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Ética del deseo y búsqueda de la felicidad

· junio 23, 2018

Antonio Bello Quiroz

¿Qué es la ética del psicoanálisis? ¿Qué es la ética del deseo que hace al psicoanálisis un discurso inédito? ¿Es una ciencia, una filosofía o una ideología? Son preguntas que no dejan de plantearse desde que Freud inventa este discurso propuesto como una teoría en el que se sostiene una actividad clínica y una investigación-interpretación de la condición humana. Desde la ciencia, o lo que se inviste como tal, como ocurre con la psicología, no se deja de cuestionar la supuesta falta de elementos en el psicoanálisis para reconocerlo como una disciplina científica. De esta manera, y generalmente desde el desconocimiento, se le califica (o descalifica) como una pseudo-ciencia, cualquier cosa que eso signifique. El psicoanálisis mismo, por lo menos desde la posición de Lacan, no deja de interrogarse sobre su estatus epistémico ante la ciencia, no para reclamar un lugar en el Olimpo del positivismo y sus máscaras, lugar que considera innecesario, sino para trazar los límites que le permitan sostener su singularidad.

En 1959-1960 el psicoanalista francés Jacques Lacan inicia la segunda década de su enseñanza y dicta un seminario titulado La ética del psicoanálisis, tema crucial en la praxis y la experiencia del psicoanálisis, en principio, para destacar lo que aporta de nuevo la obra de Freud. Se trata de una experiencia, la que ocurre en la clínica, que profundiza como ningún otro discurso en el universo mórbido de la falta. El psicoanálisis propone en el centro de sus reflexiones al sujeto como dividido y en falta.

Este seminario se desarrolla en el inicio de una década que no es cualquiera. Se trata de un momento de rupturas y emergencias en lo social que desencadena en la Primavera de Praga y los movimientos estudiantiles del mayo francés en el emblemático 68. En enero de ese 1960 muere Albert Camus que, con su novela El extranjero, prefigura al hombre posmoderno desilusionado e indiferente. Es una década fecunda en liberaciones del colonialismo para países africanos. Camus mismo nació en Argelia. Un año después de este 1960, Michel Foucault publica su monumental Historia de la locura.

Al inicio del seminario La ética del psicoanálisis, Lacan buscará destacar el surgimiento, desde el psicoanálisis, de una manera radicalmente distinta de la psiquiatría para abordar el sufrimiento humano. Un discurso que se propone en la posición de escuchar las desgarraduras del ser antes que medicarlas y, con ello, silenciar al sujeto, des-almarlo. También con el psicoanálisis, nos enseña Lacan aquí, se marca una forma inédita de ir más allá de la obligación moral, el deber ser o el mandamiento, para dar lugar en la experiencia al sentimiento de culpa. Lo relevante aquí es reconocer que el psicoanálisis es la experiencia que da el máximo de importancia a la función fecunda del deseo. Empieza a dibujar que la ética del psicoanálisis es la ética del deseo.

En 1960 Lacan también escribe un texto donde señala los derroteros de sus reflexiones sobre el deseo. Se trata de un texto que llevará el título de Propuestas directivas para un congreso de sexualidad femenina. La sexualidad femenina, la cuestión del asesinato del padre con Tótem y tabú, el sueño y, fundamentalmente, El malestar en la cultura son los momentos textuales de Freud que Lacan se propone recorrer para poder señalar la distancia entre la ética del psicoanálisis y cualquier otra ética propuesta por las diversas posturas filosóficas.

Hace referencia, en principio, a dos éticas que preceden al psicoanálisis: Aristóteles y su Ética para Nicómaco, por un lado, y esa filosofía que promueve la liberación naturalista del deseo. Habla de los libertinos como Sade o Diderot quienes, apostando a una revolución naturalista por la vía de la liberación sexual, no pudieron renunciar a la búsqueda del Otro, al sometimiento a un amo.

También en términos de ética se opone a lo que llama “el otro psicoanálisis”, que se ha simplificado para quedarse en el impasse adaptativo de domesticación del goce, por la vía del superyó, apuntando a la universalidad. Lacan promueve una subversión del sujeto a partir de Freud y dejar así de lado los ideales humanos de la genitalización del deseo (como ideal de maduración). Lo mismo que el ideal de la autenticidad y la armonía, destacando que justamente en tanto que el sujeto está constituido por el lenguaje y a partir de una división subjetiva, se encuentra lo más distante de cualquier ideal de armonía. Y por último, también propone ir más allá del ideal de la no-dependencia que promovería más exactamente una profilaxis de la dependencia. Ir más allá de estos ideales: el amor logrado y sin sufrimiento, la autenticidad y la armonía, y la no-dependencia, le posibilita dejar las buenas intenciones del lado de la moral y así encaminarse a una construcción real de la ética del psicoanálisis.

Lacan señala en la primera lección del seminario sobre la ética que para delimitar la originalidad de la posición freudiana en materia de ética, es indispensable destacar un deslizamiento, un cambio de actitud en la cuestión moral. En particular hace un guardado de distancia con respecto a la ética tal como es vista por Aristóteles y que resulta vigente. Para Aristóteles el problema es el de un bien, el de un Soberano Bien. El filósofo acentúa el problema del placer, el papel que ocupa en la economía de la ética.

Si hacemos una breve arqueología del placer nos lleva a los orígenes en Grecia. Variadas son las posiciones que los griegos practicaron en torno al placer. Para los hedonistas el placer era un fin natural y el objetivo de su vida de donde brota la felicidad. El placer se instaura como el soberano bien. Para Platón, el placer no es ni un bien ni un mal en sí, sino algo ligado a la mesura. El placer es un bien si es finito y mesurable, en cambio es un mal si es infinito y por tanto desmesurado. Aristóteles, el pensador ético por antonomasia en la antigua Grecia, el placer no es un bien que encarne la meta de la vida, sino que el Bien es el objeto ético de la vida. Lo que tendría que orientar el hacer humano es la procuración del Bien, su desmesura conduce a lo bestial. En el otro extremo encontramos a los estoicos, para quienes el fin de la vida es la felicidad pero por la vía de la ausencia del placer. Buscan la perfección como el bien soberano, el placer es un estorbo para alcanzarlo.

Quizá podamos valorar la diferencia que introduce el psicoanálisis con respecto a la posición ética de Aristóteles si lo relacionamos con la búsqueda de la felicidad. Ambos sostienen que el hombre busca la felicidad, es ése su fin. Sin embargo, mientras que para Aristóteles la felicidad viene con el Soberano Bien, por la vía del placer. Esto implica que el placer para el filósofo tiene algo que no puede ser cuestionado, obedece a un encuentro natural que se encuentra en el horizonte de la realización del hombre. Lo que entraña la exclusión de todos los deseos bestiales. Para Freud y el psicoanálisis, por otro lado, tal y como lo destaca en El malestar en la cultura de 1930, para esa felicidad que orienta la búsqueda del hombre, absolutamente nada está preparado en el macrocosmos ni en el microcosmos.

 

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