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“Este lado del silencio”

· agosto 26, 2016

 

(quince años)

Beatriz Meyer

 

Hoy, hace 15 años, un panel de escritores —entre los cuales se hallaban Alejandro Meneses y Víctor Hugo Rascón Banda (ambos ya desaparecidos)— presentaron mi primer libro publicado: Este lado del silencio, una selección de cuentos que había permanecido en el cajón durante mucho tiempo. Por esos días yo fungía como directora de la Escuela de Escritores de la SOGEM-Puebla, y mi oficina estaba en un de los edificios más raros y temidos de la ciudad: el Instituto Cultural Poblano, pomposo nombre que enmascaraba la verdadera identidad de la antigua penitenciaría del estado. En ese espacio lleno de fantasmas, humedad e historias desgarradoras, la escuela recibía cada tarde a los alumnos que empezaron a convertir su pasión por la escritura en una efervescencia que ni las mafias ni los golpes bajos de quienes se ostentaban —entonces como ahora— dueños de las letras poblanas pudo ya detener pero sí dividir. Entre los profesores de la Escuela se encontraba Alejandro Meneses, un cuentista legendario que logró crear un grupo de alumnos que ha ido destacando de manera consistente. Muchos de los integrantes de su taller han ganado premios y se han convertido en narradores reconocidos a nivel nacional. Pero en ese entonces los profes de la SOGEM (como llamábamos con cariño a ese programa de gobierno) y yo jamás imaginamos que nuestra pequeña y limitada escuela impulsaría de manera definitiva la carrera y la trayectoria de escritores poblanos como Judith Castañeda, Miguel Ángel Andrade, Miguel Maldonado, Gabriela Puente, Isabel González, entre muchos otros que se han venido dedicando de forma comprometida y hasta obsesiva al quehacer de las letras. Debo confesar que, en mi papel de directora, mi principal preocupación era incrementar los números de la escuela: atraer más alumnos y conseguir profesores de alta calidad, además de lidiar con los problemas administrativos de una oficina que debía justificar su existencia frente a otros proyectos considerados de mayor importancia, ya fuera por su impacto en términos numéricos o —más importante aún— por la forma en que apoyaban la buena imagen del secretario y la Secretaría.

Al final, la escuela perdió la batalla frente a un proyecto que prometía colocar para siempre el nombre de muchos funcionarios de cultura locales en el paseo de las estrellas del imaginario colectivo poblano: la Casa del Escritor. Ignorante de los planes a futuro para la escuela, y harta de la insistencia de Meneses para que yo me atreviera a publicar un libro, ese 2001 vio la luz por primera vez una colección de cuentos que Alejandro cuidó con esmero y verdadera amistad.

Así, el 17 de agosto de 2001 se presentó Este lado del silencio, en cuya cuarta de forros Alejandro afirmó:

“Lejos de las modas y los prejuicios de esos libros que pretenden la etiqueta de feministas, los relatos de Beatriz Meyer fueron escritos con firmeza, sin refugiarse en ninguna parcela literaria. Su única certeza es el lenguaje y, sobre todo, el asombro, la sorpresa de sus historias que, después de leídas, permanecen en la memoria —girando, transformándose— por la fuerza de sus personajes delineados con la sabiduría que deja la observación meticulosa del mundo.”

Ver el libro impreso, leer la contra, me hizo pensar que no había nada comparable en el mundo con esa sensación definitoria, la clase de certeza que le llega —quizá sólo una vez en la vida— a una persona que escribe: ahora sí, soy escritora, o escritor, es decir, soy un ser humano que dedicó varios años a teclear historias, a verlas cobrar forma en la pantalla de una computadora, a borrar mucho, a corregir más, a tirar lo que no sirve o no viene al caso. También, a aprender del propio proceso. Que para asombrar a los lectores hay que sentir el asombro primero, el fogonazo del descubrimiento, la revelación. Ese primer libro me enseñó, además, que las historias son el producto de una selección anímica. Que mis futuras obras debían salir de mi empatía con temas que me sacudieran y no porque estuvieran de moda o porque vendieran más.

La presentación del libro fue un banquete de elogios, contradicciones, nervios. Lo único que recuerdo es que la tarde anterior me había lanzado a comprar un traje para la ocasión, con fatales consecuencias. No pude dejar el traje para que lo ajustaran, y lo único en que podía pensar mientras escuchaba a los presentadores era que me arrastraban los pantalones a pesar de los zapatos de tacón alto. Afortunadamente, conservé dos de los textos leídos ese día. Uno de ellos lo guardo en el corazón. Víctor Hugo Rascón Banda, maestro y guía, cómplice y confidente, dijo a propósito de Este lado del silencio:

“He aquí quince cuentos editados por la Universidad Autónoma de Puebla.

