Victor Segalen
Son monumentos limitados a una tabla de piedra, erigida verticalmente, que lleva una inscripción, y cuyas frentes planas se incrustan en el cielo de China. Se les encuentra de improviso: a los bordes de las carreteras, en los patios de los templos o delante de las tumbas. Señalan un hecho, un deseo, una presencia, que obligan a que se haga una parada, de pie, frente a sus caras. En el ruinoso vacilar del Imperio, sólo ellas implican estabilidad.
Epígrafe y piedra esculpida, eso es la estela, cuerpo y alma, ser completo. Lo que la sostiene y lo que la sobrepasa no es más que puro ornamento, y, a veces, oropel.
El pedestal se reduce a una superficie plana o a una recia pirámide. Lo más frecuente es que lo constituya una tortuga gigante, con el cuerpo extendido, el mentón fiero y las patas arqueadas, recogidas bajo su peso. En verdad, el animal es emblemático; su gesto firme y su traza elogiable. Se admira su longevidad: caminando despacio, su existencia alcanza más allá de los mil años. No se debe omitir tampoco el poder que tiene de predecir por medio de su concha, cuya bóveda, imagen del caparazón del firmamento, reproduce todas las mutaciones: frotada con tinta y secada a fuego, en ella se discierne, con la misma claridad que en el cielo diurno, los paisajes serenos o borrascosos de los cielos venideros.
El pedestal de pirámide es también noble. Representa la magnífica superposición de los elementos: en la base, olas provistas de garras; le siguen hileras de montes lanceolados; después, el lugar de las nubes, y por encima de todo ello, el espacio en donde el dragón resplandece, la morada de los Sabios Soberanos. A partir de aquí, se eleva ya la Estela.
En cuanto a la techumbre, se halla compuesta de una doble franja de monstruos, que entrelazan sus actitudes, retuercen su confusión en la frente impasible de la tabla. Estos monstruos dejan un espacio, en el que se graba la inscripción. Y, a veces, en las Estelas clásicas, bajo los vientres escamosos, en medio del hormiguear de patas, colas, garras y púas: un agujero redondo, de bordes romos, que atraviesa la piedra, por donde el azulado ojo del cielo remoto viene a mirar al que se acerca.
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Bajo los Han, hace dos mil años, para inhumar un ataúd, se colocaba a cada extremo de la fosa unas tablas de madera. Taladradas justo en el centro por un agujero redondo de bordes romos, sostenían los pivotes del torno, de donde colgaba el difunto dentro de su pesada caja pintada. Si el difunto era pobre y la ceremonia breve, el trabajo se hacía dejando resbalar simplemente dos cuerdas a través de los orificios de las tablas. Mas para el ataúd del Emperador, o de un Príncipe, el peso del féretro y las conveniencias, exigían un torno doble, y, en consecuencia, cuatro puntos de apoyo.
Estos apoyos de madera, perforados de un ojal, se designaron desde entonces con el nombre de “Estelas”. Se les decoraba con inscripciones que expresaban las virtudes y los cargos del difunto. Más tarde se emanciparon de su uso exclusivamente fúnebre: llegaron a llevar inscritas, no sólo alusiones al cadáver, sino victorias, edictos, oraciones piadosas, un panegírico de afecto, amor o amistad. La marca del torno ha permanecido.
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Mil años antes de los Han, bajo los Tcheou, maestros de los Ritos, se usaba ya la palabra “Estela”, si bien como atributo diferente y sin duda original: significaba un poste de piedra, de una forma determinada, aunque esa forma se ha olvidado. Se levantaba en la nave mayor de los templos, o al aire libre, sobre un atrio importante. Su función:
“En el día del sacrificio —dice el Memorial de los Ritos—, el Príncipe arrastra a la víctima. Cuando el cortejo ha cruzado la puerta, el Príncipe ata la víctima a la Estela.” (A fin de que ella espere sosegada el golpe.)
Era, pues, una parada, la primera de la ceremonia.
La multitud en marcha llegaba hasta allí. Todavía hoy, todos los pasos se detienen ante la Estela, única cosa inmóvil en el cortejo incesante que conduce a los palacios de tejados nómadas.
El comentario añade: “Cada templo tenía su Estela. Por medio de la sombra que ella proyectaba, se medía el momento del sol.”
