadáver (me ruborizo de contarlo) era sólo el principio de la atrocidad que vendría después.
*
La vida y la muerte, de acuerdo con Sócrates, son formas inseparables que no pueden darse nunca al mismo tiempo: una le sigue a la otra como si fueran dos seres ligados a una misma cabeza.
Ante la inminente muerte del cuerpo, siguiendo a los pitagóricos, el alma se desprende para persistir en el cosmos, para fusionar su celestial energía hasta confundirse con el universo del que somos parte. Después el alma migra a otro cuerpo de cualquier índole (mineral, vegetal, animal, estelar) sin que ésta siquiera se desgaste o extinga en un proceso cíclico incesante.
¿Qué pasaría, entonces, si una persona fuera resucitada después de haber muerto?
Si el alma al desprenderse del cuerpo debe transmigrar una cifra casi infinita de veces, ¿es posible que la misma energía pueda volver al organismo del cual se desprendió en un principio?, ¿o acaso ingresaría otra que flotaba ávida en el aire?
Eurídice, mi amada Eurídice, ¿en qué furiosa tormenta se ha convertido tu alma?
Después de haberte fusionado con la eternidad, ¿permanecerá algún resquicio de lo que antes eras, de la suave brisa que acariciaba mi alma?
Lo supe, por supuesto que lo supe desde un principio; sin embargo, había algo dentro de mí, una torpe esperanza de que la esencia que tanto amé volviera pura a su renacida carne… Me avergüenzo de haber cometido ese acto obsceno que ahora perturba mi alma. ¿Pero qué podía hacer yo, simple mortal? ¿Acaso mis lágrimas conmovieron a deidad alguna para permitirme arrebatar de los infiernos a mi amada Eurídice? ¿O acaso fui bendecido como el divino Ulises para ingresar al inframundo y visitar a mis muertos? ¡No! Estuve yo solo, solo con el corazón desencajado, sabiendo que la mujer que encendía mi alma ya no iluminará más mis noches.
*
Quise acercarme a ella, separar mi alma del cuerpo mediante la práctica de la filosofía. Empero, yo necesitaba más: que su cuerpo respondiera a mis estímulos, ¡que estuviera viva! ¿Con quién compartiría, si no, la media luna y los jardines? ¿Quién conversará con tal prodigio sobre la oscura filosofía de Schopenhauer? ¿Quién entenderá con tal fervor mi retorcido pensamiento?
Había una manera, tal vez…
Si la quería de vuelta, no serviría de nada la precaria ciencia construida por los hombres, la cual no es capaz de abarcar todos los intersticios del universo tangible. Para regresarla, era necesario partir del origen, donde el tiempo aún no confluía para brindarle movilidad al mundo de los arquetipos, donde la vida y la muerte convergen sin separarse. Era necesario el pensamiento absoluto, eterno, pero, en el espacio de los hombres, ¿de qué manera podría tenerse ese alcance?
Recordé, pues, que Spengler, en algún capítulo de su obra, alude a la existencia de un libro (increíble pero así es) anterior a la escritura. Un libro al que no se le puede estudiar histórica ni filológicamente pues es anterior a los hombres, anterior a la lengua en la que está escrito, al tiempo y anterior al universo. Ni siquiera se admite que tal libro sea obra de Dios, sino más bien un atributo de éste, como su misericordia o su ira. Una obra de esta magnitud, sagrada como sagradas son sus palabras y sus letras, no admite espacio para la casualidad.
La escritura del hombre es arbitraria y contiene referentes que existen en el mundo. “Montaña”, por ejemplo, como si fuera un recipiente, contiene entre sus fonemas la solemne elevación terrestre, que es el Everest. “Estrella” es la forma lingüística que contiene la luminosidad casi infinita de cada supernova del universo. Sin embargo, las formas de estas palabras son sólo el producto de un convenio realizado por los hombres. Es decir, los árabes llaman “jabal” a la “montaña”; los alemanes: “berg”, mientras que los eslovenos: “gore”. En el caso de la “estrella”, para los húngaros es “csillag”, para los franceses: “etoile”, para los ingleses: “star”. Las formas de las palabras cambian, no así su contenido semántico, lo cual quiere decir que no hay una relación natural entre estos componentes. En cambio, en la escritura de una inteligencia infinita, la forma (el recipiente) y el contenido son exactamente la misma cosa. Por lo tanto, sólo bastaría referir una simple palabra, un simple nombre para que el contenido de éste aparezca frente a nuestros ojos, para hacer presente la majestuosidad del Nilo con sólo nombrarlo por su original nombre… Si fuéramos capaces de conocer el lenguaje secreto de Dios, tendríamos incluso la posibilidad de reinventar el universo…
El estudio y la permutación de las palabras que conforman este Libro podrían ser la clave para encontrar el origen de la vida y, como consecuencia, revivir a mi amada esposa… Hay en la esencia un nombre, hecho de consonantes y vocales, del atroz Infinito que nos contiene.