No es narrativa feminista aunque está escrito por una mujer.

No es literatura costumbrista aunque, aunque aparezca en una ciudad de costumbres.

No es un libro de cuentos comunes y corrientes, aunque los colores estridentes de la portada así lo anuncien.

Antes de seguir, debo decir algo sobre la autora. Beatriz Meyer, es una mujer especial, se formó en la Universidad donde estudió Ciencias de la Comunicación y aprendió el uso de palabras y medios, pero también en la Escuela de Escritores de SOGEM en Coyoacán, donde conoció los procesos de creación de reconocidos escritores de este país. Ha estado en contacto con los prosaicos asuntos de la vida, desde la publicidad, las comunicaciones y la industria editorial.

Su nombre aparece con frecuencia en suplementos y en revistas culturales, firmando un cuento, un poema, una entrevista, pero es la primera vez que yo tengo en mis manos un libro suyo.

Generosa maestra, ahora comparte los secretos del oficio con los nuevos autores en talleres de narrativa y en la escuela de escritores de SOGEM en Puebla que ella dirige, y por lo cual los escritores le estamos muy agradecidos.

Ahora estamos ante un conjunto de cuentos que podríamos calificar de excepcionales.

¿Qué los une?

La originalidad de los títulos que parecen líneas de un poema. La pulida prosa, el ritmo narrativo, la originalidad del punto de vista. Las frases cortas. La acción. La exploración del lenguaje y de la forma de contar.

Se dice que la literatura no tiene sexo, que no existe una literatura masculina ni una literatura femenina. Sólo buena o mala literatura.

En el caso de Beatriz existe buena literatura pero también algo más. Una visión diferente del universo femenino, un punto de vista que se aparta del lugar común, un juicio crítico, duro, implacable, cruel a veces, de las relaciones humanas, una disección del tejido familiar enfermo y de la pareja, que nos permite ver, lo que antes había pasado desapercibido. Desolación, tortuosidad y relaciones imperfectas. Rabia contenida, pasión que envenena, venganza fría que libera, opresión como cuna de odios, daños revertidos, misterio y rito.

Beatriz Meyer es una escritora imprevisible, implacable, sin concesiones. ¿Dónde ha estado Beatriz Meyer? ¿Cómo es posible que no está su nombre en los círculos de lectura, ni la hayamos visto en las mesas de novedades? Este libro debe llegar a todas las librerías y a las manos de lectores inteligentes que se sorprenderán con una escritora que no obstante su juventud, ha madurado su expresión, que ha decantado su lenguaje, que ha condensado las palabras hasta volverlas materia dúctil, prosa fina y certera, prosa ambigua y clara entre el asombro y la perturbación, entre la sordidez y la luminosidad. Beatriz nos lleva de lugares cercanos a territorios ignotos, de situaciones reconocibles a espacios inexplorados, de atmósferas enrarecidas al libre juego de la imaginación.”

Quince años y varios libros después aparecerá por estas fechas una novela breve, Meridiana. La sensación es la misma, quizá porque ese personaje me obligó a revisar mi filiación con el terror sobrenatural y la fantasía, o sólo porque, de nuevo, un libro mío pasó el escrutinio de una mirada inteligente, que lo eligió para formar parte de su colección de narrativa luego de emitir un dictamen. Fue como pasar el examen profesional. El espaldarazo del mundo editorial más allá de las fronteras regionales. Los editores de El tapiz del unicornio, Palmira Mercadal y Antonio Martínez, españoles que eligieron nuestro país para reinaugurar su proyecto de vida y apoyar con su experiencia y su larga trayectoria como editores a plumas mexicanas que merecen ser leídas, son dos profesionales que me enseñaron un nivel de entrega y compromiso difícil de hallar en un medio que considera al escritor una especie de mal necesario, un personaje sin rostro definido (a menos que el escritor sea amigo o recomendado de quienes toman decisiones en las editoriales), tal vez un tipo de persona que aspira a mucho sin invertir dinero, músculo y habilidades como los pintores, los músicos, los bailarines. En El tapiz del Unicornio encontré amigos, así como la felicidad de trabajar al alimón con verdaderos profesionales. Debo agradecer a José Antonio Lugo el apoyo y las porras, la confianza y el gusto por el oficio compartido. Su mirada traviesa me ha convencido de que mis temas, por duros o altisonante que parezcan, valen la pena de leerse. Y de eso se trata esto de la escritura.

 

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