Antonio Bello Quiroz
Dentro de toda la confusión que se genera a partir de un hecho tan terrible como los recientes atentados ocurridos en París, pero también en Beirut, en Siria y la situación de terror en México y muchas partes del mundo, se dejan escuchar expresiones que en sí mismas son tan descabelladas que merecen una atenta lectura. Ése es el caso de la declaración del presidente francés François Hollande al afirmar que habría una respuesta “despiadada de Francia a esos bárbaros de Daesch”, que es el acrónimo en árabe del Estado Islámico, quien se atribuye la perpetración de los atentados recientes en París.
Esta declaración me recuerda un extraordinario poema del griego Konstantino Kavafis. Escribe “Esperando a los barbaros” y se pregunta:
“¿Qué estamos esperando, congregados en el foro? / Es que hoy llegan los bárbaros. / ¿Por qué el Senado no hace nada / y los senadores se quedan sentados y no legislan? / Porque hoy llegan los bárbaros. / ¿Qué leyes pueden hacer ya los senadores? / Cuando lleguen los bárbaros, ellos harán las leyes.”
Konstantino Kavafis (1863-1933), griego nacido en la Alejandría de Egipto, es, en sus propias palabras, “un poeta de la antigüedad” o bien, “un poeta viejo”. En sus versos, en este poema en particular, revela una nostalgia y a la vez una impotencia de una sociedad que espera a los bárbaros que vendrán a cambiar el estado de las cosas. La barbarie destruyó en la época final del imperio romano, en Alejandría, la Biblioteca que atesoraba el saber y la cultura de la antigüedad. Pero esos bárbaros que destruyeron la biblioteca no venían de afuera, no había que esperarlos, estaban en la ciudad misma y se habían engendrado en las propias esferas del poder. Eran producto, como ahora ocurre, del poder civil y los dogmas religiosos, alianza que ha marcado la historia de Occidente.
La antinomia entre civilización y barbarie se encuentra en la fundación misma de la idea de Occidente, fija sus raíces en la época clásica. Podríamos afirmar incluso que no hay civilización sin barbarie. En la cultura helenística aparecen estas dos figuras, pero en una relación dialéctica, auténtica relación generadora; la barbarie, lo “bárbaro”, no tenía la connotación despectiva con la que hoy se usa, como la ha usado Hollande (pretendiendo así decir que ellos, los occidentales, son los civilizados y, los otros, los bárbaros, salvajes e incivilizados); para los griegos los bárbaros son “los otros”, los que no hablan griego; este uso onomatopéyico de la palabra es un hecho de la lengua, bar, bar, bar; el uso de lo bárbaro se extendió, llegó incluso, a partir de una distinción del sentido de la palabra, fundamentalmente introducida en América en la época medieval por el cristianismo, llegando incluso a ser utilizada por los españoles y portugueses para nombrar a los naturales del Nuevo Mundo.
Kavafis hace en su poema que el mundo cotidiano se suspenda y surjan acciones extraordinarias, justo porque los bárbaros llegan:
“¿Por qué no acuden, como siempre, los ilustres pretores a echar sus discursos y decir sus cosas?
Porque hoy llegarán los bárbaros y les fastidian la elocuencia y los discursos.”
Si la barbarie es la otredad de lo civilizado, las civilizaciones actuales muestran una y otra vez su decadencia, su enfermedad de lo Mismo (como quiere Robert Musil en El hombre sin atributos), y con ello el anhelo de que venga algo, un nuevo discurso a impulsar una transformación social a nivel global. Las sociedades, sometidas a los imperativos de consumo del capitalismo salvaje, se muestran asfixiadas, anhelantes de que lleguen los bárbaros. Pero sin duda, el Estado Islámico (donde también se aprecia la relación destructiva del dogmatismo religioso y el poder político), no son los bárbaros sino más de lo mismo: grupos armados y organizados desde Occidente, utilizados —como se ha revelado con Bin Laden y otros líderes— para los propios fines de este capitalismo depredador.
Las interpretaciones sobre quiénes son los bárbaros a quienes se les espera en el poema de Kavafis son muchas. No las seguiremos aquí, porque no es el objetivo, pero incluso sirve este hermetismo para que J. M. Coetzee escriba una extraordinaria novela homónima.
En México, nuestro México que se encuentra sometido a una clase política despótica, en contubernio con voraces poderes fácticos, en un ni tan secreto “pacto de impunidad” que produce un abandono social cada vez más recalcitrante, con una población en su mayoría en la línea de la pobreza, sometida a una creciente violencia y una inseguridad atemorizante, no se puede sino anhelar que lleguen los bárbaros, “algo”, un discurso, unas acciones que puedan transformar el estado de las cosas, que pongan límite a esta devastación que como sociedad se vive.
Jacques Lacan, el psicoanalista francés que propone una relectura de Freud, nos hace ver que ese superyó freudiano que introducía la prohibición, el deber e incluso la culpabilidad que hacían valer al Otro en sus semblantes, en nuestros días ha cambiado sus coordenadas. El imperativo superyóico, el de nuestra civilización, se mueve por el mandato: ¡Goza! Bajo ese comando, los sujetos contemporáneos son empujados a gozar sin límites, del consumo, de las drogas, de todo aquello que el mercado pone al alcance, cada vez más. Pero también ocurre con los otros, se goza sin límites, es el mandato del cuerpo, de la sexualidad donde se va sin rumbo, donde todo es válido a partir de que el discurso de la ciencia hace pensar que “todo se puede”.
Movidos bajo estos mandatos, el mundo se ha vuelto cada vez menos habitable, no existe oposición a esta devastación social y subjetiva que arrastra en tropel todo lo que se atraviese por su paso. Ante tales circunstancias, parece que hemos caído en el desánimo y desconcierto que se percibe al final del poema de Kavafis:
“¿Por qué empieza de pronto este desconcierto y confusión? (¡cuánta gravedad se ve en los rostros!). ¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron. Algunos han venido de las fronteras y contado que los bárbaros no existen.
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.”
Ante esta revelación final del poeta, casi del corte de un acto analítico, ante la revelación de que los bárbaros no existen, ante un estado de cosas insoportable como lo que se vive tanto en lo social y lo subjetivo, no queda sino apelar al deseo para inventar a los bárbaros, para hacer existir aquello que nos permita salir del letargo y transformarse.








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