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Estudié con fervor los primeros cinco libros de la Torá a fin de encontrar los secretos Nombres de Dios (ojalá nunca los hubiese hallado). Seguí el ejemplo de los cabalistas y asigné un valor numérico a cada letra de los libros. Aleph, por ejemplo, tiene el valor de 0, 10, 100, 1000, 1000 000, y así sucesivamente. Hice el ejercicio con cada primera letra de cada línea, de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha, hasta obtener varias fórmulas compuestas por veintitrés columnas de milésimas cifras. Después de centenares de intentos, lo hallé. El ritmo mágico de los números comenzó a crear una cadena cíclica, ¿el incesante rostro de Eurídice? Y el compás numérico siguió girando hasta dejar una estela de sílabas que yo fui urdiendo en palabras para obtener, de los arcanos, la Fórmula que era la clave, el huésped y el palacio.
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El desenterrado cuerpo yacía hinchado, y ya comenzaba a despedir un penetrante hedor; las uñas se estaban desprendiendo y la carne comenzaba a teñirse de un color negruzco. Así que fue necesario repetir esa Fórmula sobre cada miembro de la hermosa muerta. Sobre cada dedo, cada brazo, sobre la cintura, las caderas y el pecho, hasta inspirar el soplo de vida en su frente…
Las libres fuerzas siderales del universo restituyeron el descompuesto tejido y la animaron. ¡Sí!, la hicieron volver de su pesado sueño… Abrió los ojos… El regreso de Eurídice era una prueba fehaciente de la existencia de Dios, de su formidable poder creativo.
¡Estaba viva!
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Con lágrimas en los ojos, quise acariciarla, abrazarla con efusividad por su regreso; no obstante, ella sólo se desvaneció… La coloqué en su cama y me acosté a su lado a fin de transferirle mi calor.
Después de algunas horas, le acerqué comida. No probó ni un bocado, sólo se acurrucó en la cama y siguió durmiendo. Las ansias me carcomían, quería preguntarle tantas cosas, pero ella no reaccionaba a mis estímulos, seguía agotada… Debe ser muy cansado estar muerto, pensé, que te metan en una caja y te pierdan en la tierra, que te nieguen la posibilidad de regresar al mundo.
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Llevé más comida y agua a su lecho antes de salir de la casa para realizar mis labores. Volví ya cuando el sol se escondía y me percaté de que el alimento estaba intacto. Ingresé comida en su boca; aceptó un poco, aunque al instante vomitó.
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Han pasado siete noches y Eurídice sigue sin siquiera abrir los ojos. ¿Y si nunca despierta?
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Quizá hubo un error en las grafías o a la hora de pronunciar la sacra Fórmula. Por ende, intercalé la posición de las sílabas que conforman el inefable Nombre y las escribí en un papiro que coloqué debajo de su lengua.
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Desperté pasado el mediodía y mi primera acción fue ir con mi esposa. Abrí la puerta de su habitación y la cama estaba vacía. Mi felicidad de saberla recuperada se vio disminuida por la duda de saber dónde podría estar. La busqué en cada rincón de la vieja casa. Después de varios minutos, escuché el balido alborotado de las cabras en el corral. Me acerqué despacio y entonces la vi. Eurídice estaba parada en el centro de aquel lugar y las bestias la rodeaban en círculos concéntricos mientras emitían espantosos sonidos. Tenía perdida la mirada hacia el cielo; el sol le quemaba los ojos y su largo vestido negro estaba manchado de fango y suciedad. Cuando notó mi presencia, giró su cuello hacia mí de manera brusca, provocando el tronido de sus articulaciones. Sus grisáceos ojos fueron desvaneciéndose hasta adquirir su color natural, el hermoso color miel que iluminaba mi atroz mundo.
“Esposo mío, ha pasado una vida. Ven a darme un beso”. Estiró sus brazos hacia mí, pero éstos no pudieron alcanzarme y cayó desvanecida.
*
Regresó a sus aposentos y sus nobles libros, que permanecían empolvados por su ausencia, recobraron vida. Y entonces la musa volvió a cantar entre estos muros la cólera de Aquiles, los lúgubres relatos de Poe, los poemas del espacio sideral de Lovecraft, la espada de Tolkien, las crónicas de Bradbury, la metafísica fantástica de Borges… La casa antes muerta volvía a la vida con el regreso casi milagroso de mi esposa.
—¿Qué se siente? —le pregunté
—¿Morir?