Todo sigue igual. Ninguna de las funciones ancestrales se ha perdido: como el ojo de la estela de madera, la estela de piedra conserva el uso del poste del sacrificio y mide todavía un momento, aunque no sea ya el del sol diurno que proyecta su dedo de sombra. La luz que lo marca no cae del Cruel Satélite ni gira con él. Es una luz de conocimiento en el fondo de sí: el astro es íntimo y el instante perpetuo.
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El estilo debe ser el Wen, al que no se puede llamar lengua, pues no tiene ninguna correspondencia con las demás lenguas, ni podría servir para los intercambios cotidianos. Juego simbólico, en el que cada uno de los elementos, capaz de ser todo, no ejerce su función más que en el lugar presente que ocupa; su valor radica en el hecho de estar aquí y no allí. Encadenado por leyes precisas, como el pensamiento antiguo, y sencillas, como las notas musicales, los Caracteres penden unos de otros, se apresan y se engranan en una red irreversible, refractaria incluso al que la ha tejido. Una vez incrustados en la piedra —a la que llenan de inteligencia—, quedan ahí, desnudando las formas de la movediza inteligencia humana, transformados en pensamientos de piedra, de la cual toman su semilla. De aquí esa composición dura, esa densidad, ese equilibrio interno y esos ángulos, cualidades tan necesarias como las formas geométricas al cristal. De aquí, también, ese desafío a que se les haga decir lo que esconden. Desdeñan ser leídos. No piden voz ni música. Desprecian los tonos cambiantes y las sílabas que les disfrazan a la ventura de las provincias. N o expresan nada; significan, son.
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Su grafía ha de ser hermosa. Tan próxima a las formas originales (un hombre bajo la bóveda del cielo —una flecha lanzada contra el cielo—, el caballo, con la crinera al viento, crispado bajo sus patas (los tres picos de una montaña: el corazón, sus aurículas y la aorta), los Caracteres no aceptan la ignorancia ni la torpeza. Reciben, sin embargo, de las visiones de los seres a través del ojo humano, fluyendo por los músculos, los dedos y todos los nerviosos instrumentos humanos, una deformación por donde el arte penetra en su ciencia. Hoy, correctos, sin más —estaban llenos de distinción en la época Yong-tcheng; estirados a lo largo bajo los Ming, como los dientes elegantes del ajo; clásicos bajo los Thang; anchos y fuertes bajo los Han—, ascienden cuanto más alto, hasta los símbolos desnudos que se curvan con la curva de las cosas. Pero es en la época de los Han donde se detiene la ascendencia de la Estela.
La tabla vacía de caracteres carece de existencia o produce el horror de un rostro sin rasgos. Ni esos tambores grabados, ni esos postes informes son dignos del nombre de Estela; menos aún, esa inscripción fortuita, privada de pedestal, y de espacio, y de aire cuadrangular alrededor, que no es más que un juego de caminante que fija una historieta: batalla ganada, querida abandonada, y demás literatura.
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La dirección tampoco es indeterminada. De cara al Mediodía, si la Estela contiene los decretos, el homenaje del Soberano a un Sabio, el elogio de una doctrina, una confesión del Emperador a su pueblo, todo lo que el Hijo del Cielo con sede de cara al Mediodía tiene a bien promulgar.
Por el contrario, se colocarán de cara al Norte, polo de la oscuridad virtuosa, las Estelas relativas a la amistad. De cara a Oriente, las amorosas, a fin de que la aurora embellezca sus más dulces trazos y suavice los torpes. Se elevarán hacia el Oeste sangriento, palacio de lo rojo, las Estelas guerreras y las heroicas. Las Estelas al borde del camino, seguirán la gesta indiferente de la calzada. Unas y otras se ofrecen sin reservas a los caminantes, a los arrieros, a los carreros, a los atracadores, a los monjes mendigos, a los mercaderes, a las gentes del polvo. Las Estelas vuelven hacia ellos sus caras iluminadas de signos, y ellos, doblados bajo la carga, o hambrientos, pasan contándolas en los bordes del camino. Y así, accesibles a todos, ellas reservan lo mejor sólo a algunos.
Ciertas Estelas, que no miran ni al Sur ni al Norte, ni al Este ni al Oeste, ni a ninguno de los puntos imaginables, designan el lugar por excelencia, el centro. Igual que las losas invertidas, o las bóvedas grabadas por la cara invisible, así ellas proponen sus signos a la tierra, que prensan como un sello. Son los decretos de otro imperio, muy singular. Se les acepta o se les rechaza, sin comentarios ni glosas inútiles, y sin comprobar nunca el verdadero texto: solamente las huellas, cuando se les retira.









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