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Esperanzas

· julio 13, 2018

Fabiola Morales Gasca

El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro gesto

y desapareció la injusticia, hizo otro gesto y se acabó la guerra.

El político hizo un gesto y despareció el mago. Woody Allen

 

En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza.

En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza. Confucio

 

El poder del Caudillo gravita pesadamente sobre todos, aun cuando

no se encuentre presente. Martín Luis Guzmán

 

Un centellante futuro se abría ante nuestros ojos y correspondía a la vigorosa juventud construirlo. Corría el año 2000. El nuevo milenio brillaba de esperanzas y cambios. El campus de la Universidad Autónoma de nuestro estado albergaba nuevas facultades y carreras que se ofrecían a las jóvenes generaciones. En la Facultad de Física y en algunas ingenierías ver mujeres asistiendo a clases era más común. Los estacionamientos empezaban a ampliarse y llegaban algunos estudiantes manejando su propio auto. La Facultad de Derecho empezaba a rebosar y Computación apenas consideraba crear nuevos laboratorios ante la creciente demanda. La ciudad se expandía rápido y una enorme promesa de cambio ante las elecciones del domingo 2 de julio del 2000 anunciaba un parteaguas en nuestro país.

En el zócalo de la capital los jóvenes manifestaban su alegría ante la posibilidad de sacar la corrupción de más de 70 años. Era la primera vez que el Partido Revolucionario Institucional podía ser derrotado en una elección presidencial. Sacar de Los Pinos al PRI fue una idea que se vendió a los jóvenes y, en general, a toda una nación dispuesta a correr los riegos ante los cambios.

Así fue: el Partido Nacional Revolucionario (PNR), fundado el 4 de marzo de 1929 en Querétaro y dominado en sus primeros años por Plutarco Elías Calles, caudillo revolucionario, había perdido por primera vez. Vicente Fox Quesada llevaría a México al cambio esperado por todos. Pero las transformaciones tardaban en llegar: no transcurría ni la mitad el sexenio cuando los escándalos por el aumento al impuesto al valor agregado, la creación de la AFI, el desvío de recursos, el desempleo y una pésima política exterior acumularon problemas al país. La figura, para algunos, deslumbrante del caudillo que conquistó a la mayoría de los mexicanos anhelantes de un cambio se desmoronó como un castillo de arena ante el primer embate.

Con sus botas, su estatura y sus combativos discursos, Fox vendió y explotó la imagen mítica del Capitellus, palabra proveniente del latín que significa “pequeña cabeza” o “cabecilla”. El caudillo, que por definición es la persona que ejerce liderazgo ejerciendo las funciones de guía y conductor dentro de una organización, una comunidad o una nación entera. Es un concepto que nos tiene atrapados, encapsulados en una utopía.

Por desgracia, en la política la palabra caudillo y la de mesías se yuxtaponen en una falsa idea de liberación social. En el inconsciente colectivo latino, el caudillo es una figura ancestral y fundamental. Los mitos que giran alrededor de los líderes latinoamericanos juegan un papel insigne y provienen de antes de la Conquista. Recordemos lo asentado en el Códice Florentino (XII, f. 5v) cuando Motecuhzoma se enteró de la llegada de los forasteros, en el año 1 caña: “reaccionó como si pensara que el recién llegado era nuestro príncipe Quetzalcóatl”. En el imperio inca se esperaba el retorno del dios salvador, Viracocha. Por ello cuando tuvieron noticias de la llegada de Pizarro, muchos creyeron que era la esperada divinidad: “Quién puede ser sino Viracocha… era de barba negra y otros que lo acompañaban de barbas negras y bermejas”. En la cultura maya los sacerdotes tigres anunciaban la llegada de los “azules o extranjeros de barbas rubicundas”, de la aparición de “los hijos del sol, hombres de color claro”. Las palabras proféticas de esos sacerdotes mayas en los textos de Chilam Balam son claro ejemplo de mitos y presagios sobre los nuevos líderes de tierras lejanas. Por desgracia todos funestos, muy lejanos de la liberación.

La emancipación de América Latina trajo consigo el clima constante de inestabilidad política durante los siguientes siglos. El hombre en el poder no sólo debería de representar los intereses de los grupos, también debería tener la capacidad para resolver problemas comunes de la emergente nación. Habría que añadir, entre las muchas aptitudes de los caudillos, el exceso de inteligencia y carisma, rasgos inconfundibles en todo buen líder. Con las décadas decaerían las demás virtudes, como la fortaleza física, emocional, la vocación social, el espíritu de rebelión y conocimiento, a favor del carisma y el populismo que garantizaran un buen número de seguidores. En la actualidad, más que representar un gesto racional, la figura del caudillo o líder se transformó en un sentimiento popular, con gran arraigo emotivo en sus seguidores, lo que indica un síntoma claro de inmadurez política y debilidad institucional en el país y su población.

El pasado primero de julio millones de jóvenes salieron a votar. Iban, como nosotros hace 18 años, cargados con la ilusión de un cambio auténtico, pero con una enorme diferencia: con urgente necesidad. Este voto emerge como un arrebatado grito contra el narcotráfico, la violencia y la corrupción que arrasan al país. Este voto, que sorprendió a propios y extraños, es la espalda al pasado y la mirada al futuro del México que todos queremos. Es en este momento histórico cuando, jóvenes y viejos, debemos abrir un enorme paréntesis con la intención de escapar de la cápsula que nos ha atrapado durante sexenios: la utopía del hombre que salva al país por arte de magia. De esta debilidad y necesidad se han aprovechado muchos políticos. Es el momento de (re)evolucionar, es el tiempo indicado de adquirir conciencia y responsabilidad ciudadana.

Como en el 2000, el pueblo emitió su voto y eligió al hombre que llevará la banda presidencial en los próximos años. Se tomó el derecho de la democracia, pero recordemos que votar es el primer paso para ser ciudadanos. A diferencia de la primera vez que salió de Los Pinos el PRI, esta vez los mexicanos debemos de tener conciencia de que el ganador no es un caudillo ni un mago, mucho menos un mesías que viene a rescatarnos de un país en ruinas. No es un héroe nacional. Debemos tener bien claro que la Nación la construimos nosotros, los ciudadanos. Estar pendiente del trabajo que hacen nuestros gobernantes, legisladores, senadores y todo servidor público es obligación nuestra. Ser honestos, puntuales, trabajadores, no corruptos y una larga lista de obligaciones ciudadanas nos hace ser partícipes de la construcción real del México deseado. Ningún hombre nos va a venir a reconstruir el orden perdido si no partimos de nosotros mismos. No hay caudillo ni mesías que nos salve si no vemos día a día nuestro espejo.

La experiencia de toda una generación debe de hablar, para no caer en los mismos errores. Se debe tener en cuenta que el ejercicio del voto es importante pero de igual valor es observar, participar activamente y construir en beneficio de todos. Jóvenes y adultos tenemos la obligación de sacar este país adelante y hacer que nuestras autoridades cumplan su correcto cargo. Territorio, población y gobierno conforman el concepto de nación con una memoria histórica y cultura que nos une, nos enlaza.

Cae la tarde en esta ciudad colonial, las calles se saturan de color, los bulevares se congestionan; la lluvia envuelve el fin de semana, se evaporan los ánimos y se mojan los restos de publicidad electoral que estorban. Miles de pesos en la basura nos deben de recordar que el voto fue la protesta justa, el grito certero, el no a la corrupción, no al tráfico de drogas, no al robo de mujeres y niños, no a más violencia. Como en el 2000, esperamos con una nítida sonrisa al futuro.

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