El silencio irrumpió en la alcoba y, con un gesto de agotamiento tal vez, me respondió después de un lapso:
—Es… es como una transición, como perder la conciencia mientras te fundes con todo… No lograría apalabrar la experiencia de haber sido cada cosa del universo: mi experiencia fue global, simultánea, ¿cómo podría representar a través de un medio imperfecto y sucesivo, como es el lenguaje, las millones de formas terribles y deleznables que yo misma fui? Tratar de enumerarlas, de recordarlas solamente sería un ejercicio absurdo de imprecisión, ¿por dónde podría comenzar a describir un acto infinito?…
No obstante, puedo decirte que toqué las cosas de manera muy profunda, como si pudiera mirarlas con los ojos de mi alma, como si viera por vez primera los colores, los cuales hacen que los que se conocen en este mundo sean más bien una torpe escala de grises. Fui suaves brisas, lunas, instrumentos, lámparas, los colmillos del jabalí trozando carne y huesos, las garras del tigre salpicadas de roja sangre… ¿Te has preguntado a qué sabe la luz? ¿Cuál es el aroma de la oscuridad? Sentí el placer de las amantes encendiéndose por dentro, el placer electrizante de engendrar dioses, de saciar a mis amantes, de besarles el cuerpo, la memoria y el alma… todo era tan intenso, tan lejos de los límites de nuestra carne, de nuestro gozo, del dolor, de la tristeza, de la agonía, de la oscuridad, del vacío… de la lenta noche que nos precipita de manera irremediable al infierno…
Después de ese viaje, querido mío, no hay manera de volver indemne…
*
Ayer la sorprendí en el jardín aspirando el aroma de una rosa, y el tallo de ésta, al tiempo que el aroma era extraído por su olfato, fue perdiendo su verticalidad hasta dejar de sostenerse. Emprendió la misma acción con ocho rosas más hasta marchitarlas. Cuando se percató de mi presencia, giró su mirada y me di cuenta de que sus ojos eran grises nuevamente.
*
Ignoro cuántos días han pasado sin que Eurídice pruebe un sólo bocado de alimento. Sus raciones siguen intactas y el jardín se ha secado en plena primavera.
*
¡No entiendo qué pasa! Cuando despierto a mitad de la noche, ella no está conmigo, y por las mañanas despierta a mi lado cargada de energía. Me asusta que Eurídice deambule por las noches fuera de casa y que alguien pueda reconocerla (¿y si alguien quisiera hacerle daño?). He tratado de seguir su rastro entre las calles…
*
Hace dos noches, llegó la escalofriante noticia del terrible deceso del padre Cisneros, el cual, días antes de morir, aseguraba que su madre muerta lo visitaba, que por las noches llegaba a su parroquia con el semblante pálido mientras él se hallaba de rodillas frente al madero de la Cruz. Afirmaba que era real, que la miraba con sus propios ojos, que la palpaba con sus diez dedos con uñas, incluso reconocía su aroma. Nadie pudo corroborar su historia; no así los residuos de su masacre, los cuales fueron presenciados por un montón de feligreses que se presentaban como cada mañana a la misa dominical. Los despedazados trozos de carne cubiertos de sangre yacían sobre los vitrales, los lienzos y las bóvedas, mientras que su cabeza se encontraba servida en el Cádiz.
Lo más terrible es que no se trató de un hecho aislado: el mismo patrón se encontró en otras cruentas masacres. Lo curioso es que a todos los fenecidos, días antes de su muerte, se les escuchó mencionar que habían tenido contacto, de alguna manera, con sus muertos.
*
Un relámpago a mitad de la noche me despertó. Una furiosa tormenta caía sobre la comarca golpeando los techos y las tejas de las rudimentarias casas. El viento azotaba los cristales de las habitaciones y amenazaba con ingresar a mi hogar. No quise permanecer en el dormitorio. Fui a la biblioteca y traté de aminorar el tétrico golpeteo del agua mediante el Claro de luna de Beethoven. Encendí una lámpara y un cigarrillo para leer la Muerta enamorada de Gautier.
Al tiempo que los movimientos de la sonata estremecían mi ánimo, otro rayo cayó del cielo para desnudar la oscuridad y entonces pude verla: en el umbral de la entrada yacía Eurídice, con el agua de la tormenta escurriendo sobre su vestido y sus mojados cabellos tapando parte de su pálido rostro.
(Los lamentos musicales inundaban el ambiente.)
—Eurídice, ¿dónde has estado?
Una frágil voz me paralizó:
—¿Quién es ese señor, mamá?
Era el pequeño Dante, cuya madre había perecido de manera extraña; se encontraba detrás de mi esposa, sosteniendo su mano con gran fuerza.
