Jesús Bonilla Fernández
Ya para terminar con esta entrega el tema de Marguerite Duras comentaré que la escritura de Ese amor, de Yann Andréa, exhibe a nuestra autora como un monstruo, ser abominable y seductor a un tiempo, grotesco y sublime de una vez, amado y odiado todos los tiempos, existan éstos o no, “con y sin usted”, diría el autor.
Ocurre en múltiples ocasiones que los escritores son traicionados y la sagacidad de los lectores confundida por aquella especie de amanuenses anónimos encargados de escribir las contraportadas de los libros. Las razones delatan un argumento obvio y contundente: el libre mercado.
Marguerite Duras, según esto, decía a su último amante —y estamos ahora en la cuarta de forros de Ese amor (Tusquets, 2000)— que “es imposible vivir conmigo, con un escritor, es imposible, lo sé”. No obstante, se sabe, la escritora y este joven ahora conocido —es decir, antes “ese joven desconocido”— compartieron un amor complejo y poético, el más “durasiano” relato jamás contado. “Ese amor es la historia de esa pasión. Yann Lemée, un tímido estudiante de filosofía de Caen, quedó prendado de la escritora Marguerite Duras cuando cayó en sus manos una de sus novelas. Desde ese momento sólo leyó obras de esta autora. Poco después, en 1975, le pidió permiso para escribirle. Y durante cinco años le envió cartas sin recibir respuesta, hasta que un día ella le dijo: ‘Venga a verme’. Corría el año 1980. Él tenía 27 años y ella 65. Ella le dio el nombre de Yann Andréa, se inspiró en él y lo convirtió en personaje de sus novelas; fue su secretario, su chofer, su enfermero y su amante. Ya no se separaron hasta la muerte de ella, en 1996.”
Traición, confusión, afán de competencia mercantil o simple espíritu sucinto, en principio el libro es claro. “Quisiera hablar de eso: de esos dieciséis años transcurridos entre el verano del 80 y el 3 de marzo de 1996. De esos años vividos con ella.”
El “tímido estudiante de filosofía” lee los Caballitos de Tarquinia (Tusquets, 1989) y aparte de leer todo lo que existe de la autora, palabras, argumentos, títulos, libros, le fascina su nombre: Marguerite Duras. Incluso lo copia a mano e intenta reproducir su firma. Para entonces ha dejado las lecturas propias de cualquier estudiante de filosofía y se aficiona al Campari, difícil de encontrar en las cervecerías de Caen. Duras es la “escritura misma” y leerla se convierte en “algo salvaje”, imposible comentar con alguien.
En pocas palabras, Yann Lemée deseaba ser ese nombre y confundirse en él, motivo de una trama cuya duración abarca (sólo me refiero al tiempo histórico) más de cuatro lustros y su producción contiene (sólo me refiero a la memoria literaria) dos obras, aparte de esta que comento: Yann Andréa Steiner, de M.D. y M.D., de Yann Andréa Steiner.
Yann Andréa es, también, excesivamente narcisista, así que nos encontramos con dos personajes que se gustan —“¡qué acontecimiento!”, exclaman—, inmensa, absolutamente, “para siempre, desde siempre y hasta siempre… Lo sabemos. No lo decimos. Sobre todo, no decirlo. Simplemente, escribirlo. Hacer libros, escribir historias, historias de amor”. Según él ninguno de los dos podía actuar de otra manera. Eran necesarios la pena y el sufrimiento, soportar la desdicha de estar solos —solo, sola—, escribir frases, libros; no necesariamente literatura, sino intentar comprender algo de ese rostro que la mira a ella en ese famoso rostro ajado, “que no duerme”.
Pero ese narcisismo se convierte en devoción, que de alguna manera se convierte en una pasión por la voz, la palabra, el texto, la escritura, el libro, la maravilla de descubrir algo verdadero.
Escrito a tres años de la muerte de Marguerite Duras, Ese amor es, por supuesto, un eficaz libro de memorias, el cual en una simbiótica metamorfosis se transforma en la íntima correspondencia lacrada en un sobre indiscretamente metafísico. “Yo”, “ella”, “usted”, procrean y conviven en un ser omnisciente; y junto con las personas del verbo encontramos el caldo necesario para ese ser: los tiempos pasado, presente y futuro y esa palabra —¿cómo escribirla, cómo no escribirla?, se preguntan—: la eternidad.
Yann Andréa pretende escribir el libro no terminado de Marguerite Duras: “El libro destinado a desaparecer”. Escribir, decir, aúllar ese nombre, para curarse la cruda de cuatro lustros sin “comprender gran cosa”, de embrutecimiento y de anulación.
Quizás sea cierto y el amor deba protegerse de sí mismo, destruirse para existir, o son nom de Venise dans Calcutta désert, ser “el nombre de Venecia en la Calcuta desierta”. ¡Qué acontecimiento!
Alcoholes
Y el Demonio le dice: Dame una prueba. Demuestra que eres todavía el que has creído ser. Paul Valéry, Monsieur Teste
Tendrás que conseguir algo de comer y un poco de amor antes que puedas tener calma, gracias al maldito sermón de alguien. Billie Holiday









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