—¿Qué haces con ese niño, Eurídice? —grité mientras ella lo devolvía a la oscuridad y se internaba en la lluvia. Corrí detrás de ellos a toda prisa. Un relámpago cayó de nueva cuenta para iluminar las veredas, pero fue en vano. No logré hallar una sola pista de su paradero…
¿Será posible que mi Eurídice tenga algo que ver con las muertes y las desapariciones? No es posible, nadie la ha visto, nadie sabe cosa alguna sobre su milagroso regreso… ¿Y el niño?
*
Al día siguiente, la desaparición del pequeño circuló por todo el pueblo. Su padre estaba devastado y dispuesto a entregar su fortuna a quien brindara una pizca de información. Yo quería ayudarlo, arrancar el dolor de su pecho; no obstante, ¿qué podía decirle?, ¿que mi esposa muerta (devuelta a la vida a través de un artificio con el lenguaje) entró a mi casa a la mitad de la noche llevando a su hijo de la mano?, ¿que yo fui acaso el principal responsable de la desaparición y el único testigo de su posterior extravío en la oscuridad?
*
Parado en el sendero que lleva a la comarca, aguardé cada noche hasta el regreso de mi esposa. La luna se alzaba sobre la tierra, como una lámpara encendida iluminando la atrocidad. Entonces, por fin pude mirar una silueta que se acercaba; la distancia era muy amplia para distinguir los rasgos. Era como una figura amorfa (quizá mi vista me engañaba), tenía los brazos revesados, como un estuche hueco que deambula por la noche. Sólo podía notarse un rostro que reflejaba la luminosidad de la luna. Conforme más se acercaba, aquella figura iba tomando forma hasta dibujar los bellos trazos de Eurídice. De pronto me percaté de que al menos una docena de hombres la perseguía.
Se acercó a mí, de prisa, e hizo que la llevara a casa logrando evadir a la multitud. No brindó explicación alguna, sólo me llevó al dormitorio y cayó rendida en la cama.
—¿Quién eres en realidad? —le pregunté. ¿Dónde has estado?, ¿por qué te perseguían?, ¿qué has hecho con el pequeño Dante?
Sollozando, se llevó las manos al rostro.
—No preguntes, sólo acéptame. Soy tu esposa y eso debe ser suficiente. Ven a darme un beso.
Se quitó las ropas para mostrarme su desnudez. Era más magnífica que en mis sueños, como si estuviera en una fantasía erótica. Colocó mis manos sobre sus calientes senos y sus frondosas piernas se abrieron como una flor. Pero la duda, el temor, contuvieron mi animalidad. Seguí su juego y deslicé mis dedos sobre su cintura y en el camino se toparon con los hilos que el embalsamador usó para coser su vientre. Bajé mi cabeza hasta su ombligo y ella se tendió sobre la cama. Jalé una puntada de aquel hilo hasta romperlo. Entonces, frenético, separé la piel y sus demás tejidos, resquebrajando la costura, y dentro de su vientre pude mirar el dedo carcomido de un infante sumergido entre sangre, cabellos y huesos. Ella me arrojó de la cama y, con sus manos, jaló de su piel para tratar de juntar su abierta carne, al tiempo que los nauseabundos fluidos escurrían de sus entrañas…
—¡Qué cosa eres tú! —grité despavorido.
Su cabeza comenzó a girar de un lado a otro y sus ojos se pusieron en blanco… De repente, su rostro se transfiguró en cientos de mujeres distintas: Helena, Briseida, Beatriz, Matilde, Pandora, Leah, Berenice, Ligeia, y en muchas tantas más cuyos nombres desconozco, hasta que las facciones se volvieron lisas, incoloras, transparentes… hasta perderse en un rostro vacío y luminoso que se intensificaba en la oscuridad de la noche. Las manos y los pies dejaron de percibirse y de esas extremidades emanó un aroma a incienso acompañado de un haz de luz.
Ni siquiera pude cerrar la boca.
Una voz metálica, punzante como el filo de un hacha, brotó desde dentro dejando una estela de sonido atroz, que amenazaba con romper mis tímpanos:
—¡Soy la que Es! ¡El arquetipo que tú mismo invocaste! ¿Quieres penetrarme otra vez?
Con auténtico horror, se abalanzó sobre mí, frotando su viscosa y vomitiva carne sobre mi rostro, dejando en él restos de sangre, putrefacción y muerte; me apretó con gran fuerza al tiempo que su aullido metálico se intensificaba y la luz de sus extremidades cegaban mis ojos. Impulsado por un golpe de adrenalina, me liberé hasta tomar su cabeza con mis dos manos y acerqué de prisa mi boca para borrar de su frente el soplo de vida que le había imbuido…
—¡Eres un artificio de la magia! ¡Vuelve a tu polvo!
Y Eurídice comenzó a secarse como la ceniza, hasta perderse en el infinito…









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